La sartén ya estaba limpia. Yo lo sabía. La había fregado hacía un minuto y la estaba fregando otra vez, con el estropajo, apretando, sacándole un brillo que no necesitaba. La cocina en silencio, todos ya en la cama, y yo raspando un fondo que no tenía nada. Me miré la mano. Blanca del esfuerzo. Y pensé: Beatriz, ¿con qué la estás tomando ahora.
No con la sartén, claro. La sartén no había hecho nada.
Esa fue la primera vez que me pillé. Que me vi por fuera, como me vería otra persona, y no me gustó lo que había. Una mujer de cincuenta y tantos gastando la cena en frotar un cacharro limpio para no gritar. Porque de eso se trataba. De no gritar.
Para entender aquello tengo que ir bastante atrás. Yo era "la buena". Que conste que lo decía con orgullo. La fácil de llevar, la que no daba guerra, la que en las comidas se comía el último trozo de tarta —siempre el más feo, el del borde aplastado— para que no sobrara y nadie se sintiera mal. "Por mí lo que sea." Lo decía tanto que ya no lo pensaba, me salía solo, como respirar.
Y por dentro no pasaba nada. Nada, nada. Eso me repetía. Un comentario que me sentaba fatal: nada. Una decisión que tomaban por mí sin preguntar: nada. Ese hermano que llegaba tarde a todo y al que todos disculpaban mientras a mí se me exigía puntualidad: nada. Yo tragaba y sonreía y ponía paz, y llamaba a eso ser buena. Lo que no sabía es que tragar no es hacer desaparecer. Tragar es guardar. Y yo llevaba media vida guardando en un sitio que ya no daba más de sí.
Beatriz, ¿y a ti cuándo te toca?
Eso me lo preguntó una amiga, mucho después, tomando café, cuando me oyó quitarle importancia a algo que me había dolido de verdad. No supe qué contestar. Me quedé con la boca a medias. ¿Cuándo me tocaba a mí? Nunca. Ni se me había pasado por la cabeza que me tuviera que tocar.
El cuerpo fue el que se cansó de esperar a que yo me diera cuenta. Empecé a despertarme con la mandíbula dolorida, como si de noche hubiera estado mordiendo algo con toda mi fuerza. Los dientes me molestaban. Fui al dentista pensando en una muela y lo que me dijo me dejó fría: que apretaba mientras dormía, que estaba desgastándome la dentadura, que aquello era tensión acumulada. Bruxismo, lo llamó. Yo lo oí de otra manera. Oí: llevas años tragándote la rabia de día y de noche la muerdes. El cuerpo no sabía tragar. El cuerpo la escupía por donde podía.
Ahí até cabos que llevaban años sueltos. El nudo en la garganta al terminar de comer, cuando me tocaba el trozo desportillado y me lo comía igual —no por hambre, ya estaba llena, sino por costumbre de quedarme lo peor—. Los hombros pegados a las orejas. El sueño que no descansaba. Y la sartén. Todo eso tenía un nombre y yo no lo había querido decir. Rabia. La palabra me daba hasta vergüenza, como si enfadarse fuera de mala persona.
Voy a ser clara contigo, porque odio que me vendan cuentos: no me curé de golpe. No hay una mañana en la que te levantas siendo otra. Lo que hubo fue algo más pequeño y más terco. Empecé a hacerle caso a la mandíbula en vez de mandarla callar. A preguntarme, antes de tragar, qué era eso que se me estaba subiendo. A decir una cosa a tiempo, en voz normal —ni gritando ni callando—, aunque me temblara al principio.
Descubrí que la rabia no era mi enemiga. Era la única que llevaba años sin mentirme. Me avisaba, puntual, de dónde me estaban faltando al respeto, empezando por mí misma. Y que se puede ser buena sin ser un felpudo. Que puedo querer a los míos y enfadarme con ellos el mismo día, en la misma frase, y no romperse nada.
Sigo recayendo, para que lo sepas. Todavía hay días en que me trago algo y lo noto tres horas más tarde, con el nudo ya puesto. Pero ahora lo pillo el mismo día, no diez años después con la dentadura hecha polvo. Eso ya es otra vida.
Así que déjame preguntarte a ti lo que aquella amiga me preguntó a mí: ¿tú de qué sartén limpia estás sacando brillo esta noche para no decir lo que de verdad te pasa?



