—¿Paso la compra por Bizum? Eso fue todo. Ni buenos días, ni un roce al cruzarnos en la cocina, ni esa mirada que antes bastaba para saber cómo había dormido el otro; solo la compra, el Bizum, y él asintiendo con la cabeza sin levantar los ojos del móvil, que es como habláis cuando ya no os habláis, aunque yo entonces no lo habría dicho así, o eso me decía.
Nadie decidió nada. Esto es lo que más me cuesta contar, porque no hubo un día, ni una pelea, ni una de esas escenas que luego señalas con el dedo y dices ahí, ahí fue; lo nuestro se enfrió del modo en que se enfría una casa cuando dejas de encender la calefacción por no gastar, grado a grado, sin que una tarde sea distinta de la anterior, hasta que un día tocas el radiador y llevaba frío quién sabe cuánto.
Un ejemplo tonto, si me dejáis. En algún momento su cepillo de dientes dejó de estar en mi vaso. No lo movió con enfado, ni me lo dijo, ni yo se lo pregunté; él empezó a lavarse en el baño de abajo porque se levantaba antes y no quería despertarme —o eso me decía, que era considerado, que me cuidaba el sueño— y su cepillo se quedó a vivir en un vaso de abajo, y el mío se quedó solo en el de arriba, y así estuvimos meses, cada uno con su cepillo en su vaso en su baño, como dos inquilinos de un piso compartido que se llevan bien.
Yo lo llamaba una racha. Cansancio, los niños, la hipoteca que sube, el trabajo que aprieta; lo iba nombrando por dentro como quien pasa cuentas de un rosario, convencida de que si tenía nombre no era grave, o eso quería creer.
Cada uno con su cepillo, en su vaso, en su baño. Como dos inquilinos que se llevan bien.
El cuerpo, que es más listo que una y no sabe mentirse, iba por delante: me despertaba a deshoras, apretaba la mandíbula sin darme cuenta, y dejé de llamar a mi hermana porque temía la pregunta fácil, ¿y Diego qué tal?, y no saber qué responder que no fuera una mentira educada o un silencio raro. Miraba a otras parejas discutir por una tontería en el súper y sentía algo parecido a la envidia, fijaos qué cosa, envidiar una discusión, porque al menos discutir es mirarse.
Y luego estaba la mentira principal, la más fina, la que me repetía en voz muy baja para que no la oyera ni yo: aquí no pasa nada. Somos una familia normal, la gente vive así, esto es lo que hay a los cuarenta con dos críos y una hipoteca. Y a lo mejor era verdad que mucha gente vive así. Pero yo no quería, y ni siquiera eso me atrevía a decírmelo del todo, o eso me decía, que ya era tarde para pedir más.
Fue el teléfono el que me pilló desprevenida. Buscaba una foto de la niña para mandársela a su profesora y el dedo se me fue hacia atrás, años atrás, hasta una en la que salíamos los dos en una terraza de no me acuerdo dónde, despeinados, él con la boca abierta de reírse de algo que yo debía de haber dicho, y yo agarrada a su brazo como quien se agarra a lo que quiere. Me quedé mirándola mucho rato. No reconocía a esa pareja. Sabía que éramos nosotros, claro, pero era como mirar a dos vecinos jóvenes de los que te acuerdas con cariño y no sabes qué fue de ellos.
No me eché a llorar ni tuve una revelación; simplemente pensé, muy despacio, que esos dos seguían dentro de esta casa, más callados, más cansados, pero dentro, y que a lo mejor no estaban perdidos sino solo traspapelados, o eso me quise decir esa noche para poder dormir.
Al día siguiente no hice nada grande, porque lo grande me daba pánico y además nunca me había funcionado —las velas de los viernes que él apagaba sin verlas, las conversaciones de las tantas con el peor tono—. Solo, en vez del buenas noches de costumbre hacia el techo, le dije una cosa pequeña y verdadera: que le echaba de menos y lo tenía al lado, que qué cosa más rara. Él no dijo casi nada. Pero por la mañana subió su cepillo al baño de arriba. Sin comentarlo. Y ese cepillo tonto en mi vaso me dijo más que cualquier discurso.
Lo que vino después no fue una reconciliación de película, fue más lento y más torpe: aprender a nombrar lo que sentía sin que sonara a reproche, que es lo más difícil que he hecho nunca; hablar de verdad y no solo de logística; volver a rozarnos sin que tuviera que significar nada, una mano en la espalda al pasar por la cocina, sin presión. Hubo semanas que recaíamos en el silencio educado y yo pensaba que me lo había inventado todo. Pero ya conocíamos el camino de vuelta, y lo fui apuntando a mano en una libreta, día por día, no para arreglarlo de golpe sino para no volver a perderme dentro de mi propia casa.
No os voy a prometer que volvimos a ser los de la foto, porque no es verdad y ya he mentido bastante en esta historia. Somos otra cosa, más tranquila, con menos euforia y más mano en la espalda.
Esta mañana dejé dos tazas en la mesa. Una era la suya, todavía tibia. La otra era la mía, que había puesto media hora antes y se me había quedado fría por ponerme a hablar con él de una tontería, de verdad, de nada, de las que antes despachábamos con un Bizum. Me bebí el café frío igual. Sabía a gloria.



