Por qué parezco tranquila por fuera y por dentro no paro de darle vueltas
Son las nueve y media de la mañana y estás en una reunión, con el café templándose delante, o en la fila del súper con el carro a medio llenar, o simplemente lavándote los dientes mirando el espejo sin verlo de verdad. Alguien te mira y piensa: qué tranquila está esta, qué bien lleva todo. Y tú, por dentro, llevas ya media hora dándole vueltas a una frase que dijiste ayer, preguntándote si sonó mal, reconstruyendo la cara exacta que puso la otra persona al oírla, calculando si deberías escribir algo para arreglarlo o si eso empeoraría todavía más las cosas.
Nadie ve nada, absolutamente nada. Tu cara está en su sitio, tu voz suena normal, hasta sonríes cuando toca y asientes en el momento justo. Pero dentro hay una discusión que no se cierra, un runrún que va y viene sin parar, un juicio en marcha del que tú eres a la vez la acusada y el jurado entero, sin nadie más presente.
Si esto te suena, quiero decirte algo antes de seguir: no eres una impostora. No estás fingiendo una calma que no sientes por ser falsa o por querer engañar a nadie a propósito. Lo que pasa es más sencillo y, a la vez, más agotador de lo que parece desde fuera.
La calma de fuera y el ruido de dentro no son incompatibles
Aquí va la primera verdad incómoda: la calma que muestras por fuera no es ausencia de ruido. Es ruido que ya sabes disimular muy bien, con años de práctica encima. Llevas tanto tiempo entrenando esa cara tranquila que se ha vuelto automática, como conducir sin pensar en cada cambio de marcha, sin darte ni cuenta de que lo estás haciendo. La cara sale sola. El bucle de dentro, no sale solo, se queda dentro dando vueltas.
Esto ocurre porque, en algún momento de tu vida, aprendiste que mostrar el ruido no servía de mucho, o incluso complicaba las cosas más. Puede que de pequeña captaras que si te veían nerviosa te preguntaban demasiado, con esa insistencia que agobia todavía más, o que si mostrabas la duda te la señalaban como debilidad, como algo que corregir. Y entonces hiciste lo que se hace con lo que no tiene sitio: lo metiste hacia dentro y le pusiste encima una cara tranquila, bien puesta. No fue un cálculo frío ni planeado, fue una manera de sobrevivir al día a día sin explicaciones de más.
El problema es que esa fachada, con los años, se independiza del ruido que tapa, como un abrigo que ya no necesitas quitarte para saber que hace frío debajo. Puedes estar sosteniendo una discusión entera en tu cabeza —con tu pareja, con tu jefa, con tu madre, contigo misma— mientras por fuera pides un café con una sonrisa perfecta, sin fisuras. Las dos cosas pasan a la vez, en el mismo minuto. Una cosa no borra a la otra: conviven, aunque por fuera solo se vea la sonrisa y el café en la mano.
Lo que cuesta sostener esa fachada
Aquí está lo que casi nadie te cuenta, ni siquiera quienes más te quieren: mantener la calma de cara al público mientras dentro hay una tormenta cuesta más energía que discutir en voz alta, mucho más de lo que parece.
Cuando discutes fuera, gastas energía, pero la gastas y se acaba, tiene un final claro: cuelgas el teléfono, sales de la habitación dando un portazo si hace falta, se dice lo que se tenía que decir y ya está. Cuando la discusión se queda dentro, no hay final parecido. Sigue mientras conduces con la radio puesta, mientras cocinas removiendo la sartén, mientras finges escuchar una conversación entera en una cena con amigos. Y encima de sostener el argumento, tienes que sostener también la cara que lo tapa, sin que se note la costura. Es como llevar dos trabajos a la vez sin que nadie sepa que tienes el segundo, y sin cobrar nada por él.
- Te cuesta dormir aunque el día no haya tenido, en apariencia, nada grave que justifique el desvelo
- Llegas a la noche agotada sin saber muy bien de qué, porque «no ha pasado nada» digno de mención
- Te irritas por tonterías pequeñas que no tienen nada que ver con lo que de verdad te ronda por dentro
Ese cansancio que no sabes de dónde sale, ese que te deja tumbada en el sofá sin fuerzas para nada más, muchas veces viene de ahí: del doble esfuerzo de pensar y, a la vez, de que no se note que estás pensando, ni un poquito.
Una primera grieta, sin montar un drama
No hace falta que dejes de mostrar calma de golpe, ni que empieces a soltarlo todo a la primera persona que te pregunte qué tal por pura cortesía. Eso sería pasar de un extremo a otro sin transición, y probablemente te asustaría tanto que volverías corriendo a la fachada de siempre, más reforzada aún.
La primera grieta es mucho más pequeña y mucho más privada, solo para ti. Es simplemente nombrar, para ti misma, lo que está pasando en el momento en que pasa. Un segundo, en silencio, mientras sonríes en esa reunión con el café templándose: «ahora mismo estoy tranquila por fuera y por dentro le estoy dando vueltas a tal cosa». Nada más que eso. No hace falta actuar, no hace falta contárselo a nadie todavía, no hace falta resolver la discusión ahí mismo, en mitad de la reunión.
Ese nombrar tiene un efecto raro pero real, casi físico: separa las dos capas que llevabas fundidas en una sola. Deja de ser una sola bola confusa de tranquilidad-que-no-es-tranquila, y pasa a ser dos cosas distintas que puedes mirar por separado: lo que muestro y lo que llevo dentro. Y lo que se puede mirar por separado, con un poco de distancia, ya pesa un poco menos.
Nadie discute más que la gente que parece que nunca discute.
Si notas que esa discusión interna no es solo de vez en cuando, en un mal día suelto, sino que ocupa buena parte de tu día casi todos los días y te impide funcionar con normalidad, vale la pena contarlo a un profesional: hay bucles que necesitan ese acompañamiento y no pasa nada por pedirlo, no es rendirse.
Por hoy, con nombrarlo una sola vez basta, aunque sea en silencio y nadie más se entere. No tienes que arreglar la fachada de años en una tarde, sería pedirte demasiado de golpe. Solo empezar a ver que detrás de esa cara tranquila hay alguien a quien merece la pena escuchar un poco más, aunque sea solo tú misma escuchándote, por una vez.
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