Le entrego mi preocupación a Dios, pero la recojo al día siguiente
Anoche oraste de verdad. No fue una oración de trámite, de las que se dicen de memoria mirando el reloj. Fue de esas en las que de verdad soltaste, con las palabras que salieron solas, casi llorando de alivio al decirlas, con las manos abiertas sobre las rodillas y algo dentro que por fin dejó de apretar. Se lo entregaste todo: el miedo concreto, el nombre concreto, la fecha concreta. Y esta mañana, nada más abrir los ojos, antes incluso de estirarte, ahí estaba otra vez: la misma preocupación, sentada en el borde de la cama, esperándote como si nunca se hubiera ido a ningún sitio.
Y entonces piensas, mientras preparas el café con la cabeza en otro sitio: ¿de qué sirvió entregarlo si lo he vuelto a coger yo sola sin darme ni cuenta, como quien recoge sin querer algo que había tirado a la basura?
Esto no significa que la oración no funcionara
Quiero decirte esto muy claro, porque sé que es lo primero que se piensa, ahí de pie frente a la cafetera: no significa que tu oración fallara, ni que Dios no escuchara, ni que te falte algo que otros sí tienen. Significa, sencillamente, que la entrega no es un interruptor que se queda apagado para siempre en cuanto lo tocas una vez, por muy de verdad que lo tocaras.
Es más parecido a entregar la preocupación el domingo en la iglesia, con el corazón entero puesto en ello, cantando incluso con los ojos cerrados, y recogerla otra vez el lunes por la mañana sin darte ni cuenta de en qué momento exacto la volviste a agarrar. Fue quizá al leer el primer mensaje del grupo del trabajo, o al ver la cara de tu hijo al levantarse. El domingo no mentiste. Es que las manos, en cuanto se quedan vacías un rato, tienden a buscar algo que sujetar, por costumbre, casi sin permiso. Y la preocupación, como es tan conocida, tan de siempre, es lo primero que encuentran a mano.
Entregar como acto único frente a entregar como práctica
Aquí está la diferencia que cambia todo: una cosa es entregar como un acto que se hace una vez y se da por terminado, como quien firma un papel y ya, y otra muy distinta es entregar como una práctica que se repite, tantas veces como haga falta, sin llevar la cuenta de cuántas ni sentirse mal por el número.
Nadie espera que un plato se quede limpio para siempre después de fregarlo una vez, ni se enfada con el plato por volver a ensuciarse en la próxima comida. Se vuelve a ensuciar, se vuelve a fregar. Con la preocupación pasa igual: se entrega, se recoge sin querer, se vuelve a entregar. ¿Fracasar en la entrega? No, sencillamente así funciona de verdad, no como nos hubiera gustado que funcionara la primera vez que alguien nos habló de soltar las cargas.
Una frase corta para repetir, no solo para decir una vez
Si anoche usaste muchas palabras para orar, con calma y con tiempo, hoy prueba con pocas. Elige una frase corta, tuya, sencilla, que puedas repetir en el momento exacto en que notes que la preocupación ha vuelto a tus manos, aunque sea en mitad de la cola del supermercado con el carrito a medio llenar. No hace falta que sea bonita ni elaborada, ni que suene a las oraciones que se dicen en voz alta delante de otros. Puede ser tan simple como "esto también te lo entrego" o "otra vez es tuyo", dicha en voz baja, incluso mientras friegas, o conduces con la radio de fondo, o esperas la cola del banco mirando el suelo.
- Que la frase sea corta, para poder decirla en cualquier momento del día
- Que sea tuya, no una frase prestada que no sientas natural
- Repetirla cada vez que notes la preocupación de vuelta, no solo por la noche
La clave no está en encontrar la frase perfecta, la que suene a versículo bien elegido, sino en tener una a mano, lista, para no tener que inventar algo nuevo cada vez que la preocupación reaparece a media tarde sin avisar, justo cuando estás concentrada en otra cosa y menos preparada para ella.
Gracia, no culpa
Quiero cerrar con esto porque me parece lo más importante de todo: recoger otra vez la preocupación que ya habías entregado no es un fallo tuyo. No es una señal de que tienes poca fe, ni de que rezaste mal, ni de que Dios se cansó de escucharte a la segunda o tercera vez que le llevas lo mismo. Es, sencillamente, parte del camino, tan normal como respirar hondo y volver a respirar. Entregar y volver a coger, una y otra vez, no es el síntoma de que el método no funciona: es el método mismo, el único que de verdad existe para quien tiene una mente viva y un corazón que se preocupa.
Otra vez. Y otra. Y eso también cuenta como fe.
Así que si mañana te despiertas y la preocupación vuelve a estar ahí, sentada en el borde de la cama como una visita que no avisó, no lo tomes como una derrota. Tómalo como la señal de que toca repetir la frase, entregar de nuevo, con la misma calma de ayer aunque hoy te cueste un poco más, y seguir. Un día detrás de otro es, casi siempre, la única manera en que esto se aprende de verdad, sin atajos ni fórmulas mágicas.
Y si alguna vez notas que la preocupación no es ya algo que puedas nombrar y soltar con una frase corta, sino algo que te desborda por completo, que te ocupa el día entero y no solo las mañanas, no dudes en pedir ayuda profesional además de la oración. No son caminos que se excluyan, se acompañan, como dos manos que sostienen juntas lo mismo.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

