Fe

Cómo dejar de darle vueltas a lo mismo antes de dormir

Apagas la luz. Cierras los ojos. Acomodas la almohada esa manera concreta que solo tú conoces, la que necesitas para dormirte. Y justo entonces, cuando por fin nadie te necesita y no hay nada que hacer, ni un plato que fregar, ni un mensaje que contestar, la cabeza decide que es el momento perfecto para empezar su turno. La reunión de mañana a primera hora. Lo que le pasa a tu hijo, que últimamente contesta con monosílabos. La factura que no cuadra por veinte euros que no sabes de dónde han salido. Algo que dijiste sin pensar hace tres días y que se repite como un eco. Todo a la vez, todo en fila, esperando su turno para pasar por delante de ti otra vez, como si no lo hubieras visto ya anoche.

¿Tienes de verdad más problemas de noche que de día? Casi seguro que no. De día hay ruido alrededor que tapa el ruido de dentro: el trabajo, los niños pidiendo el desayuno, la comida que hay que tener lista, la lista de la compra que se actualiza sola en el móvil. De noche no hay nada que lo tape. Solo estás tú, la oscuridad y la cabeza, que aprovecha justo ese silencio, ese momento en que por fin nadie reclama nada, para sacar todo lo que guardó durante el día sin que te dieras cuenta. No es un fallo tuyo. Es que por fin hay sitio para que se oiga, como cuando apagas la radio del coche y de pronto notas un ruido en el motor que llevaba ahí todo el trayecto.

Paso uno: vaciar la lista antes, no en la cama

Lo primero que te va a ayudar de verdad es tan sencillo que casi da pereza tomárselo en serio, porque no suena a solución de peso para un problema que lleva años: un rato fijo, antes de meterte en la cama, para vaciar la lista por escrito. No en la cabeza, dándole vueltas mientras te cepillas los dientes. En un papel, con boli, aunque sea desordenado y feo, con la letra torcida de quien escribe deprisa. Diez minutos, sentada en la cocina con la taza ya fregada, o en el sofá con la tele apagada, antes de lavarte los dientes y meterte bajo las sábanas.

Escribe cada cosa que te preocupa, una debajo de otra, sin ordenarlas ni resolverlas ahí mismo, sin ponerte a planificar la solución de cada una porque entonces no acabas nunca. Solo sacarlas, como quien vacía los bolsillos de un abrigo al llegar a casa. Lo que está escrito en un papel deja de necesitar que tu cabeza lo sostenga despierta, porque ya no depende de tu memoria para no perderse; el papel no se olvida de nada, así que tu cabeza puede, por fin, soltarlo un rato. Eso es todo lo que tiene que hacer esta lista: quitarle a tu cabeza el trabajo de vigilar que no se te olvide nada durante la noche.

Paso dos: una oración concreta, no un "ayúdame con todo"

Después de escribir la lista, mira lo que has puesto, léelo con calma como quien repasa una carta, y elige, de ahí, lo que más pesa esta noche en concreto. No hace falta orar por todo a la vez, como quien dice "ayúdame con todo, Señor" en una frase tan grande que ni tú misma sabes bien qué le estás pidiendo ni por dónde empezar. Nombra lo de verdad: el nombre de tu hijo, no "mi familia" en general. La fecha exacta de la prueba médica, no "mi salud". La cifra exacta que te preocupa, no "el dinero". Cuanto más concreta la oración, más se parece a entregar algo real que puedes sostener con las dos manos, y no a soltar una frase hecha al aire que se disuelve nada más decirla.

Puede ser una oración corta, de un par de frases, dicha en voz baja o solo pensada. No necesitas fórmulas largas ni palabras bonitas que suenen a las de otros. "Esto de aquí te lo entrego esta noche, tal como está, sin saber cómo se va a resolver" ya vale, ya es suficiente, ya es de verdad. Lo importante no es la extensión, es que sea tuya y que nombre lo concreto que trajiste escrito en el papel de al lado.

Paso tres: un gesto que marque que ya quedó entregado

Después de escribir y de orar, hace falta un gesto físico, pequeño, casi tonto de lo sencillo que es, que le diga a tu cuerpo y a tu cabeza que esto ya quedó hecho por hoy. Apagar la luz de la mesilla. Cerrar la libreta con un chasquido y ponerla en el cajón, no dejarla abierta sobre la colcha invitando a que la mires otra vez. Dejar el boli en su sitio de siempre. Cualquier gesto que repitas siempre igual, noche tras noche, para que con el tiempo tu cuerpo aprenda, sin que tengas que explicárselo con palabras, que ese gesto significa "esto ya está entregado, ya no hace falta seguir vigilándolo esta noche".

No subestimes lo pequeño de este paso, aunque parezca ridículo compararlo con todo lo que llevas dentro. No es magia ni un truco de manual de autoayuda: es una manera de decirle a tu cuerpo, con algo que pueda ver y sentir con las manos, lo mismo que le estás diciendo con la oración, que ya no depende de que tú sigas despierta pensando en ello para que se resuelva, como si tu vigilia fuera la única garantía de que nada se derrumba mientras duermes.

Lo escrito no necesita que lo vigiles despierta. Ya quedó ahí, en el papel, esperando a mañana.
Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Si la lista vuelve a las tres de la madrugada

Y va a volver, seguramente, alguna noche de esta misma semana. Alguna noche te vas a despertar con la misma preocupación dando vueltas otra vez, exactamente igual que antes, como si no hubieras escrito nada, como si no hubieras orado nada, como si los tres pasos de antes no hubieran servido para nada. Eso no significa que el paso de antes no sirviera. Significa que la cabeza, de madrugada, en ese territorio raro donde todo pesa más, sigue haciendo lo que sabe hacer, sin avisar y sin pedir permiso.

Cuando pase, no pelees con ella intentando "no pensar en eso", que casi nunca funciona —al contrario, cuanto más te lo prohíbes, más vuelve, como el elefante rosa que te piden no imaginar— y solo te deja más despierta y más frustrada contigo misma. Ten papel y boli también en la mesilla, preparados de antemano para esos momentos, sin tener que buscarlos a tientas en la oscuridad. Enciende la luz pequeña, anota en dos líneas lo que ha vuelto, tal cual, sin editarlo, y vuelve a la cama. No hace falta resolverlo a las tres de la madrugada, ni ahora ni nunca a esa hora. Solo sacarlo otra vez de la cabeza y ponerlo donde ya lo pusiste antes: en el papel, no dentro de ti, no dando vueltas en un sitio del que no puede salir por su cuenta.

  • Un rato fijo antes de dormir para escribir la lista completa, sin resolverla
  • Elegir de esa lista lo más concreto de esta noche y orar por eso, con nombre y detalle
  • Un gesto físico que cierre el momento: apagar la luz, cerrar la libreta
  • Papel y boli también en la mesilla, por si la lista vuelve de madrugada
  • Anotar y volver a la cama, sin pelear ni exigirte resolverlo ahí mismo

Si notas que estas noches en vela se alargan durante semanas, que el cuerpo ya no descansa nunca del todo aunque duermas las horas que sean, o que la preocupación empieza a parecerse a algo más pesado que no consigues nombrar con una lista ni soltar con una oración, está bien pedir ayuda profesional además de estos pasos: no es contradictorio con la fe, ni una rendición, es cuidarte como mereces y como cuidarías a cualquier persona que quisieras.

No se trata de conseguir una noche perfecta y ya está resuelto para siempre, como si existiera una noche mágica que lo arreglara todo de golpe. Se trata de repetir estos pasos pequeños, una noche detrás de otra, muchas veces sin ganas y sin fe en que sirvan de nada, hasta que dejen de ser un esfuerzo y se conviertan en una costumbre que tu cuerpo reconoce antes de que tú misma lo pienses, casi de manera automática, como cerrar la puerta con llave al salir. Eso no pasa en una noche. Pasa poquito a poco, con la paciencia de quien sabe que esto también se entrena, como cualquier otra cosa que de verdad merece la pena.

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¿Por qué mi cabeza no para ni cuando estoy orando?

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

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