Me lo preguntó una vecina en el rellano, con la bolsa de la basura en la mano y prisa por irse: y tú, ¿cómo estás? Abrí la boca y no salió nada. Fui a buscar la respuesta dentro de mí y me encontré el sitio vacío, como quien abre un cajón seguro de guardar algo ahí y lo halla limpio, sin explicación.
Llevaba tanto tiempo contestando por él, excusándolo, adivinándole el humor por el modo de meter la llave en la cerradura, que una pregunta sobre mí me llegó como en otro idioma. Toda mi atención vivía en la suya: cómo estaba él, si esta vez de verdad, si con la frase justa lo convencía de pedir ayuda.
Al principio fue amor, y quiero que quede dicho. Le tapaba faltas, le pagaba lo que hiciera falta, cancelaba lo mío por adelantarme al desastre. Le repetí la misma advertencia tantas veces que se volvió ruido de fondo, algo que yo decía por decir, por tener las manos ocupadas mientras se me caía todo.
Y ella, la mujer que yo era, fue desapareciendo despacio, sin un día que señalar. Dejó de quedar con sus amigas; luego de contestarles, porque explicar en qué andaba metida daba más vergüenza que el silencio; después dejó de mirarse. Hablo de ella en tercera persona porque así la sentí mucho tiempo: como a alguien que conocí y a quien le perdí la pista.
Lo vi entero un día que no traía nada especial. Bajaba en el ascensor a tirar la basura y me pilló mi reflejo en el espejo del fondo: media tarde, y yo con la ropa de estar por casa que ya no me quitaba, el pelo de cualquier manera. Y lo peor no fue verla así de cansada; fue el medio segundo que tardé en entender que esa de ahí era yo, buscando a la de antes y no encontrándola.
Se abrieron las puertas y yo seguía dentro, con la bolsa colgando, pensando algo muy sencillo y muy feo: no sé en qué mañana se marchó esa mujer, y llevo meses viviendo en su casa sin echarla de menos.
La sacó a flote una amiga de las de antes, de las que había ido dejando. Nos cruzamos en el supermercado sin vernos hacía medio año largo, y se quedó mirándome un momento más de la cuenta antes de sonreír. Me abrazó fuerte y me dijo bajito, casi al oído, cuánto me echaba de menos, dónde me había metido. No hablaba de que no la llamara: hablaba de mí, de la que ya no estaba.
No cambió nada esa tarde. Pero me fui a casa sabiendo que existía una versión mía a la que alguien seguía esperando. Empecé por cosas que da pudor contar de tan pequeñas: volví a comprar el champú que me gustaba a mí, contesté un mensaje, salí a andar media hora sin avisar de adónde iba.
Fui aprendiendo, muy despacio, lo que a nadie se le ocurre decirte al principio: que yo no lo empujé a esto, que controlarlo no está en mi mano, y que curarlo no depende de que dé con las palabras mágicas. Su recuperación es suya y la mía es mía. Solté la vigilancia de la llave, dejé de rescatarlo de madrugada; no de golpe, sino a base de días.
Durante años alguien preguntaba cómo estaba él. Aquel abrazo fue la primera vez que preguntaron por mí.
No te voy a vender que él se curó y comimos perdices; no sé cómo termina su historia. Hubo retrocesos, y eran míos. Pero ya sabía el camino de vuelta a mí y cada vez lo hacía en menos pasos. Lo que sí sé es que mi vida volvió a ser mía aunque la suya siguiera atascada.
La otra tarde me puse los pendientes. Un martes, sin motivo, sin ir a ningún sitio, delante del mismo espejo donde un día no supe quién era. Esta vez la de dentro y yo éramos la misma. Ya no hablo de ella en tercera persona.



