Tengo un rosario que fue de mi abuela. La madera está gastada justo en tres cuentas, las que mis dedos buscan solos cuando no me doy cuenta. EmpezĂł asĂ, sin que yo lo decidiera. La mano en el bolsillo del abrigo, en la cola del supermercado, esperando el semáforo, y los dedos pasando esas tres cuentas una y otra vez, moviendo los labios sin voz. PedĂa lo mismo. Siempre lo mismo.
No os voy a decir quĂ© pedĂa. Cada una tiene su lo mismo. El mĂo llevaba años, y llegĂł un punto en que ya ni lo formulaba entero: bastaba con empezar y Dios ya sabĂa. O eso querĂa creer. Rezaba como quien deja recados en un telĂ©fono que nadie contesta. Al principio con palabras hermosas, salmos que me sabĂa de memoria. DespuĂ©s solo con el nombre. Y al final, ni eso.
Hice lo que se hace. Más misa, más rodillas en el suelo frĂo del pasillo antes de acostarme. AyunĂ© los viernes. ComprĂ© libros de portada dorada que prometĂan desbloqueos y temporadas nuevas. LlenĂ© la nevera de versĂculos en papelitos, como si al AltĂsimo se le pudiera refrescar la memoria con un imán. «Pide y se te dará», decĂa uno. Lo leĂa cada mañana y cada mañana pesaba un poco más.
Y algo se fue apagando por dentro sin que yo lo notara. DormĂa a saltos. Cuando alguien me preguntaba quĂ© tal, decĂa bien y cambiaba de tema antes de que la palabra se enfriara en el aire. Iba a la iglesia el domingo, cantaba con los demás, y en mitad del canto me sorprendĂa pensando algo que no me atrevĂa ni a rezar: que a lo mejor se habĂa ido. O peor: que seguĂa ahĂ, pero conmigo habĂa hecho silencio a propĂłsito.
Me sorprendĂa pensando algo que no me atrevĂa ni a rezar: que a lo mejor conmigo habĂa hecho silencio a propĂłsito.
EmpecĂ© a ir entre semana, por la mañana, cuando la iglesia está vacĂa. Me sentaba en el mismo banco, el tercero por la izquierda. Y un martes cualquiera me di cuenta de que ya no pedĂa nada. Estaba ahĂ sentada, con las manos quietas, mirando la vela roja del sagrario. No rezaba. No esperaba. Solo cumplĂa, como quien visita una tumba por costumbre. «Hasta cuándo, Señor», dice el salmo. Yo ya ni preguntaba hasta cuándo. HabĂa dejado de contar.
Fue en ese banco donde una mujer se sentĂł a mi lado. Mayor, de las que hablan poco, de misa de diario y mantilla en el bolso. Estuvo un rato callada, como yo. Antes de levantarse, sin mirarme apenas, dijo: «Esperar y rendirse se parecen desde fuera. Por dentro no tienen nada que ver. Y esto no se aguanta a solas, hija.» Se santiguĂł despacio y se fue. No supo mi nombre. No supo quĂ© pedĂa.
Me quedĂ© sentada mucho rato. Llevaba años confundiendo las dos cosas: creĂa que si dejaba de sufrir la espera, estaba abandonando a Dios. Que el dolor era la prueba de mi fe. Y aquella mujer, de pasada, me habĂa separado una cosa de la otra.
Al dĂa siguiente no recĂ© mejor. EmpecĂ© a escribir, que es distinto. Un versĂculo por la mañana, corto, traĂdo al castellano de todos los dĂas. Una lectura sin trampa, sin prometer temporadas de victoria. Una oraciĂłn para ese dĂa y no para el resto de mi vida. Y unas preguntas con su hueco en blanco, para dejar allĂ lo que no me cabĂa en el pecho.
A mano, siempre a mano. Uno cada dĂa. Hubo mañanas en que solo pude leer y respirar, y firmĂ© un pacto que habĂa escrito para esos dĂas en que no salen las palabras. VolvĂ al tercer banco muchas veces, con la mano en el rosario de mi abuela, sin resolver nada. Pero ya no iba sola a ese silencio: iba con lo que habĂa escrito la vĂspera.
Poco a poco fui soltando los plazos. DescubrĂ que en la sequĂa las raĂces crecen hacia abajo, donde no se ve nada. Que su silencio no era su ausencia. Y que existe una paz pequeña, terca, que no depende de que llegue la respuesta.
En la sequĂa las raĂces crecen hacia abajo, donde no se ve nada.
Lo que pedĂa sigue sin contestarse del todo, y no os voy a vender un final de pelĂcula. Pero volvĂ a mirar a las mujeres de aquellos bancos, las que dicen bien y cambian de tema, y me acordĂ© de la vela del sagrario: arde despacio, sola, y alumbra igual sin que nadie la mire. EscribĂ estos treinta dĂas para ellas. Para la que ha rezado y rezado por lo mismo y ya no se atreve a decirlo en voz alta. Para que no se consuma a oscuras.



