Fe

¿Por qué me siento culpable en cuanto intento descansar?

Te sientas en el sofá con la casa medio recogida, la lavadora puesta zumbando al fondo, y el móvil boca abajo sobre el cojín para no mirarlo. Han pasado dos minutos. Y ya está: esa vocecita que dice que deberías estar haciendo otra cosa, que hay platos todavía en el fregadero, que podrías adelantar la comida de mañana ya que estás, que esto de estar sentada sin más es un lujo que no te has ganado hoy. Te levantas. Vuelves a la cocina, casi sin decidirlo, como si los pies supieran el camino mejor que tú. Y en el fondo, aunque nadie lo vea, sientes un alivio raro: por fin has dejado de sentirte culpable, porque ya estás haciendo algo otra vez, con las manos ocupadas y la conciencia tranquila.

Si esto te suena, quiero decirte algo antes de seguir: no eres la única a la que le pasa, ni por asomo, y no es una señal de que algo esté mal en ti.

Lo que aprendiste de niña sobre merecer un descanso

La culpa que sube en cuanto paras casi siempre viene de un sitio muy concreto: de haber aprendido, quizá desde niña, que el valor se gana haciendo. Que se te quiere y se te respeta en la medida en que sirves, ayudas, resuelves, sostienes sin quejarte. Nadie tuvo que decírtelo con esas palabras, sentada en una silla mirándote a los ojos. Se aprende viendo, se aprende sintiendo el alivio de los demás cuando tú te ocupas de todo, se aprende notando que cuando paras, alguien pregunta con extrañeza si te pasa algo, como si sentarte fuera ya de por sí un síntoma.

Con el tiempo, esa lección se convierte en una creencia que ya ni siquiera se piensa, solo se siente: si paro, dejo de ser útil. Y si dejo de ser útil, dejo de tener sitio. No hace falta que nadie te lo diga en voz alta para que la culpa aparezca sola, cada vez que te sientas sin hacer nada productivo, aunque sea a las diez de la noche después de un día entero de pie.

Esa culpa no es una señal de pecado, es una alarma vieja mal calibrada

Aquí es donde muchas mujeres se equivocan de sitio buscando el problema. Sienten esa culpa al descansar y piensan que Dios les está señalando algo, que hay una falta que corregir, que el malestar es una especie de aviso espiritual que hay que atender con más entrega todavía. Pero no es eso. Es una alarma que se instaló hace mucho, en otra etapa de tu vida, quizá para protegerte de algo real en su momento —de la desaprobación, del abandono, de no encajar en la familia que tenías—, y que ahora salta sin que haga falta, como esas alarmas de coche que se disparan con el viento a las tres de la madrugada, molestando a todo el vecindario sin que haya ladrón ninguno.

Dios no necesita que te agotes para quererte igual. Esa parte ya la sabes, incluso la has enseñado tú alguna vez a otra persona que se sentía culpable por parar. Lo difícil es aplicártela a ti misma cuando la que se sienta en el sofá, con la culpa pisándole los talones, eres tú.

Culpa pasajera y culpa que paraliza

Conviene distinguir dos tipos de culpa, porque no se tratan igual.

  • La culpa pasajera es esa incomodidad de los primeros minutos, cuando empiezas a practicar el descanso: aprieta, incomoda, pero se va sola si te quedas quieta un rato más, sin salir corriendo a hacer algo
  • La culpa que paraliza es otra cosa: te impide parar del todo, te hace sentir mal durante horas o todo el día, y a veces viene acompañada de un cansancio que ya no se quita ni durmiendo, o de una tristeza de fondo que no termina de irse
Esto que lees es una idea de «Venid a mí los cansados» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La primera es parte normal de aprender algo nuevo, como cuando un músculo protesta las primeras veces que se usa distinto, con esas agujetas que en el fondo son buena señal. La segunda merece más atención, y si notas que se repite día tras día, o que va acompañada de un desánimo que no se levanta por mucho que lo intentes, es buena idea hablarlo con un profesional de la salud mental, además de con quien te acompañe en la fe. Pedir esa ayuda no es un fracaso: es parte de cuidar lo que Dios te ha confiado, que eres tú misma.

Parar no es un premio que hay que ganarse a base de agotamiento, es algo a lo que ya tenías derecho desde el principio.

El descanso se recibe, no se gana

Esta es, quizá, la frase que más te conviene subrayar de todo lo que has leído hoy: el descanso no es un premio que se gana a fuerza de méritos, es algo que se recibe, como se recibe el aire o la luz de la mañana entrando por la ventana sin que nadie la haya pedido. No tienes que demostrar nada antes de merecerlo. Ya lo mereces por ser quien eres, no por lo último que hiciste ni por la lista que dejaste tachada.

Nadie cambia esa creencia vieja de un día para otro, y tampoco hace falta, así que no te exijas eso tampoco. Basta con practicarlo un poco cada día: hoy, cinco minutos sentada sin hacer nada útil, notando la culpa subir y dejándola estar ahí sin obedecerla enseguida. Mañana, otros cinco. La culpa no desaparece de golpe, pero cada vez que la sostienes sin salir corriendo, baja un poco más su volumen. Y un día, sin darte mucha cuenta, te sientas y tardas más en escuchar esa vocecita, porque por fin empieza a callarse.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Lloro a solas en el coche y no sé muy bien por qué

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

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