Fe

¿Es normal sentir rabia con Dios cuando se muere alguien que quieres?

Sí. Es normal. Puedes soltar el aire que llevabas conteniendo desde que te hiciste esta pregunta, quizá hace semanas, dándole vueltas mientras fregabas los platos, quizá anoche mismo, mirando el techo mientras todos dormían y tú seguías ahí, con la pregunta clavada en el pecho como una piedra que no dejaba respirar bien.

Sentir rabia con Dios cuando se muere alguien que quieres no te saca de la fe. No te convierte en una mala creyente, por mucho que esa vocecita interior te lo repita a las tres de la madrugada. No es la prueba de que tu relación con Él estaba hueca por dentro todo este tiempo. Es, casi siempre, todo lo contrario: es la prueba de que era real, de que no rezabas por costumbre sino porque de verdad esperabas algo de esa relación.

La rabia no es una grieta en la fe, es una señal de vida en ella

Piénsalo así, aunque al principio te cueste. No te enfadas con un desconocido de la misma manera que te enfadas con alguien de quien esperabas algo, alguien con quien tenías historia. La rabia necesita una relación previa para existir; no se grita al vacío ni a un nombre sin rostro. Si sientes rabia con Dios es porque le hablabas de verdad, quizá cada noche antes de dormir, porque confiabas en Él con la confianza de quien lleva años haciéndolo, porque esperabas que las cosas fueran de otra manera y no lo fueron, y esa diferencia entre lo que esperabas y lo que pasó es exactamente donde vive la rabia.

Nadie se enfada con un Dios en el que no cree, del mismo modo que nadie le escribe una carta furiosa a alguien que nunca conoció. La indiferencia no grita, se queda callada y sigue con su vida. La que grita es la fe herida, y una fe herida, por mucho que duela, sigue siendo fe.

En el duelo, la rabia casi nunca es solo rabia hacia arriba, dirigida limpiamente a un blanco. Es amor que no encuentra dónde ponerse, todo lo que querías seguir dándole a esa persona —una llamada más, un abrazo más, una tarde más de sobremesa— y que ya no tiene destinatario en ningún sitio. Parte de eso se desvía hacia Dios porque Él es, al final, el único que estaba ahí para impedirlo y no lo impidió, el único a quien se le puede reclamar algo tan grande. Nada de eso te convierte en alguien peor: solo significa que amabas a alguien con toda el alma y que no querías, de ninguna manera, que se hubiera ido tan pronto, o de esa forma, o sin despedida.

El lamento tiene sitio, no hay que esconderlo

A veces da miedo decirlo en voz alta, así que se dice en susurros contra la almohada, o solo en la cabeza mientras haces la cama, o llorando en el coche con el motor apagado en el aparcamiento del supermercado, sin fuerzas todavía para entrar a comprar. Pero hay una forma de oración que no se parece nada a las oraciones bonitas que aprendimos de pequeñas, con las manos juntas y la voz suave, y que sin embargo es igual de honesta, quizá más: el lamento.

El lamento es una forma de seguir hablándole a Dios, no de dejar de hacerlo.

No hace falta pulir las palabras antes de decirlas. No hace falta empezar con "gracias, Señor" si ahora mismo no sientes ni una pizca de gratitud, porque fingirla no le hace ningún favor a nadie. Se puede empezar por donde de verdad estás, sin rodeos: "no lo entiendo", "esto no es justo", "¿por qué él y no otro?", "me duele hasta respirar y no sé si tú lo ves desde ahí arriba". Eso también es oración. Quizá sea la más sincera que hayas hecho en años, más sincera que muchas de las que recitaste de memoria sin pensarlas.

No hace falta resolver la rabia rápido, como si tuviera fecha de caducidad, ni disfrazarla de "aceptación" antes de tiempo para quedar bien delante de nadie, ni siquiera delante de ti misma en la intimidad de tu propia cabeza.

  • Escribe la rabia tal cual sale, sin corregirla ni suavizarla para que suene más piadosa
  • No busques cerrar la frase con un "pero confío en ti" si todavía no lo sientes así
  • Permite que la misma oración tenga preguntas sin responder al final
Esto que lees es una idea de «Sostenida en el valle» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Cuándo esa rabia pide, además, una mano profesional

Casi siempre esta rabia va y viene, se mezcla con momentos de paz inesperados, con recuerdos que de pronto te hacen sonreír a media tarde sin venir a cuento, y con el tiempo encuentra su sitio sin desaparecer del todo, como una cicatriz que ya no duele igual pero que sigue ahí. Es parte del valle, no un atasco en él, no una señal de que algo va mal contigo.

Pero hay veces en que la rabia se convierte en un pozo del que cuesta mucho salir sola: cuando no hay ningún día de tregua, ni uno solo, cuando el enfado se te derrama hacia todo y hacia todos, incluso hacia quien no tiene culpa de nada, cuando llevas mucho tiempo sin poder ni rezar ni llorar, solo sintiendo un vacío plano y gris que no cambia con los días. Si notas que estás ahí, buscar ayuda profesional no es un fracaso de fe: es una forma más de cuidado, la misma clase de cuidado que aceptarías sin dudarlo si tuvieras una herida en el cuerpo que no cierra sola por mucho tiempo que pase. Y si en algún momento el dolor se vuelve tan grande que temes por tu seguridad, pide ayuda profesional o acude a urgencias sin esperar a mañana: eso también es una forma de fe en la vida que todavía tienes por delante.

A Dios no hay que protegerlo de tu enfado

A veces creemos que hay que cuidar a Dios de nuestras propias emociones, como si fuera frágil, como si un grito nuestro pudiera hacerle daño de verdad o alejarlo para siempre de nuestra vida. No es así. Él ya ha escuchado lamentos de gente que lo amaba de verdad, gente que le hizo preguntas duras, sin filtro, y no recibió una respuesta clara ni inmediata y, aun así, se quedó en la conversación noche tras noche.

Tu rabia no lo aparta de la sala donde estás sentada llorando. Puedes gritarle, puedes llorarle, puedes decirle que no entiendes nada de lo que ha pasado, y Él sigue ahí, en el mismo sitio de siempre. No hace falta que le hables bonito para que te siga escuchando con la misma atención de siempre.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer creyente que ha perdido a quien era media casa, y a la que le repiten "ya está en un lugar mejor" cuando lo que necesita es que alguien se quede.

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