Sigo poniendo dos tazas y no sé cómo parar
Son las siete y pico de la mañana. Fuera todavía está oscuro del todo y la cafetera hace ese ruido raro de siempre, ese gorgoteo que llevas años oyendo sin escucharlo de verdad. Y ahí está tu mano, abriendo el armario alto, la puerta que chirría un poco si no la coges por el borde exacto. Baja la tuya. Baja la suya. Las pone una junto a la otra en la encimera, la de él ligeramente a la izquierda, como siempre, antes de que tú hayas terminado de despertarte del todo.
Te quedas mirando esa segunda taza con la cafetera todavía sonando detrás de ti, y por un segundo no sabes qué hacer con las manos. No la pusiste tú. Lo sabes con esa certeza rara que a veces tiene el cuerpo, la de haber hecho algo sin haber decidido hacerlo. La puso la costumbre, que no ha leído las noticias, que no sabe nada de lo que ha pasado en esta casa.
La mano llega antes que la cabeza
Esto no es que estés mal de la cabeza, ni que no te hayas enterado de lo que ha pasado. Lo sabes perfectamente, lo sabes desde el primer día, lo sabes incluso mientras duermes. Es que treinta años de mañanas —o diez, o cinco, los que fueran— dejaron un camino tan gastado en tu cuerpo que los pies lo siguen solos, sin pedirte permiso, sin pasar por donde piensas. La mano sabe dónde está la taza de él, la desportillada del asa, la que decía que no tiraba porque le gustaba precisamente por eso. Sabe cuánta leche le ponía, un dedo y medio, nunca dos. Sabe el ritmo de esa cocina de memoria, el orden exacto en que se abren los armarios, y ese ritmo no se ha enterado todavía de que hay un cambio en la casa.
La cabeza sí lo sabe. La cabeza lo sabe demasiado bien, de hecho, y por eso quizá te sorprenda que el cuerpo vaya tan por detrás, como si los dos vivierais en calendarios distintos. Pero el cuerpo no funciona con la misma velocidad que la noticia. Aprender una costumbre lleva años, comida a comida, mañana a mañana; desaprenderla no tiene por qué llevar treinta días, ni tres meses, ni el tiempo que a ti o a nadie le parezca razonable de puertas para afuera.
El "todavía" que te da vergüenza
Y aquí está lo que de verdad pesa, más que la propia taza sobre la encimera: esa vocecita que te pregunta cómo es posible que te siga pasando esto. Que ya ha pasado un tiempo. Que la vecina de abajo, la que enviudó hace dos años, ya no hace estas cosas, o eso parece desde fuera. Que deberías estar mejor. Que si todavía te ocurre es que algo en ti no avanza como debería, como si el duelo tuviera un examen y tú llevaras ya varias convocatorias suspendidas.
Quítale esa fecha límite ahora mismo, aunque sea solo por hoy. Nadie firmó un calendario donde ponía cuándo se te tenía que quitar esta costumbre. No hay un día treinta en el que la mano aprenda de golpe a bajar solo una taza y quedarse tranquila, como si hubiera aprobado. Sigo poniendo, de vez en cuando, la segunda taza. Lo digo así, en presente, porque sigue pasando y porque no me define como alguien que retrocede. Me define como alguien que quiso, y que sigue queriendo, a una persona muy concreta con una rutina muy concreta: la leche, el asa desportillada, el ruido de la cucharilla contra la loza a las siete y pico de la mañana.
Esto no mide cuánta terapia te falta ni cuánta fe te sobra. Mide, simplemente, cuánto tiempo llevaba tu cuerpo aprendiendo a compartir la mañana con alguien, y ese tiempo no se borra porque tú lo necesites borrado.
Lo que puedes hacer hoy, si te vuelve a pasar
La próxima vez que la mano se te adelante, no la escondas de golpe en el armario como si fuera una prueba de algo que hiciste mal. No hay nada que ocultar ni de qué avergonzarte delante de nadie, ni siquiera delante de ti misma. Déjala ahí un momento, en la encimera, al lado de la tuya, con la luz de la mañana entrando por la ventana de la cocina como entra siempre.
Y ponle nombre a lo que sientes, en voz alta si puedes, aunque sea solo una frase corta y torpe. "Esto es porque te echo de menos esta mañana." "Esto es porque todavía no me acostumbro a la cocina vacía." No hace falta que sea elegante ni que suene a oración bonita, de esas que parecen escritas de antemano. Puede ser solo eso: una frase, dicha en voz alta a una cocina que no responde, antes de guardar la taza de vuelta en su sitio.
Escribir a mano, aunque sea una frase o un signo de interrogación, es ya un modo honesto de rezar.
Si te ayuda, apúntalo después en un cuaderno, el que tengas más a mano, aunque sea el de la lista de la compra. No para llevar la cuenta de las veces que te pasa, como quien lleva un marcador de fallos, sino para dejar constancia de que hoy, otra vez, tu cuerpo se acordó de alguien a quien quisiste bien, y eso merece quedar escrito en algún sitio.
Esto no mide tu avance, mide tu cariño
Un día la mano bajará solo una taza sin que te des ni cuenta, en mitad de una mañana cualquiera, y quizá entonces sientas otra cosa rara: un poco de tristeza porque ya no se te olvida, porque la costumbre por fin se rindió. Ese día también estará bien, aunque te pille por sorpresa lo raro que se siente. No hay una meta correcta a la que llegar ni un ritmo que debas cumplir para demostrar nada, ni a los demás ni a ti misma, ni siquiera a esa vecina que ya lo superó, según parece, hace dos años.
Por ahora, si esta mañana vuelves a poner dos tazas, no la escondas con prisa. Déjala un segundo en la luz de la cocina, mira el vapor subiendo del café, deja que el momento sea lo que es sin apurarlo. Ha sido tu cuerpo recordando que quisiste mucho a alguien. Eso no es un fallo que corregir ni una tarea pendiente en tu duelo. Es, sencillamente, la forma que tiene el amor de quedarse un rato más en la cocina, aunque ya no haya nadie al otro lado de la mesa para bebérsela.
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