¿Por qué Dios permite que siga esperando tanto tiempo?
¿Por qué. Por qué tanto tiempo. Por qué esto, precisamente esto, y no otra cosa, que llevas pidiendo con una constancia que ya ni tú entiendes muy bien de dónde sacas cada mañana. No voy a darte una respuesta de manual para achicar esa pregunta, de esas que se resumen en una frase de calendario, porque no la tengo, y porque cualquier respuesta que la resolviera del todo probablemente sonaría falsa en tu boca antes de terminar de decirla en voz alta, como un traje que no es de tu talla.
Lo que sí quiero es quedarme un rato contigo dentro de la pregunta, sentada a tu lado en ese silencio, en vez de darte prisa para salir de ella hacia una respuesta que no existe.
Dos preguntas que suenan igual y no lo son
Hay un "por qué" que es un reclamo del corazón, dicho a gritos o entre dientes, da igual. Ese es completamente legítimo: es el grito de alguien que ha esperado tanto que ya no le quedan fuerzas para disimular que le duele, ni ganas de fingir delante de nadie. Ese "por qué" no necesita respuesta, necesita ser dicho. En voz alta, si puedes, aunque sea con la casa vacía. En un papel, si no puedes decirlo en voz alta todavía sin que se te quiebre la voz.
Y hay otro "por qué" que se disfraza del primero pero en realidad es un acertijo, una trampa con premio al final que nunca llega: la sensación de que si consigues entender la razón exacta del silencio, entonces —y solo entonces— podrás seguir adelante con tu vida. Ese segundo "por qué" es agotador, porque te ata a resolver algo que probablemente nunca vas a resolver del todo, antes de darte permiso para vivir el día de hoy, que es el único que tienes de verdad entre las manos. No hace falta ganar ese acertijo para poder seguir. De hecho, casi nadie lo gana nunca, y muchísimas personas siguen adelante igual, sosteniendo la pregunta abierta como quien lleva una piedra en el bolsillo del abrigo.
Lo que crece cuando no llueve
Hay una idea que quizá ya has escuchado en versión de frase bonita para compartir en una imagen con flores de fondo, y que aquí quiero contarte en su versión real, la que sirve para un martes cualquiera de estos, sin filtro: en la sequía también crecen raíces, hacia abajo, donde no se ven ni se pueden fotografiar.
No es solo una metáfora agradable para colgar en la nevera. Piensa en lo que de verdad te ha pasado en esta espera larga, más allá del dolor evidente de que no llegue lo que pides. Puede que hayas aprendido a distinguir, con una claridad que antes no tenías, quién se queda cuando no tienes una buena noticia que contar en la sobremesa. Puede que hayas descubierto una manera más honesta de hablarle a Dios, sin la fachada de "todo bien" que antes usabas incluso rezando de rodillas. Puede que hayas aprendido, a la fuerza y sin quererlo, a sostenerte un día sin necesitar que el día siguiente ya tenga la respuesta resuelta de antemano. Nada de esto se ve desde fuera, en ninguna foto ni en ningún testimonio. Nadie te felicita por ello en la puerta de la iglesia. Pero es real, tan real como el cansancio, y no habría pasado nunca en una temporada fácil.
En la sequía también crecen raíces, hacia abajo, donde no se ven.
De examen a temporada
Hay un cambio pequeño pero enorme en cómo se vive la espera, y es este: dejar de tratarla como un examen que estás rindiendo delante de un tribunal invisible (con la sospecha constante de que quizá estás suspendiendo, de que el silencio es la nota puesta ya en rojo) y empezar a tratarla como una temporada que estás atravesando, con principio pero sin fecha de fin marcada en rojo en el calendario.
Un examen tiene un resultado que te define para siempre, o eso sientes. Una temporada, por larga que sea, tiene un principio y no necesita que sepas todavía cuándo será el final para que sea real que estás en ella, viva, sosteniéndote día a día con lo que tienes a mano. Nadie reprueba una temporada, por dura que sea. Se atraviesa, con lo que se tiene ese día concreto, ni un gramo más de fuerza de la que hay.
Si notas que esta temporada se ha ido llenando de algo más pesado que la tristeza normal de esperar —días enteros sin ganas de nada, ni de lo que antes te gustaba, un cansancio que no se explica solo por el silencio de Dios, pensamientos que dan miedo cuando aparecen—, esa es una señal clara de pedir ayuda profesional, no de rezar con más fuerza ni de intentarlo tú sola una vez más. Sostenerte no significa hacerlo sola cuando el peso ya es demasiado para una sola persona, por fuerte que parezcas hacia fuera.
- No necesitas ganar el acertijo del 'por qué' para seguir viva dentro de la espera.
- Lo que has aprendido en esta temporada no se ve desde fuera, pero es real.
- Una temporada no tiene nota final: no se aprueba ni se suspende, se atraviesa.
Sostenida sin respuesta
Es posible que la pregunta de por qué siga siendo así de larga esta espera se quede sin respuesta durante mucho tiempo más, quizá durante años, quizá para siempre. Y aun así —esto es lo que quiero dejarte, no una promesa vacía de que hoy se resuelva nada— puedes estar sostenida. No porque el silencio se haya explicado por fin, con nombre y apellidos, sino porque no estás obligada a sostenerlo tú sola, ni a entenderlo del todo para poder llegar a mañana.
Si esta noche vuelve la misma pregunta de siempre, la de todas las madrugadas, prueba a escribirla a mano, tal cual llega, sin pulirla ni hacerla sonar más digna. Un día cada vez. No hace falta resolver el por qué para llegar a mañana con vida y con algo de esperanza intacta.
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