La primera vez que contĂ© los años me salieron cuarenta. Cuarenta domingos multiplicados por lo que hiciera falta, cuarenta comidas en la misma silla, cuarenta veces armándome antes de entrar. Los contĂ© sin dramatismo, como quien revisa una cuenta que lleva sin cuadrar toda la vida. Y aun asĂ seguĂa yendo.
EmpezĂł de crĂa, supongo, aunque una no se da cuenta de dĂłnde empieza nada hasta mucho despuĂ©s. AprendĂ pronto que en aquella mesa habĂa dos clases de gente: la que hablaba y la de la que se hablaba. Yo era de las segundas. AprendĂ a reĂrme la primera de las cosas que decĂan de mĂ, para quitarles el filo antes de que llegaran. CreĂa que eso era llevarse bien.
De mayor cambiĂ© la táctica, no el sitio. Portarme mejor. Ser más Ăştil. Llevar yo el postre, poner yo la mesa, recoger yo. Si me hacĂa imprescindible, pensaba, a lo mejor dejaba de sobrar. Me esforcĂ© años en eso. Y aun asĂ salĂa de cada comida como si me hubieran pasado por encima despacio, sin prisa, con una sonrisa.
Se me daba de miedo aguantar. Lo que no aprendĂ nunca fue a salir de allĂ entera.
El cuerpo empezĂł a pasarme factura antes que la cabeza. DormĂa mal los sábados. Los lunes iba arrastrando una resaca sin haber tocado una copa. Fui dejando de ver a la gente que me hacĂa bien porque llegaba a ellos ya vacĂa. Y me repetĂa lo de siempre, que era mi familia, que esto lo lleva todo el mundo, que no era para tanto.
Los domingos aprendĂ a reconocer el coche de mi madre desde la esquina. Antes de aparcar, antes de verla a ella, veĂa la matrĂcula asomar entre los otros coches y el estĂłmago se me cerraba solo, sin permiso. Un nĂşmero, unas letras, y el cuerpo ya sabĂa lo que venĂa. Me quedaba dentro del mĂo con el motor encendido, dándome dos minutos que nunca eran suficientes, mirando esa matrĂcula como quien mira la hora antes de un examen que ya ha suspendido otras veces.
Un martes me oĂ. Estaba al telĂ©fono con mi madre, deshaciendo un lĂo que ni habĂa empezado yo, y me escuchĂ© decir «perdona» por algo que no habĂa hecho. Lo dije en automático, con la voz de siempre, la de tener la fiesta en paz. Y esta vez me lo oĂ desde fuera, como si fuera otra la que hablaba. Cuarenta años pidiendo perdĂłn por ocupar mi sitio. ColguĂ© y me quedĂ© con el telĂ©fono en la mano, no llorando de rabia. De cansancio. Del cansancio hondo de la que lleva demasiado sosteniendo algo que nadie le pidiĂł que sostuviera.
Los querĂa. Y aun asĂ me hacĂan daño. Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y ahĂ estaba toda la trampa.
No hubo revelaciĂłn ni nadie que me abriera los ojos. Solo dejĂ© de pedirle a esa mesa que fuera otra cosa. EmpecĂ© por lo pequeño, porque lo grande me daba pánico. Un domingo dije que tenĂa plan. No fui. El mundo siguiĂł girando sin mĂ, que era justo lo que yo temĂa y lo que necesitaba comprobar. Otro dĂa colguĂ© el telĂ©fono sin el «perdona» automático. Me temblaba la voz. Lo dije igual.
Y recaĂa. VolvĂa a llamar antes de tiempo, volvĂa a ceder, volvĂa a comerme una comida entera por no montar. TardĂ© en entender que eso no era fracasar, que era exactamente asĂ como se aprende: un domingo poniendo la distancia buena, al siguiente perdiĂ©ndola, al otro volviendo a cogerla. La culpa venĂa puntual, educada para venir. La dejĂ© venir sin obedecerle.
No los dejĂ© de querer. AprendĂ a quererlos desde un poco más lejos, que resultĂł ser el Ăşnico sitio desde donde podĂa seguir queriĂ©ndolos sin dejarme la piel. DejĂ© de recoger yo lo que rompĂan otros. DejĂ© las migajas de cariño que antes agradecĂa como si fueran un banquete. Sigo yendo a algunas comidas. A otras, no. Y por primera vez soy yo la que elige a cuáles, con el coche apagado y las llaves guardadas, porque ya no me hace falta armarme para entrar.
Fui apuntando todo aquello para no perderme cuando recaĂa. Las frases que aguantaban el tipo. Los domingos que salĂan bien y los que no. Y pensĂ© en las que ahora mismo están paradas delante de una casa con el motor encendido, contando los segundos, seguras de que quererlos bien es aguantarlo bien. ÂżY si la puerta de ese coche tambiĂ©n se pudiera no abrir?



