¿Por qué siento que cuidarme a mí es un poco egoísta?
Son las diez de la noche y por fin te sientas. Un minuto, nada más, con la espalda apoyada en el respaldo por primera vez en todo el día. Y ahí, en ese silencio raro que casi no reconoces porque llevas horas sin él, aparece el pensamiento de siempre: podrías estar aprovechando esto para adelantar algo. Doblar la ropa que lleva desde la mañana en la silla. Revisar si mañana hay que renovar alguna receta antes de que se acabe. Mirar el móvil por si ha escrito el médico con los resultados.
Y detrás de ese pensamiento, uno más pequeño y más terco, el que de verdad manda: si a él le pasa lo que le pasa, ¿qué derecho tengo yo a estar pensando en mí ahora mismo. Esa pregunta te la haces tanto que ya casi no la notas, como el tictac de un reloj que llevas tanto tiempo escuchando que ha dejado de sonar para ti. Se ha vuelto de fondo, como el zumbido de la nevera a las tantas de la noche. Pero está ahí, sosteniendo cada decisión pequeña del día: si te sientas o sigues de pie fingiendo que hay algo urgente, si contestas ese mensaje de una amiga o lo dejas para luego y ese luego nunca llega, si te permites diez minutos de algo que no sea para nadie más que para ti, sin sentir que se lo estás robando a alguien.
La pregunta que casi nadie dice en voz alta
Si la persona que cuido me necesita, ¿no es un poco egoísta que yo me pare a pensar en mí. La hago yo también, todavía, algunos días, sobre todo los peores. Y entiendo perfectamente de dónde sale. No es maldad ni es debilidad, es una cuenta que hacemos casi sin querer, con la misma seriedad con la que se hace la del pastillero: el tiempo y la energía son limitados, y si los gasto en mí, algo le va a faltar a la persona que cuido. Parece lógica de manual. Parece hasta responsable, hasta noble.
Pero la cuenta está mal planteada desde el principio, y tardé bastante en darme cuenta de eso.
Nadie sostiene a otro desde el vacío
Lo que he ido aprendiendo, a base de repetirlo mal muchas veces, de llegar a noches en las que ya no me quedaba nada que dar, es que cuidarte no le resta cuidado a la otra persona. Lo sostiene.
Piénsalo con algo tan tonto como el pastillero de los siete días, ese objeto de plástico que decide tantas cosas. Si tú no duermes, no comes bien, no paras nunca ni cinco minutos, en algún momento vas a equivocarte de casilla, o vas a olvidar la cita del especialista que llevabas semanas esperando, o vas a contestarle mal a la persona que menos culpa tiene de que estés agotada. No porque seas mala cuidadora. Porque eres una persona, y las personas que no descansan fallan, tarde o temprano, en lo que más les importa, precisamente por darlo todo sin guardar nada. Cuidarte no compite con cuidar a quien quieres. Es lo que hace que puedas seguir haciéndolo mañana, y pasado, y dentro de tres meses, sin llegar reventada al momento en que de verdad haga falta toda tu fuerza.
No cuidas mejor por desaparecer más. Cuidas mejor por seguir siendo tú, aunque sea a ratos pequeños.
De dónde viene esa idea de que pensar en ti es de más
Esto casi nunca nace en la habitación donde cuidas. Nace mucho antes, en otra casa, en otra vida casi. A muchas nos enseñaron, sin que nadie lo dijera con esas palabras exactas, un cierto orden de prioridades: primero los demás, luego, si sobra algo, tú, y normalmente no sobraba nada. La niña buena era la que no daba guerra, la que cedía su trozo más grande de tarta sin que se lo pidieran dos veces, la que preguntaba primero qué necesitaban los otros antes de mirar lo que necesitaba ella. Esa niña creció y ahora cuida, y sigue aplicando la misma regla sin cuestionarla nunca: yo, al final de la lista, si es que llego a la lista siquiera.
- El mandato de 'la que aguanta' sin quejarse ni pedir nada a cambio
- La idea de que necesitar algo para ti es una forma de debilidad
- La costumbre de medir tu valor por cuánto das, no por cómo estás
No es que hayas decidido un día ponerte la última, no hubo ninguna decisión consciente en ningún momento concreto. Es que llevas toda la vida entrenando ese reflejo, puliéndolo sin saberlo, y ahora, con alguien que de verdad te necesita delante, ese reflejo se dispara con más fuerza que nunca, con la excusa perfecta de que ahora sí es de verdad importante.
Cuidarte no es dejar de cuidar
Aquí es donde quiero que te quedes un momento, porque esta idea cambia bastante las cosas cuando por fin se asienta, cuando deja de ser una frase bonita y se vuelve algo que sientes de verdad: cuidarte no es una alternativa a cuidar a la otra persona, sino aprender a hacerlo sin que tú desaparezcas por el camino, sin llegar al final de todo esto sin saber ni quién eras.
Puedes seguir llevando las pastillas a su hora exacta, seguir yendo a las citas aunque te cueste un mundo salir de casa, seguir estando ahí en lo importante, y al mismo tiempo permitirte diez minutos de un café que te tomas sentada, sin hacer nada más a la vez, sin el móvil en la otra mano. Las dos cosas caben. No son enemigas, aunque la culpa se empeñe en hacértelo creer con esa vocecita tan persistente. Y si notas que el cansancio ya no es solo cansancio, que se ha vuelto una tristeza que no se va o que te cuesta hasta levantarte por la mañana aunque hayas dormido, ese es el momento de contárselo a un profesional, no de aguantar un poco más para demostrarte a ti misma algo que ya nadie te está pidiendo.
Un gesto pequeño para esta semana
No te pido que cambies tu vida entera ni que te tomes una tarde libre que hoy no tienes ni de lejos. Te pido una cosa mucho más pequeña: elige un solo gesto, de los que ya casi no te permites, y hazlo esta semana sin llenarlo de tareas al lado, sin usarlo de excusa para hacer otra cosa a la vez. Puede ser terminarte un café sentada, sin levantarte hasta el final. Puede ser diez minutos con una música que te gusta a ti, no de fondo mientras haces otra cosa. Puede ser, simplemente, no contestar 'estoy bien' la próxima vez que alguien te pregunte de verdad, con esos ojos que sí quieren saber.
No hace falta que la culpa desaparezca para que lo hagas. Solo hace falta que la dejes ahí, sentada al lado tuyo en esa misma silla, mientras tú te permites ese ratito de todas formas, aunque ella siga insistiendo un rato más.
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