UN RETO DE 30 DĂŤAS

¿Llevas tiempo pidiéndole algo a Dios y no contesta? ¿Ni un sí, ni un no? Y al silencio le has ido sumando, sin querer, la sospecha de que se ha ido, o de que la culpa es tuya por no creer bastante.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

Empezó con un rosario en el bolsillo y unos dedos que rezaban solos.↓

Tengo un rosario que fue de mi abuela. La madera está gastada justo en tres cuentas, las que mis dedos buscan solos cuando no me doy cuenta. Empezó así, sin que yo lo decidiera. La mano en el bolsillo del abrigo, en la cola del supermercado, esperando el semáforo, y los dedos pasando esas tres cuentas una y otra vez, moviendo los labios sin voz. Pedía lo mismo. Siempre lo mismo.

No os voy a decir qué pedía. Cada una tiene su lo mismo. El mío llevaba años, y llegó un punto en que ya ni lo formulaba entero: bastaba con empezar y Dios ya sabía. O eso quería creer. Rezaba como quien deja recados en un teléfono que nadie contesta. Al principio con palabras hermosas, salmos que me sabía de memoria. Después solo con el nombre. Y al final, ni eso.

Hice lo que se hace. Más misa, más rodillas en el suelo frío del pasillo antes de acostarme. Ayuné los viernes. Compré libros de portada dorada que prometían desbloqueos y temporadas nuevas. Llené la nevera de versículos en papelitos, como si al Altísimo se le pudiera refrescar la memoria con un imán. «Pide y se te dará», decía uno. Lo leía cada mañana y cada mañana pesaba un poco más.

Y algo se fue apagando por dentro sin que yo lo notara. Dormía a saltos. Cuando alguien me preguntaba qué tal, decía bien y cambiaba de tema antes de que la palabra se enfriara en el aire. Iba a la iglesia el domingo, cantaba con los demás, y en mitad del canto me sorprendía pensando algo que no me atrevía ni a rezar: que a lo mejor se había ido. O peor: que seguía ahí, pero conmigo había hecho silencio a propósito.

Me sorprendĂ­a pensando algo que no me atrevĂ­a ni a rezar: que a lo mejor conmigo habĂ­a hecho silencio a propĂłsito.

Empecé a ir entre semana, por la mañana, cuando la iglesia está vacía. Me sentaba en el mismo banco, el tercero por la izquierda. Y un martes cualquiera me di cuenta de que ya no pedía nada. Estaba ahí sentada, con las manos quietas, mirando la vela roja del sagrario. No rezaba. No esperaba. Solo cumplía, como quien visita una tumba por costumbre. «Hasta cuándo, Señor», dice el salmo. Yo ya ni preguntaba hasta cuándo. Había dejado de contar.

Fue en ese banco donde una mujer se sentó a mi lado. Mayor, de las que hablan poco, de misa de diario y mantilla en el bolso. Estuvo un rato callada, como yo. Antes de levantarse, sin mirarme apenas, dijo: «Esperar y rendirse se parecen desde fuera. Por dentro no tienen nada que ver. Y esto no se aguanta a solas, hija.» Se santiguó despacio y se fue. No supo mi nombre. No supo qué pedía.

Me quedé sentada mucho rato. Llevaba años confundiendo las dos cosas: creía que si dejaba de sufrir la espera, estaba abandonando a Dios. Que el dolor era la prueba de mi fe. Y aquella mujer, de pasada, me había separado una cosa de la otra.

Al día siguiente no recé mejor. Empecé a escribir, que es distinto. Un versículo por la mañana, corto, traído al castellano de todos los días. Una lectura sin trampa, sin prometer temporadas de victoria. Una oración para ese día y no para el resto de mi vida. Y unas preguntas con su hueco en blanco, para dejar allí lo que no me cabía en el pecho.

A mano, siempre a mano. Uno cada día. Hubo mañanas en que solo pude leer y respirar, y firmé un pacto que había escrito para esos días en que no salen las palabras. Volví al tercer banco muchas veces, con la mano en el rosario de mi abuela, sin resolver nada. Pero ya no iba sola a ese silencio: iba con lo que había escrito la víspera.

Poco a poco fui soltando los plazos. Descubrí que en la sequía las raíces crecen hacia abajo, donde no se ve nada. Que su silencio no era su ausencia. Y que existe una paz pequeña, terca, que no depende de que llegue la respuesta.

En la sequĂ­a las raĂ­ces crecen hacia abajo, donde no se ve nada.

Lo que pedía sigue sin contestarse del todo, y no os voy a vender un final de película. Pero volví a mirar a las mujeres de aquellos bancos, las que dicen bien y cambian de tema, y me acordé de la vela del sagrario: arde despacio, sola, y alumbra igual sin que nadie la mire. Escribí estos treinta días para ellas. Para la que ha rezado y rezado por lo mismo y ya no se atreve a decirlo en voz alta. Para que no se consuma a oscuras.

ÂżTe suena?

Rezas por lo mismo desde hace tanto que ya ni te atreves a pedirlo en voz alta.
SonrĂ­es en la iglesia y por dentro te preguntas si Dios se ha olvidado de ti.
Te han dicho "ten fe" tantas veces que la palabra ya te suena a reproche.
Cuando alguien pregunta "¿y tú cómo estás?", dices "bien" y cambias de tema.
19 €Cuando Dios calla
EL CUADERNO

Treinta días para acompañar el silencio, no para romperlo

Aquella mujer del banco me separó dos cosas que yo había pegado durante años: esperar no es rendirse, y esto no se aguanta a solas. Puse esas dos verdades en papel, día a día, para la que sigue sentada en su banco sin pedir ya nada. No para arrancarle a Dios la respuesta mañana, sino para que la espera no te apague.

  • 30 dĂ­as, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al dĂ­a y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frĂ­o.

19 euros: menos que la pila de libros de portada dorada que ya compraste buscando la fĂłrmula, y este no te promete ninguna.

✓ Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas

Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantĂ­a de 30 dĂ­as

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 dĂ­as

30 dĂ­as, uno cada dĂ­a

Cada dĂ­a trae un versĂ­culo corto traĂ­do al castellano de todos los dĂ­as, una lectura honesta sin prometer temporadas de victoria, una oraciĂłn pensada solo para esa jornada y unas preguntas con su hueco para responder a mano.

Mi pacto de esperar con Dios

Una página para completar y firmar con tu propia letra, pensada para los días en que no salgan las palabras y solo puedas leer y respirar. La firmas una vez y vuelves a ella cuando el silencio aprieta.

El DĂ­a 27, con la guardia puesta

Los dĂ­as 20 y 27 miran de frente el momento en que la espera deja de ser dura y se vuelve un pozo. AhĂ­ el cuaderno te dice con claridad que esto no sustituye a un profesional y te anima a pedir ayuda.

Hueco en blanco para tu letra

No es un libro para leer de un tirón: es para escribir en él. Cada día deja sitio para que dejes por escrito lo que no te cabe en el pecho, a mano, sin pantallas de por medio.

En PDF, para imprimir y tener a mano

Un cuaderno en PDF que puedes imprimir y dejar en la mesilla o en el bolso, junto a lo que reces. Tuyo para siempre, para volver a él las veces que haga falta.

AsĂ­ es un dĂ­a dentro del cuaderno

DÍA 7 · UN DÍA CUALQUIERA
  • Una lectura corta, de dos minutos, que no te sermonea.
  • Un solo paso para hoy. Pequeño a propĂłsito: cabe en tu peor dĂ­a.
  • Espacio para escribirlo a tu mano. Lo tuyo, con tus palabras.

CĂłmo funcionan los 30 dĂ­as

Semana 1

Mirar el silencio de frente sin salir corriendo

Semana 2

Aprender que esperar no es rendirse

Semana 3

Lo que enseña la espera larga: soltar los plazos, las raíces de la sequía

Semana 4

Confiar en el Dios que no ves: su silencio no es su ausencia

Quién lo escribe

M

Por Marisa Olmedo

Marisa Olmedo lleva el rosario gastado de su abuela en el bolsillo del abrigo y canta en el coro de su parroquia los domingos, aunque hubo un tiempo en que cantaba con la boca y no con el pecho. De ahĂ­ saliĂł este cuaderno: de una que sigue esperando y aprendiĂł a no hacerlo sola.

Nuestro trato contigo

  1. No te diremos que en 30 días estarás curada. No funciona así, y lo sabes.
  2. No hay testimonios inventados, ni cuentas atrás falsas, ni «solo quedan 3».
  3. Si abres el cuaderno y no te habla, te devuelvo el importe. Sin preguntas, durante 30 dĂ­as.
Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

ÂżEsto es terapia?
No. Es un cuaderno de acompañamiento espiritual, día a día, para no esperar sola. Si notas que el silencio se te ha vuelto un pozo del que no puedes salir —de hecho hablamos de eso de frente en los días 20 y 27—, este cuaderno te anima a pedir ayuda profesional. Va de tu lado, no en lugar de ella.
Llevo años pidiendo lo mismo y nada cambia. ¿De verdad me va a servir esto?
No te promete que en 30 días Dios conteste lo que llevas tanto tiempo pidiendo. Te promete algo más honesto: que aprendas a sostener la espera sin que te destruya, y que dejes de estar tan sola en ella.
ÂżNecesito saber mucho de la Biblia o tener una fe "fuerte" para hacer esto?
No. Cada día trae el versículo ya traído a un lenguaje sencillo, sin dar nada por sabido. Esto es justo para cuando la fe se siente débil, no para cuando ya la tienes resuelta.
¿Qué pasa si un día no puedo ni escribir?
Está previsto. Hay días en que solo hace falta leer y respirar. Y está "Mi pacto de esperar con Dios", una página ya pensada para los días en que no te salgan las palabras.

Empieza hoy. Un dĂ­a cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.

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