Estoy mirando el techo. Tengo los ojos abiertos y no sé desde cuándo. No me ha despertado un ruido ni una pesadilla. Estaba durmiendo y de pronto no. Como si alguien, dentro de mí, hubiera pulsado un interruptor sin avisar.
Giro la cabeza hacia la mesilla. Los números rojos del despertador: 3:14. Ya me los sé. Llevo semanas encontrándomelos ahí, casi a la misma hora, como una cita que yo no he puesto y a la que no falto.
Y empiezo a restar. Suena la alarma a las siete. Faltan tres horas y tres cuartos. Si me duermo ya, ahora mismo, saco algo. Pero no me duermo. Miro otra vez: 3:41. Tres horas justas. Hago cuentas de un sueño que no va a llegar, como si contar lo trajera.
Mientras tanto, la cabeza trabaja. Una factura. Una frase que le solté a un compañero por la tarde y que seguro sonó peor de lo que quería. Un asunto de mañana que a las tres de la madrugada no puedo tocar de ninguna manera. Le doy vueltas igual. Sé que de noche no se arregla nada y le doy vueltas igual.
Lo curioso es que me duermo bien. Caigo enseguida. El problema no es entrar; es este regreso de golpe a las tres, entero, despejado, como si por dentro fuera media tarde. Y ya no hay marcha atrás hasta que la persiana empieza a clarear.
3:14. No sonó nada. Simplemente dejé de dormir y empecé a restar horas.
Lo intento todo. Infusiones que no hacen nada. Contar hacia atrás desde cien y perder la cuenta en el ochenta pensando en otra cosa. Un pódcast bajito para tapar mi propia voz. Levantarme a beber agua a ver si así reinicio. Bajarme al sofá por cambiar de sitio. Vuelvo a la cama y ahí sigue: 3:14, 3:14, 3:14.
Por fuera no se nota. Voy a trabajar. Contesto correos. Aguanto el día a base de cafés que ya no me hacen efecto. Pero me pongo áspero con los míos por nada. Cancelo un plan con un mensaje corto. Y por la mañana me levanto con un peso ya instalado en el pecho, como si el día empezara con deuda.
Me repito la misma promesa cada noche: mañana duermo. Solo tengo que llegar a mañana. Y encadeno un mañana con otro durante meses, sin que ninguno cumpla.
Una mañana voy al trabajo en coche. Semáforo, avenida, la de siempre. Y en un tramo recto, un segundo, se me van los ojos. No me duermo del todo. Es un parpadeo que dura de más, una cabeza que cae y se endereza sola. El coche sigue recto porque tiene suerte, no porque yo lo lleve. Me despierto agarrado al volante con el corazón en la boca, mirando por el retrovisor como si hubiera atropellado algo. No había nada. Pero pudo haberlo.
Aparco mal, en doble fila, y me quedo quieto. Las manos me tiemblan encima de las rodillas. Y por primera vez pongo en la misma frase las dos cosas: los números rojos de la madrugada y ese segundo en la avenida. No era solo cansancio. Aquello me estaba llevando a un sitio de verdad peligroso.
Esa misma noche cambio una cosa. Una tontería. Dejo un cuaderno y un boli en la mesilla. Cuando me despierto y la lista arranca, no discuto con ella. La saco de la cabeza al papel, a oscuras, con letra torcida. "Factura luz." "Hablar con mi hermano." Y me digo una frase que al principio no me creo: esto lo miro de día. Ahora no toca pensarlo.
"Esto lo miro de día." Se lo dije a la cabeza mil veces antes de que me hiciera caso una.
Muchas noches no funciona. Vuelvo a las 3:14 igual, restando horas igual. Pero de día, con la cabeza en su sitio, tengo un rato apartado para ocuparme de esas cosas de verdad, no para fingir que las resuelvo a oscuras. Poco a poco aprendo a pillar el bucle antes de que me arrastre y a hacerle una pregunta seca: ¿esto lo puedo tocar ahora mismo? Casi nunca. Entonces no es hora de pensarlo.
No voy a decirte que ahora duermo del tirón. Hay noches en que el reloj vuelve. Lo que cambió no es que la cabeza se apague, es que dejé de creerme a pies juntillas lo que me cuenta a las tres, porque a esa hora no razona, solo tiene miedo. Y una noche, casi sin darme cuenta, hice el gesto más pequeño de todos: eché un paño por encima del despertador. Si voy a estar despierto, que al menos no vea el número. Que no pueda restar.



