Doce mensajes en la pantalla y ninguno pregunta cómo estoy. Los cuento en el semáforo. La catequista quiere las fotocopias mañana sin falta. Mi cuñada, que si me quedo con los niños el sábado. El del coro, un audio de tres minutos que no abro. Mi madre, dos veces. "¿Puedes?", "¿te importa?", "solo tú sabes hacerlo". Y una parte de mí, la tonta, se hincha un poco con eso de que solo yo sé. Contesto a todos en el mismo rojo. Sí. Claro. Ahora te digo. No pasa nada.
Ese "no pasa nada" lo digo mucho. Lo digo cuando se me olvida comer hasta las cuatro. Lo digo cuando me levanto a las seis para dejar la comida hecha antes de un día que no es mío. Lo digo tan seguido que ya no lo oigo.
Llego a casa y no entro. Meto el coche en el garaje, apago el motor, y me quedo. Con las llaves en la mano y la puerta de casa a diez pasos. Ahí dentro está la cena, los deberes, el "mamá", el "cariño", el teléfono que volverá a sonar. Aquí, en el coche, no me pide nada nadie. Cierro los ojos. No rezo. No pienso. Solo respiro el rato ese que me robo, diez minutos con olor a gasolina, y luego me arreglo la cara y entro como si acabara de llegar.
"¿Cansada yo? Qué va. Un poco de trajín, nada más."
Lo decía de verdad. Yo era la que podía con todo. La que llevaba el táper a la familia que se mudaba, la que se quedaba a fregar cuando los demás cogían el abrigo, la que en la parroquia decía que sí antes de que terminaran la frase. Servir estaba bien. Servir era lo que se hacía. Y descansar, descansar era de flojas, de las que se escaquean, de las que ponen su cansancio por delante del prójimo. Yo no era de esas. Yo aguantaba.
Hasta que un domingo, en la cocina de los actos de la parroquia, se me cayó una bandeja. No fue nada del otro mundo. Cincuenta cafés, la bandeja de metal, y de pronto todo por el suelo, el estrépito, los charcos, las tazas rodando. La mano no me respondió. Se abrió sola. Y yo me quedé mirándola como si fuera de otra persona, con las señoras alrededor recogiendo y diciendo "mujer, no pasa nada" —mi frase, en su boca— y yo pensando: no ha sido la bandeja. La bandeja pesaba lo de siempre. He sido yo, que ya no sujeto.
No me caí redonda ni me llevaron a ningún sitio. Recogí, sonreí, dije que qué torpe. Pero volví al coche y no arranqué. Y por primera vez me pregunté cuánto llevaba sin que la mano me temblara y yo mirando para otro lado.
Me daba miedo esa pregunta. Porque si me paraba a mirar, igual descubría que no aguantaba por buena, sino por miedo. Miedo a que, si un día no podía, se me quisiera menos. Como si el amor de los míos y hasta el de Dios fuera algo que hay que ganarse a base de no fallar nunca. Nadie me lo enseñó con esas palabras. Pero lo tenía metido en el tuétano.
No te voy a vender un antes y un después de esos que quedan bonitos. No me levanté nueva. Sigo teniendo el reflejo del sí en la punta de la lengua; todavía se me escapa antes de pensar. Lo que cambió fue más pequeño y más lento. Empecé a distinguir el servir que rebosa del servir que se raspa. A dejar que me sostuvieran a mí un rato, aunque me diera un apuro tremendo. A entender aquello de que no soy yo la que aguanta el mundo; que hay Quien me lo sostiene a mí, y que descansar en eso no es escaquearse, es dejarle sitio.
Aprendí despacio, con torpeza, y volviendo atrás muchos días. Aún hoy hay tardes en que meto el coche en el garaje y me quedo el rato robado. La diferencia es que ahora, a veces, entro sin la cara arreglada. Entro cansada. Y no se hunde nada.
Esta noche el móvil se ha encendido otra vez. Un mensaje. Alguien que necesita algo para mañana. Lo he leído. Lo he dejado ahí, sin contestar. Ya responderé por la mañana. Y me he ido a la cama sabiendo que mañana, cuando salga el sol, seguiré queriendo a esa gente igual —solo que un poco menos vacía.



