Mente

Me llevo toda la vida oyendo que soy "demasiado sensible"

Estás en una comida de domingo, con el mantel de siempre y el ruido de los cubiertos contra los platos, y alguien cuenta algo que en realidad no tiene tanta importancia. Pero a ti se te llenan los ojos de lágrimas ahí mismo, delante de todos, con el tenedor a medio camino de la boca, y antes de que nadie diga una palabra ya estás pensando por dentro: «otra vez, qué exagerada». Te limpias disimuladamente con la servilleta, sonríes rápido, cambias de postura en la silla. Nadie ha dicho nada todavía. La que ha hablado primero has sido tú, contra ti misma.

«Eres demasiado sensible.» «Qué piel más fina tienes.» «No seas exagerada.» Puede que te lo dijeran en el colegio, en el patio, en casa antes de cenar, en una relación que ya terminó, en una reunión de trabajo delante de todo el equipo. Y en algún momento, sin que nadie se diera ni cuenta, ni siquiera tú, dejó de hacer falta que te lo dijeran los demás. Ya te lo dices tú, antes que nadie, en cuanto notas que algo te ha afectado más de lo que «debería» según un baremo que nunca elegiste tú.

Te afecta un comentario que a otra persona le resbala como agua sobre un cristal, y ya te estás disculpando por dentro antes de que nadie diga nada, antes incluso de saber si hacía falta disculparse por algo. Esa vocecita se ha vuelto más rápida que la de cualquier otro, más rápida incluso que tu propio pensamiento.

Cuándo dejó de doler que lo dijeran otros

Hay un momento raro, que casi no se nota cuando ocurre, en el que la frase deja de doler viniendo de fuera, y es precisamente porque ya te la has dicho tú primero, por dentro, más rápido y más veces que cualquiera. Es casi un mecanismo de protección, de esos que se instalan solos sin pedir permiso: si ya me lo he dicho yo, que no me pille de sorpresa que me lo diga otro en medio de una comida de domingo.

Pero ese mecanismo tiene un precio, y es uno que se paga despacio, sin darte cuenta. Te vas quedando sin ese primer momento de sorpresa o de duda cuando alguien te lo dice, ese «espera, ¿de verdad soy exagerada?» que en su día te habría dolido pero también te habría hecho pensar. Ya ni lo cuestionas. Lo das por hecho, como quien da por hecho que va a llover en noviembre. Y eso, con los años, pesa muchísimo más que la frase suelta en sí.

Sensibilidad no es lo mismo que defecto

Aquí quiero pararme con cuidado, porque esta es la parte que más cuesta creerse cuando llevas tanto tiempo oyendo lo contrario: la sensibilidad no es un fallo de fábrica, no es una pieza mal montada. Es un rasgo, como la altura o el tono de voz, que en tu caso viene con el volumen más alto para casi todo lo que entra: ruidos, palabras, ambientes, el estado de ánimo de los demás cuando entran por la puerta.

El problema nunca ha sido que sientas fuerte. El problema es que nadie te dio, a tiempo, unos filtros a la medida de ese volumen. Te dieron consejos pensados para gente con el volumen más bajo: «no le des tantas vueltas», «no te lo tomes tan a pecho», «con el tiempo se te pasa». Y como esos consejos no funcionaban para ti, por mucho que los intentaras aplicar en la mesa de esa comida de domingo, la conclusión que sacaste no fue «estos consejos no me sirven a mí», sino «hay algo mal en mí que ni siquiera esto me arregla».

El problema no es sentir. El problema es no tener con qué filtrar lo que sientes.

El ejercicio de tachar una palabra

Te propongo algo muy concreto, nada de grandes reflexiones ni de horas delante de un cuaderno. Coge un papel, a mano, con el boli que tengas más cerca, y escribe una frase que te han dicho toda la vida sobre esto. Puede ser «eres demasiado sensible», «no seas exagerada», la que sea, tal cual la recuerdas, con las mismas palabras exactas que usó quien te la dijo.

Esto que lees es una idea de «Cuando todo me afecta demasiado» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Ahora tacha la palabra «demasiado» o «exagerada», la que hayas puesto, con una raya fuerte, y lee en voz baja lo que queda.

  • «Eres sensible.» Sin más.
  • «Sientes las cosas.» Sin más.
  • «Lloras con facilidad.» Sin más.

Fíjate qué distinto suena sin esa palabra de más colgando al final. Lo que queda ya no es una acusación con la que cargar durante años: es solo una descripción, casi neutra. Y una descripción se puede trabajar, se puede aprender a manejar; una acusación solo se puede cargar a la espalda, cada vez más pesada.

El problema no es sentir

No te estoy diciendo que dejar de repetirte esa palabra vaya a arreglarlo todo de golpe, ni pretendo que mañana no te vuelva a salir el «qué exagerada soy» en cuanto se te salten las lágrimas otra vez en el metro, con el vagón lleno y nadie mirándote pero tú sintiendo que sí. Yo también me lo digo a veces, todavía, después de todo lo que he escrito sobre esto, y lo cuento sin vergüenza, porque forma parte de lo mismo.

Pero quiero dejarte esta idea para que la lleves puesta, como quien lleva una prenda de abrigo que no se quita ni en la comida de domingo ni en el metro: el problema nunca ha sido que sientas tanto. El problema es que has ido por la vida sin los filtros que ese volumen alto necesita para no desgastarte cada vez. Eso se puede aprender, un poco cada día, con paciencia. No para sentir menos, sino para no pagar tan caro por sentir así.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años oyendo que es «una exagerada».

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