Me despierto a las tres de la madrugada desde que él murió
Las tres y once. Las tres y cuarto. Las tres menos algo, casi siempre, esa hora rara que ni siquiera sabrías situar en el reloj si alguien te preguntara al día siguiente. Abres los ojos en la oscuridad, con la respiración todavía pesada del sueño, y ya sabes lo que va a pasar antes de que pase: el silencio de la casa se hace más grande, un silencio distinto al de las nueve de la noche, y dentro de ese silencio, él. Su ausencia no llega poco a poco, con delicadeza, llega de golpe, como si te hubiera estado esperando despierta en la oscuridad para presentarse otra vez, puntual, cada noche a la misma hora exacta.
No eres tú la única que se despierta a esa hora, aunque ahora mismo, tumbada mirando el techo, te sientas la única persona despierta del mundo entero. No sé por qué es esa y no otra, si tiene algo que ver con el sueño ligero o con alguna cuenta interna que lleva el cuerpo, pero a mí también me pasaba, noche tras noche durante meses, y a varias mujeres que han pasado por este valle les pasa igual: las tres de la madrugada. La hora en que el mundo entero parece dormido menos tú, menos tu pena, que se queda ahí sentada contigo esperando a que reacciones.
Por qué de noche pesa distinto
De día tienes cosas que hacer con las manos y con la cara. Hay una lista de la compra a medio terminar en el bolso, hay alguien que llama para preguntar cómo estás y hay que decidir qué contestar, hay una taza que fregar, hay una sonrisa que preparar para la vecina que se cruza contigo en el portal. El duelo de día se reparte entre mil tareas pequeñas que, sin que te des cuenta, te sostienen un poco, como muletas que no sabías que estabas usando. De noche no hay nada de eso. No hay gente, no hay obligaciones, no hay a quién sonreírle ni excusa para levantarse. Solo tú, la cama medio vacía con ese lado frío que ya no calienta nadie, y el techo, siempre el mismo techo con la misma grieta que nunca has arreglado. Y en ese silencio tan limpio, sin nada que lo tape ni lo disimule, la pena por fin encuentra sitio para salir entera, sin que nadie la interrumpa con un "¿cómo llevas la semana?".
Por eso te despiertas a esa hora exacta, como si el cuerpo llevara la cuenta. Las tres de la madrugada son, quizá, el único momento del día en que nadie te pregunta cómo llevas, y precisamente por eso, ahí sale todo lo que durante el día ibas guardando detrás de la sonrisa de cara al público.
Esto no es lo mismo que un problema para dormir
Quiero decirte algo con calma, sin alarmarte, porque sé que estas noches ya dan suficiente miedo por sí solas: despertarte a esa hora, noche tras noche, con el pecho apretado y la mente dándole vueltas a lo mismo una y otra vez, no es un fallo tuyo ni una rareza que solo te pasa a ti. Es duelo buscando espacio para respirar. Y si de día no le has dado ese espacio, si has ido tapándolo con tareas y sonrisas prestadas, la noche te lo va a cobrar con intereses.
Dicho esto, y sin que esto te asuste, sí conviene que te preguntes con honestidad cómo estás durmiendo en general, cuánto tiempo llevas así, si son ya semanas que se acumulan sin ni una sola noche entera, y si esas noches vienen acompañadas de otras cosas que te preocupan de verdad, como no tener ganas de nada ni siquiera de día. El duelo tiene su propio ritmo, y a veces, sin que sea culpa de nadie, se cruza con algo que necesita además una mano profesional. No es fracaso de fe ni señal de que lo estás haciendo mal: es, sencillamente, parte del cuidado. De eso hablamos con más calma un poco más adelante en el camino de estos treinta días, cuando toca mirar de frente los días en que el valle se hace pozo.
Por ahora, quédate solo con esto, aunque sean las tres y cuarto y te cueste creer nada: unas noches difíciles no significan que algo vaya mal contigo. Significan que estás de duelo, y el duelo no entiende de horarios ni de lo cansada que estés al día siguiente.
El cuaderno en la mesilla, para las tres de la madrugada
En vez de darle la vuelta a la almohada por décima vez y pelear contra el reloj de la mesilla como si fuera un enemigo, intenta esto: deja un cuaderno pequeño ahí mismo, al alcance de la mano, junto al vaso de agua, sin necesidad de levantarte ni de encender del todo la luz que te dejaría más despierta todavía. Cuando te despiertes a esa hora, no te exijas dormirte otra vez a base de fuerza de voluntad. Solo escribe lo que tengas dentro, aunque sean tres palabras sueltas, aunque sea una queja sin forma, aunque sea solo su nombre escrito una vez en la página.
No tienes que resolver la pena a las tres de la madrugada. Solo acompañarte en ella.
No hace falta que sea bonito ni que tenga sentido para nadie más que para ti, ni siquiera para ti misma al día siguiente, si al releerlo no entiendes ya ni tu propia letra. A veces será una frase a medias que se corta sin más. A veces será solo un signo de interrogación, de esos que se quedan flotando sin respuesta en mitad de la hoja en blanco. Da igual. Escribir a mano, aunque sea poco, es una forma de decirle a esa hora exacta: te he oído, no te voy a ignorar fingiendo que duermo, pero tampoco voy a dejar que me arrastres sola hasta el amanecer.
- Deja el cuaderno y un bolígrafo junto a la cama, no en otra habitación
- Si te despiertas, escribe antes de intentar volver a dormir
- No corrijas lo que sale, no lo juzgues, no lo tires
Con el tiempo, algunas noches el cuaderno se quedará cerrado sobre la mesilla, sin que lo necesites, y otras lo llenarás de cosas que ni sabías que llevabas dentro, letra apretada de arriba abajo. Las dos cosas están bien, y ninguna es un retroceso respecto a la otra.
Lo que esto no mide
No hay una noche en la que se supone que dejarás de despertarte a las tres, por mucho que cuentes los meses en el calendario de la cocina. No hay una fecha donde el cuerpo tenga que aprender a dormir de un tirón otra vez, como si fuera un aprendizaje con nota final. Habrá noches enteras de sueño tranquilo, y luego, de repente, sin previo aviso, una noche mala como al principio, y no significa que hayas retrocedido ni que hayas hecho algo mal.
Solo significa que le sigues queriendo a esa hora, igual que a todas las demás horas del día. No tienes que resolver nada esta noche, ni entender por qué es justo esa hora y no otra. Solo tener el cuaderno cerca, la luz de la mesilla al alcance si hace falta, y a ti misma un poco de paciencia, la misma que le darías a cualquiera que quisieras de verdad.
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