Fe

Le grité a Dios en una oración y me dio miedo de mí misma

Estabas de rodillas junto a la cama, con las manos apretadas contra la colcha, o sentada en el borde del colchón con la luz apagada, o quizá conduciendo con las manos tan agarradas al volante que después te dolían los nudillos. Y de repente salió. No la oración bonita que llevas ensayando toda la vida, la de las palabras ordenadas y el tono sereno, sino algo crudo, algo con voz alta y palabras que después te dio miedo hasta recordar, ahí sola en el coche o en tu cuarto, con nadie más que las paredes escuchando. Le gritaste a Dios. Y cuando terminaste, te quedaste temblando, con la respiración entrecortada, no tanto por lo que sentías por dentro sino por lo que acababas de decir en voz alta, como si alguien te hubiera oído desde algún sitio y fueras a tener que responder por ello.

Vayamos directas a lo importante, porque sé que es lo primero que necesitas oír: eso no te saca de la fe. Es, muchas veces, la única forma que te quedaba de seguir hablándole, cuando ya no te quedaban palabras bonitas ni ganas de fingir que las tenías.

Lo que de verdad te asusta

No creo que lo que te dé miedo sea Dios. Creo que lo que te da miedo es tú misma, o mejor dicho, la idea de quién se supone que debías ser, esa imagen que llevas cargando desde niña sin que nadie te preguntara si la querías. "Una mujer de fe no hace esto", te dices, quizá recordando a tu madre o a alguna mujer de la parroquia que siempre parecía tan entera. "Una mujer de fe no le grita a Dios como si Él tuviera la culpa." Y entonces, encima de la pena por la pérdida, que ya pesa más de lo que ningún hombro debería aguantar, te cargas otro peso: la vergüenza de haberte enfadado, la sospecha de que tu fe se está resquebrajando justo en el momento en que más la necesitas para sostenerte en pie.

Esa es la doble carga, la que nadie te avisó que también tocaría llevar: el duelo más el miedo a estar haciéndolo mal delante de Dios, como si además del entierro tuvieras que aprobar un examen de comportamiento espiritual.

Y quiero decírtelo despacio, porque sé que no es algo que se cree con una frase leída de pasada: gritarle a Dios no es lo contrario de creer en Él. Es, de hecho, una prueba de que sigues creyendo que hay Alguien al otro lado escuchando de verdad. No le gritas a quien no existe; a un vacío no se le reprocha nada. Le gritas a quien confías que sigue ahí, aunque en ese momento no entiendas nada de lo que ha permitido, aunque el silencio que viene después del grito te parezca la peor de las respuestas.

El lamento tiene sitio

No voy a darte una clase, porque tampoco hace falta y porque yo misma aprendí esto llorando en el suelo de mi cocina, no leyendo un libro de teología en un sillón cómodo. Pero sí quiero que sepas una cosa, con la misma calidez con que me la dijeron a mí cuando más lo necesitaba, cuando pensaba que ya no tenía arreglo: el lamento tiene sitio. No es una rareza tuya, ni una grieta nueva en tu fe, sino una forma antigua y honesta de hablar con Dios que existía mucho antes de que tú y yo naciéramos, mucho antes de que existiera la idea de una mujer que siempre sonríe en la fila del banco de la iglesia. Y esa forma antigua se parece más a lo que tú gritaste anoche que a la oración perfecta que creías que tenías que decir.

El lamento no pide permiso para ser feo. No espera a que estés serena para salir, ni a que hayas encontrado las palabras correctas, ni a que sea un horario razonable. Sale cuando tiene que salir, a las tres de la madrugada o en mitad de una comida familiar, con la voz que tenga que usar, y sigue siendo oración aunque no se parezca en nada a las que aprendiste de pequeña, sentada en un banco con las piernas colgando porque aún no llegabas al suelo.

El paso de hoy: escribirla tal cual salió

Esto que lees es una idea de «Sostenida en el valle» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Si hoy vuelve esa rabia, no intentes suavizarla antes de dejarla salir, no le pongas ropa de domingo a algo que nació desnudo. Coge un cuaderno, el que tengas más cerca, y escribe la rabia tal cual es, sin pulirla, sin traducirla al lenguaje piadoso que crees que tocaría usar delante de Dios. Si lo que sientes es "por qué me has hecho esto", escribe justo eso, con esas palabras exactas y no otras más suaves. Si es un signo de interrogación solo, sin ni siquiera una frase entera, porque no te salen ni las palabras, también vale, y vale igual de mucho.

Escribirlo a mano, despacio, con el bolígrafo apretando el papel, tiene algo que teclearlo no tiene: te obliga a quedarte con la frase el tiempo suficiente para sentirla de verdad, en lugar de dejarla pasar de largo camino a la siguiente tarea del día. Y ese acto —el de sentarte a escribir tu enfado sin editarlo, sin tacharlo, sin avergonzarte de la letra que te sale más torcida cuando tiemblas— es en sí mismo una forma de oración honesta, quizá más honesta que muchas de las que dijiste antes, cuando todo iba bien y las palabras te salían fáciles.

Creer y estar furiosa no se anulan la una a la otra, por mucho que te hayan hecho creer lo contrario. Puedes sostener las dos cosas a la vez, con las manos temblando sobre el cuaderno, sin que ninguna le quite valor a la otra ni te convierta en una creyente a medias.

Dios no se marcha de la sala

Quiero cerrar esto donde de verdad importa: Dios no se levanta y se va cuando gritamos. No se marcha de la sala cuando lloramos tampoco, ni cuando le decimos cosas que después nos avergüenzan. Se queda, aunque tú no lo sientas en ese momento, aunque el silencio después del grito te parezca vacío como una habitación después de un portazo. A Dios no hace falta protegerlo de tu enfado, como si fuera de cristal. Ya lo ha sostenido antes, en otras gargantas, en otras noches iguales a la tuya, y sabe que detrás de ese grito hay una persona que amó mucho y que ahora no sabe dónde meter tanto dolor.

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¿Es normal sentir rabia con Dios cuando se muere alguien que quieres?

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer creyente que ha perdido a quien era media casa, y a la que le repiten "ya está en un lugar mejor" cuando lo que necesita es que alguien se quede.

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