Fe

¿Por qué mi cabeza no para ni cuando estoy orando?

Cierras los ojos. Juntas las manos, o las apoyas sobre las rodillas, como llevas haciendo toda la vida desde que eras niña. Buscas ese silencio de dentro que se supone que hay que encontrar antes de empezar. Empiezas a orar. Y a los cinco segundos ya estás pensando en la reunión del jueves, en si has apuntado el cumpleaños de tu cuñada en el calendario, en esa conversación pendiente con tu hermana que no sabes cómo empezar sin que acabe mal otra vez.

Abres los ojos otra vez, un poco avergonzada de ti misma. Vuelves a intentarlo, con más determinación esta vez. Y la cabeza se va otra vez, como si tuviera vida propia y ganas de llevarte la contraria. Como un niño que se suelta de la mano justo cuando cruzas la calle, sin avisar, sin dar tiempo a reaccionar. Y entonces llega el pensamiento que de verdad duele, el que se cuela detrás de todos los demás y se instala con más fuerza que ninguno: si estuviera orando de verdad, esto no me pasaría. Si tuviera más fe, sabría estar quieta delante de Dios como sabe estar la gente que de verdad cree.

Una mente ocupada no es una mente sin fe

Quiero decirte esto muy despacio, porque a mí también me costó creerlo, y tardé más de lo que me gustaría admitir: que la cabeza no pare durante la oración no mide cuánto crees. Mide cuánto llevas cargando, y eso es una cosa completamente distinta.

Piensa en un armario, el de la ropa de invierno que nunca cabe bien. Cuando está medio vacío, abres la puerta con cuidado y todo se queda en su sitio, ordenado, tranquilo. Cuando está lleno hasta arriba —de la lista de la compra, del cole, del dinero que no llega, de esa llamada que tienes que devolver y llevas posponiendo tres días—, basta con abrir un poco la puerta para que algo se caiga encima, sin que puedas evitarlo por rápido que la cierres. No se cae porque el armario esté roto ni mal hecho. Se cae porque está lleno, sencillamente, hasta el último rincón.

Tu cabeza, cuando oras, es ese armario. No falla porque tu fe sea pequeña ni porque te falte algo que otros tienen. Falla porque durante todo el día no ha tenido dónde dejar nada, ni un momento de pausa para colocar las cosas con calma, y en cuanto te quedas quieta y en silencio, todo lo que llevabas sujetando con las manos durante horas se suelta a la vez, de golpe, sin orden. Orar no te vació el armario antes de que te sentaras a rezar. Solo abriste la puerta, y lo que había dentro salió como pudo.

Por qué escribir antes ayuda a bajar el volumen

Aquí va una imagen que a mí me sirvió, y espero que te sirva a ti también. Cuando algo te preocupa y lo tienes solo en la cabeza, sin haberlo puesto en ningún otro sitio, ese pensamiento no tiene bordes. No empieza ni termina en ningún punto claro. Da vueltas como el agua en un fregadero cuando el desagüe está medio atascado: sigue ahí, moviéndose despacio, sin bajar del todo por mucho que esperes.

Pero cuando coges un boli y lo escribes, aunque sea con letra torcida por la prisa, aunque sea solo media frase sin acabar de pulir, ese pensamiento de pronto tiene un principio y un final. Ocupa tres líneas de una libreta cualquiera, ni una más. Y algo que ocupa tres líneas abulta menos que algo que da vueltas sin parar por dentro de tu cabeza sin ningún límite. Nada de magia en esto: escribir obliga al pensamiento a hacerse pequeño y concreto, con forma definida, en vez de quedarse enorme y difuso, ocupando todo el espacio disponible.

Por eso, si notas que la cabeza no para nada más sentarte a orar, ni siquiera dos minutos, prueba esto antes: dos minutos, boli en mano, y escribe lo que está dando vueltas ahí dentro. No hace falta orden ni que parezca una lista bien hecha. No hace falta que quede bonito ni que se entienda nadie más que tú. Solo que salga de dentro y se quede en el papel, fuera de tu cabeza al menos por un rato.

Cuando el ruido no calla: nombrarlo en voz alta

Hay noches, o mañanas, en que ni con la libreta delante consigues que la cabeza se quede quieta el tiempo suficiente para orar como te gustaría, como te enseñaron que había que hacerlo. Pasa. A mí me sigue pasando, después de años de intentarlo.

Para esos días tengo otra manera de orar, distinta a la del silencio recogido que quizá te enseñaron de pequeña en la escuela dominical. En vez de pelear contra el ruido intentando callarlo a la fuerza, cosa que nunca funciona, lo nombro en voz alta, uno por uno, según va viniendo, sin filtrar ni ordenar nada:

  • Señor, ahora mismo estoy pensando en el dinero del alquiler.
  • Ahora estoy pensando en si mi hijo está bien en el cole.
  • Ahora estoy pensando en esa palabra que le dije mal a mi madre.

No es una lista ordenada ni solemne, ni suena como las oraciones que se oyen en la iglesia. Es casi como ir hablando con alguien mientras friegas los platos, contándole lo que te ronda sin filtrarlo antes, sin ponerte a elegir las palabras más bonitas. Y curiosamente, nombrar el ruido en voz alta, en vez de intentar callarlo a la fuerza, es lo que a veces consigue que baje solo, como si con solo decirlo perdiera parte de su peso.

Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
No hace falta silencio perfecto para que la oración sea real. Hace falta honestidad, aunque venga con ruido de fondo.

El recibo y el lápiz antes de volver a orar

No te pido que soluciones esto de una vez, ni que llegues a la oración perfecta que llevas años buscando. Te pido solo un paso, el de hoy: la próxima vez que te sientes a orar y notes que la cabeza se va, no te enfades contigo misma como sueles hacer. No te digas que te falta fe, esa frase que ya conoces demasiado bien. Coge un papel, aunque sea la esquina de un recibo que tenías en el bolso, y escribe ahí lo que te está distrayendo, tal cual, sin corregirlo. Luego, con eso ya fuera de la cabeza y puesto en el papel, vuelve a orar desde donde lo dejaste.

Puede que a los tres minutos la cabeza se vaya otra vez, hacia otra cosa distinta esta vez. No pasa nada. Escribes otra vez, en la misma esquina o en otra. Oras otra vez, sin llevar la cuenta de cuántas veces. No se trata de conseguirlo a la primera, ni siquiera a la décima vez que lo intentes esta semana. Se trata de una práctica que se entrena despacio, con paciencia de verdad, como todo lo que de verdad importa en esta vida.

Y si notas que este ruido de fondo no es solo distracción sino algo más pesado, algo que no te deja funcionar en el día a día por más que escribas y ores con toda tu voluntad, no lo cargues tú sola: pide ayuda profesional, además de la oración, no en su lugar. Eso también es cuidar de ti, y de la fe que dices tener.

Tu cabeza no para porque está llena, no porque tu fe sea pequeña ni porque te falte algo que otros tienen resuelto. Y un armario lleno no se vacía de golpe abriendo la puerta una sola vez. Se vacía sacando una cosa cada vez, con calma, con las manos temblando si hace falta, tantas veces como haga falta.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Me despierto todas las noches a las 3 de la madrugada pensando

Leer ahora →

o quizá: Cómo dejar de darle vueltas a lo mismo antes de dormir · Le entrego mi preocupación a Dios, pero la recojo al día siguiente

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

19 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno