Empezó con el pastillero. Uno de esos de plástico con siete casillas y una tapa que cuesta abrir, y yo se lo llenaba a mi madre los domingos por la noche, en la mesa de la cocina, con la caja de recetas al lado. Lunes rosa, martes rosa, el antihipertensivo que no puede olvidar. Me sabía sus horas de memoria. Las mías hacía tiempo que no las miraba.
Al principio era una cosa concreta cada tanto. Acompañarla al médico llevarla a que le sacaran sangre recoger la receta que se acababa. Luego fueron más cosas y más seguidas, y en algún momento, sin que yo decidiera nada, se volvió todo el rato. La compra que le sienta bien la lavadora los sábados la llamada a media mañana para saber si había desayunado. No hubo un día en que dijera me hago cargo. Simplemente un martes ya me estaba haciendo cargo de todo y no recordaba cuándo había empezado.
Yo lo hacía bien, además. Con las citas apuntadas en un calendario de pared, con los informes en una carpeta por fechas, con la nevera ordenada para que ella encontrara las cosas. Si alguien me preguntaba qué tal, contestaba con lo de mi madre. Que si la tensión, que si el traumatólogo, que si dormía. Nadie me preguntaba por mí, y yo tampoco echaba de menos que lo hicieran. Me parecía lógico. La enferma era ella.
El cuerpo me fue avisando por lo bajo. Dormía con un oído puesto. Me dolía la cabeza esos dolores tontos de tener la mandíbula apretada sin darte cuenta. Cancelé una cena, luego otra, hasta que dejaron de invitarme, y en el fondo lo agradecí porque era una cosa menos que encajar en la semana. Tenía cita para mis análisis, los míos, la revisión de siempre. La aplacé porque coincidía con el cardiólogo de mi madre. La volví a aplazar. La tercera vez ni puse excusa, la borré del calendario y ya está.
Nadie me preguntaba por mí, y yo tampoco echaba de menos que lo hicieran. Me parecía lógico. La enferma era ella.
Hubo una tarde en el hospital, esperando a que la bajaran de una prueba, en que salí al parking a por algo del coche. Y me quedé. Reclinlé el asiento, cerré los ojos, y aquellos veinte minutos en un aparcamiento con olor a plástico caliente fueron lo más parecido al descanso que había tenido en meses. Nadie sabía que estaba ahí. Nadie iba a pedirme nada durante veinte minutos. Recuerdo pensar, medio dormida, que ese coche se había convertido en el único sitio del mundo donde no le hacía falta a nadie. Y recuerdo la vergüenza de que eso me pareciera un lujo.
Al final fui a hacerme los análisis. No por mí, la verdad; fui porque me obligó una amiga que me arrastró casi de la mano. Salieron mal. No voy a asustarte con detalles que no vienen a cuento, pero salieron lo bastante mal como para que la médica me mirara por encima de las gafas y me preguntara desde cuándo estaba así de descuidada. Y yo, que tengo respuesta para todo lo de mi madre, me quedé sin ninguna.
Ahí no me iluminé ni tomé grandes decisiones. Salí de la consulta con el papel en la mano, me metí en el coche y estuve un rato sin arrancar. Pensé una cosa muy simple y muy fea: llevo dos años cuidando a alguien y a la vez me estoy dejando morir a fuego lento. Las dos cosas a la vez. Nadie me había enseñado que eso podía pasar.
Cambiar fue lento y poco heroico. Empecé por ir a por mis pastillas también, y ponerlas en un pastillero mío, igual que el de ella. La primera semana me olvidé tres días. Aprendí que cuidar de una misma, cuando llevas años sin hacerlo, se te ha olvidado como se olvida un idioma: hay que volver a practicarlo torpe, palabra a palabra.
Llevo dos años cuidando a alguien y a la vez me estoy dejando morir a fuego lento. Las dos cosas a la vez.
Después vinieron los límites, que a mí me sonaban a cosa de gente sin cargas de verdad. Pero eran menudencias. Pedirle a mi hermano que llevara él a mamá los jueves. Decir hoy no puedo sin soltar detrás un párrafo de disculpas. Volver a quedar con esa amiga y contarle algo mío que no fuera un parte médico. Hubo semanas en que recaía, en que volvía a desaparecer dentro del cuidado y me saltaba mis cosas otra vez. Volver a empezar también contaba.
Seguí cuidando de mi madre, que quede claro. No abandoné a nadie. Solo dejé de hacerlo desde el vacío, poniendo una mano de más aquí, pidiendo una de menos allá, guardándome un rato que fuera mío sin pedirle permiso a la culpa. Sigo llenando su pastillero los domingos. Pero ahora, al lado, en la mesa de la cocina, lleno también el mío. Siete casillas con una pastilla mía dentro. Es una tontería de imagen, ya lo sé. Para mí fue la primera vez en años que aparecía en mi propia lista.



