Bienestar

Digo "estoy bien" aunque no lo esté: por qué lo hago siempre

"¿Cómo estás?" Y ya está, la boca se te adelanta: "bien, bien, tirando". Lo dices en el ascensor, en la cola de la farmacia mientras esperas el jarabe que ya sabes que va a tardar, por teléfono con tu hermana que llama desde otra ciudad y pregunta con ganas de verdad. Lo dices incluso cuando acabas de dejar a la persona que cuidas dormida por fin, después de una noche entera despierta contando los minutos entre una respiración y la siguiente, y todavía tienes el pulso acelerado y el camisón pegado a la espalda. Sale solo, antes de que tú decidas nada. A veces ni siquiera te da tiempo a pensarlo: la palabra ya está fuera cuando tu cabeza todavía está calculando cuántas horas llevas sin sentarte.

Si esto te suena, quiero decirte algo primero: no eres una mentirosa. No estás engañando a nadie a propósito. Ese "bien" automático es otra cosa, algo mucho más viejo y más cansado que una mentira, algo que se ha ido fabricando sesión a sesión, madrugada a madrugada, hasta convertirse en el primer reflejo que tienes disponible cuando alguien te mira a los ojos y pregunta.

El "bien" no es mentira, es un reflejo

Cuando llevas tiempo cuidando a alguien, cada pregunta que te hacen tiene el potencial de abrir una caja enorme. "¿Cómo estás?" podría llevarte a contar la noche en vela, el miedo con el que te levantaste antes de que sonara ninguna alarma, la lista de citas médicas de la semana que ya no te cabe en la cabeza sin apuntarla, el dinero que no llega a fin de mes, el cuerpo que ya no aguanta bien las escaleras del portal ni la bolsa de la compra en un solo viaje. Es demasiado para una pregunta de pasillo, demasiado para el rato que dura un ascensor entre la planta baja y la tercera. Así que el cuerpo aprende un atajo: "bien" cierra la caja antes de que se abra. Ahí no hay mentira ninguna, solo la verdad entera, de pie, sin tiempo, sintiéndose imposible de sostener en el pasillo de un supermercado.

Hay otra cosa debajo, y es importante nombrarla sin dureza: muchas veces el "bien" también evita que la otra persona te pregunte más, y eso evita que tengas que pedir algo. Porque pedir da vergüenza, o parece debilidad, o tienes miedo de que si empiezas a contar —de verdad, sin el filtro de siempre— no puedas parar, y que lo que salga ya no quepa en ese ascensor ni en esa cola de farmacia.

Lo que se apaga cuando siempre dices que sí estás bien

Lo que nadie te avisa es que ese "bien" repetido tiene un precio, y se cobra despacio, sin ruido, como esas facturas que llegan por domiciliación y ni te enteras hasta que miras la cuenta. La gente te pregunta al principio con ganas de saber de verdad, con esa preocupación un poco torpe de quien no sabe muy bien qué decir pero se acerca igual. Pero si siempre reciben el mismo "bien" sin fisuras, con el tiempo dejan de preguntar. No por mala fe: simplemente aprenden que ahí no hay nada que mirar, que la puerta está cerrada con llave y nadie va a forzarla. Y entonces el teléfono suena menos. Las visitas se espacian, primero cada quince días, luego cuando se puede. Los mensajes de "¿qué tal todo?" se vuelven más cortos, más de compromiso, escritos deprisa entre dos tareas de otra persona.

Y tú te quedas ahí, cada vez más sola dentro de tu propio "bien", doblando la misma ropa un domingo cualquiera, preguntándote por qué nadie se da cuenta de lo que de verdad estás cargando. La respuesta incómoda es que nadie se da cuenta porque tú misma, sin querer, has ido cerrando la puerta con esa palabra, una vez tras otra, hasta que ya ni tú recuerdas cómo se abre desde dentro.

No es que la gente haya dejado de quererte. Es que tú les has dado, sin querer, la única información que tenían: que aquí no hace falta preguntar.

El paso de hoy: contarle una cosa real a una sola persona

No te estoy pidiendo que hoy te derrumbes delante de todo el mundo, ni que cambies de golpe una costumbre de años que se te ha metido hasta en la voz. Te pido algo mucho más pequeño y mucho más concreto: elige a una sola persona, alguien con quien te sientas mínimamente segura —puede ser tu hermana, una amiga de las de toda la vida, o incluso alguien que conociste hace poco pero que te mira sin juzgar— y cuéntale una cosa real. Solo una.

Esto que lees es una idea de «Cuidar sin culpa» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Y ojo, porque esto también tiene su trampa: contar una cosa real no es dar el parte médico de la persona que cuidas. No es "ayer le subió la tensión" ni "el médico dijo que había que ajustar la medicación otra vez". Eso también es una forma de esconderte detrás de otra persona, de hablar de él o de ella para no tener que hablar de ti. Contar algo real es decir, por ejemplo: "llevo tres noches sin dormir bien y estoy agotada", o "hoy no tengo ganas de nada, ni de hablar, ni de que me pregunten", o simplemente "la verdad, no estoy bien, y no sé muy bien por dónde empezar a contarlo".

No hace falta un discurso. No hace falta explicarlo todo ni justificarlo, ni adornarlo para que suene a algo importante. Una frase corta, sobre ti, dicha en voz alta a alguien, aunque te tiemble un poco la voz al decirla. Eso es todo lo que te pido para hoy.

Decir la verdad también es cuidarte

Sé que llevas mucho tiempo poniendo el cuidado de otra persona por delante del tuyo, y que probablemente lo seguirás haciendo, porque así eres tú y así lo has decidido, y eso no te lo voy a discutir. Pero quiero que te quedes con una idea pequeña: decir la verdad, aunque sea solo una vez, aunque sea solo una frase dicha en un pasillo o por teléfono a última hora, también es una forma de cuidarte. No hay ahí ninguna debilidad, ningún fallo en tu papel: es abrir una rendija por donde pueda entrar algo de aire, el mismo aire que llevas tiempo sin dejar pasar.

La próxima vez que alguien te pregunte cómo estás, no te pido que cambies tu respuesta con esa persona todavía, si no te sale. Te pido que guardes esa cosa real para quien tú elijas, cuando tú decidas, sin prisa. Poco a poco, esa rendija se hace puerta. Y si en algún momento sientes que ya no puedes con esto tú sola, que el cansancio se ha vuelto algo más grande que cansancio, pedir ayuda profesional no es un fracaso: es otro paso, igual de válido que este, igual de tuyo.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Cómo pedir ayuda cuando cuidas a alguien, sin sentirte una carga

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Cuidar bien también es cuidarte a ti.

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