Llevo un par de tapones de espuma en cada bolso que tengo. En el del gimnasio, en el de los recados, en el bueno de las bodas. Naranjas, un poco sucios del roce con las llaves, blanditos si los aprietas entre los dedos antes de meterlos. Los toco sin mirar, como quien comprueba que lleva las llaves, y solo entonces respiro. Ese día, en la cocina de mi cuñada, con catorce personas hablando encima de la tele encendida y el extractor a tope y un niño arrastrando una silla por las baldosas, metí la mano en el bolso, palpé la gomaespuma tibia… y me di cuenta de que llevaba media vida buscando ese gesto a escondidas.
Deja que te cuente cómo llegué a coleccionar tapones.
De pequeña me llamaban «la del drama». Lloraba con los anuncios, notaba cuándo mi madre había discutido antes de que abriera la boca, me quitaba las etiquetas de las camisetas porque me raspaban la nuca como papel de lija fina. «Es que eres muy tuya», «no seas tan intensa», «los demás no se ahogan en un vaso de agua». Y una lo va guardando. Aprendes a sonreír en las cenas ruidosas mientras por dentro cada voz te llega como si te tiraran arroz a la cara, grano a grano.
De adulta le puse la palabra que me habían enseñado: exagerada. Iba a los cumpleaños de los niños de mis sobrinas y volvía a casa como si me hubieran vaciado por dentro, con la piel zumbando, la lengua pastosa, ese cansancio raro de no haber hecho nada. Nada, según los demás. Absorbía el mal humor de la compañera de la mesa de al lado, el olor del ambientador de coche que ponen en los taxis, la luz del súper que parpadea justo por encima de las cajas. Todo entraba y nada tenía filtro.
El sitio donde acababa era el cuarto de la colada. A oscuras, con la puerta entornada, sentada en el suelo entre la ropa sucia que olía a nosotros, con la espalda contra la lavadora quieta. El único rincón de la casa donde no había ni una voz, ni una pantalla, ni una luz. Me quedaba ahí el rato justo hasta que el zumbido de detrás de los ojos aflojaba. Y luego salía y hacía la cena, y si alguien preguntaba decía que buscaba una toalla.
«Es que eres muy tuya. Los demás no se ahogan en un vaso de agua.»
El vuelco no vino de una terapia ni de una revelación bonita. Vino de un enfado. Leí un artículo, de esos que te reenvía una prima con buena intención, que ordenaba en una lista con viñetas todo lo que yo era y lo llamaba «trastorno». Trastorno del procesamiento. Y me hirvió algo por dentro, porque aquello que un señor con bata metía en una casilla clínica yo lo vivía como se vive la piel: no como una avería, sino como la forma que tengo de estar en el mundo. Fina, sí. Que se entera de todo, también. Pero mía.
Ahí se me giró la cabeza. Si no era una avería, no había nada que arreglar. Había, como mucho, algo que aprender a manejar. Empecé por lo tonto: tapones buenos, no los de la farmacia que aplastan el sonido y te dejan oyendo tus propios latidos. Gafas de sol dentro del súper si hacía falta, me diera igual el ridículo. Salir de las comidas quince minutos antes de tener ganas de gritar, no quince después. Avisar en casa: «me voy a la habitación un rato, no es por vosotros». Cosas de andar por casa, ninguna de manual.
No te voy a vender que ahora las cenas ruidosas me resbalan. Sigo llegando vaciada de algunos sitios, sigo teniendo mi cuarto de la colada, aunque ya no me escondo a usarlo. Lo que cambió no es el volumen del mundo, que sigue igual de alto. Cambió que dejé de pedirle perdón al mundo por venir con el oído tan abierto. Y eso, que parece poco, lo cambia casi todo.
El domingo pasado, en otra cocina llena, con el mismo extractor y el mismo niño y la misma tele, metí la mano en el bolso. Palpé la gomaespuma tibia. Me puse los tapones ahí de pie, delante de todos, sin agacharme detrás de una excusa. Mi cuñada me miró. «¿Mucho ruido?», dijo. «Mucho», dije yo. Y me quedé en la cocina, con ellos, oyéndolo todo a un volumen que por fin era el mío.



