Fe

Cómo dejar de sentir culpa por no tener 'suficiente fe'

Alguien te lo dijo, quizá con buena intención, quizá sin pensarlo demasiado mientras te pasaba el café en la cocina de después del culto: "si tuvieras más fe, esto ya se habría resuelto". Fue una frase de tres segundos para quien la dijo. Para ti, desde entonces, vive en la cabeza como un examen que repites cada noche, uno donde siempre sales suspendiendo, porque el silencio de Dios sigue exactamente igual de ahí y tú sigues buscando, con una linterna que no encuentra nada, qué te falta a ti para que se rompa.

Quiero decirte, antes de nada, que esa ecuación —fe suficiente igual a respuesta— está mal planteada desde el principio, no solo mal resuelta por ti. No es que la hayas hecho mal. Es que el examen mismo está construido con una fórmula que no es cierta, por mucha gente que la repita como si lo fuera.

El mecanismo que te tiene atrapada

Fíjate cómo funciona por dentro, casi sin que te des cuenta: Dios no contesta, y en vez de quedarse ese hecho solo, tal cual, la cabeza le añade una explicación casi automática, como un reflejo que ya no controlas. "No contesta porque yo no tengo suficiente fe." Ese salto —del hecho a la culpa— pasa tan rápido que ni te da tiempo a notar que lo has dado, como cuando frenas de golpe en el coche sin pensar en el gesto. Y una vez ahí, cada día de silencio se convierte en una prueba más de que el problema eres tú, otra marca en la lista.

Es agotador vivir así, dándole vueltas a qué más podrías hacer, qué más podrías creer, qué oración dirías distinto si tuvieras la fe "correcta", esa que parece que tienen los demás sin esfuerzo. Y lo agotador no es solo la espera en sí, sino la vigilancia constante sobre una misma, buscando la grieta exacta que justifique el silencio, como quien revisa una y otra vez el mismo cajón buscando algo que ya sabe que no está ahí.

Paso 1: separar el hecho de la interpretación

Coge un papel, o el margen de esta pantalla si no tienes uno a mano, y escribe dos frases separadas, una debajo de la otra, con un espacio entre ambas. La primera: "Dios no ha contestado esto todavía". La segunda: "Es porque no tengo suficiente fe". Míralas una al lado de la otra, con calma. La primera es un hecho, comprobable, sin más. La segunda es una interpretación que alguien te enseñó en algún momento, no algo que se deduzca automáticamente de la primera, por mucho que las hayas llevado siempre pegadas.

Verlas separadas, en dos líneas distintas del papel, ya hace algo por sí solo: te permite quedarte con la primera, con el hecho desnudo, sin tener que aceptar la segunda como si vinieran de la mano, cosidas para siempre la una a la otra.

Paso 2: notar de dónde viene esa ecuación

Piensa un momento en quién te enseñó esa fórmula exacta. Puede que fuera una frase suelta de alguien bienintencionado en un mal momento, puede que fuera algo que absorbiste sin que nadie te lo dijera nunca de forma tan directa, algo que estaba en el ambiente como el olor a incienso de una iglesia vieja. Y ahora piensa en las historias de espera larga que conoces de verdad, las de gente que esperó años, décadas incluso, sin que la Biblia las presente jamás como un fracaso de fe. Ahí no aparece esa ecuación en ningún sitio. Aparece la espera, larga y real, sin ese cartel de culpa colgando encima como una losa.

Eso no resuelve el silencio que sigues viviendo hoy mismo. Pero sí debería quitarte, aunque sea un poco, el peso añadido de creer que el silencio es un boletín de notas tuyo, algo que estás suspendiendo delante de todos.

Paso 3: cambiar la pregunta

La pregunta "qué estoy haciendo mal" no tiene respuesta, o mejor dicho, tiene demasiadas respuestas inventadas por la ansiedad de las tres de la madrugada, ninguna que te calme de verdad ni te deje dormir tranquila. Es una pregunta que gira sobre sí misma como una noria y nunca aterriza en ningún sitio. Prueba a cambiarla, aunque sea solo por hoy, por esta otra, más pequeña y más manejable: "¿qué necesito sostener hoy?"

Esta sí tiene respuesta, y encima cabe en el día de hoy. A veces es "necesito dormir esta noche sin darle más vueltas al mismo asunto". A veces es "necesito decirle a alguien cómo estoy de verdad, sin editar nada". A veces es simplemente "necesito escribir una frase honesta y dejarlo ahí, cerrar el cuaderno y ya". Es pequeña, concreta, tiene fecha de hoy, y no exige que resuelvas ningún misterio teológico antes de poder atenderla.

No hace falta descubrir qué te falta. Hace falta sostener lo que ya estás cargando.
Esto que lees es una idea de «Cuando Dios calla» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Paso 4: una frase de repuesto

Y para cuando vuelva el reproche —porque vuelve, casi siempre en la voz de otra persona bienintencionada, o en la tuya propia a las tres de la madrugada, que es la más dura de las dos— conviene tener ya preparada una frase pequeña, casi de bolsillo, de esas que se guardan dobladas junto al carnet. Algo como: "esperar no es lo mismo que rendirse, y sigo aquí". O, si te sirve más: "su silencio no es su ausencia".

No hace falta discutir con el reproche, ni razonarlo, ni convencerlo de nada con argumentos. Solo interponer esa frase entre él y tú, como quien pone una mano abierta delante de algo que viene con demasiada fuerza y demasiada velocidad.

  • Escribe el hecho y la interpretación en líneas separadas, para no cargarlas juntas.
  • Nota que la ecuación fe-resultado te la enseñaron, no la inventaste tú ni es la única forma de creer.
  • Cambia 'qué hago mal' por 'qué necesito sostener hoy'.
  • Guarda una frase corta lista para cuando vuelva el reproche.

Si en algún momento esta culpa deja de ser un pensamiento que va y viene, molesto pero manejable, y se convierte en un peso que no te deja levantarte de la cama ni funcionar en el día a día, eso ya no se sostiene solo con una frase de repuesto: ahí conviene pedir ayuda profesional, sin que eso sea otra prueba más de fracaso en la lista, sino todo lo contrario, un acto de cuidado hacia ti misma.

La fe que has sostenido hasta hoy, con dudas y con culpas y todo lo demás, ya es suficiente para haber llegado hasta aquí, hasta esta frase que estás leyendo. No necesitas una fe distinta ni más grande. Necesitas, quizá, un día cada vez, y un lugar donde escribir la verdad sin examen encima, sin nota final.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

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