Fe

Por qué 30 días, uno cada vez, funciona mejor que superar el duelo rápido

Hay una pregunta que quizá te haces por dentro, en voz muy baja, aunque no la digas en voz alta porque suena fea incluso pensarla, casi de mal gusto. ¿Cuánto se supone que dura esto? ¿Cuándo tocaría ya estar bien, de verdad bien, no solo aparentándolo? La haces mirando el calendario de la cocina, contando meses desde el funeral con los dedos, comparándote con una prima que a los seis meses ya se reía en las fotos de una boda, o con esa mujer de la parroquia que a un año volvió a salir los sábados como si nada hubiera pasado, como si el duelo tuviera un plazo fijo que ella cumplió y tú no.

Esa pregunta no tiene buena respuesta porque está mal hecha desde el principio, desde la propia pregunta. No se trata de que tú vayas lenta o de que a ella le costara menos por ser más fuerte: el duelo no se mide en un calendario que valga para todas las mujeres por igual, y buscarle una fecha de caducidad solo añade una carga nueva encima de la que ya llevas, que es la de sentir que además de estar de duelo, lo estás haciendo mal, con retraso, suspendiendo una asignatura que nadie más parece suspender.

Un día no es una promesa, es una medida que sí cabe en la mano

Por eso un cuaderno pensado día a día, y no un plan de treinta días con una meta gloriosa al final, cambia algo importante en cómo te relacionas con tu propio dolor. No te pide que llegues a ningún sitio fijo el día treinta, ni que llegues transformada. No hay una casilla de bien del todo que debas marcar con un tique al final del mes. Solo te pide que sostengas un día, y luego otro, y que si entre medias hay uno que se tuerce por completo, ese también cuenta, también es parte del camino y no una interrupción vergonzosa de él.

El duelo no sube en línea recta hasta la calma, como una escalera bien construida, sino que avanza por un terreno irregular, lleno de baches que no ves venir: hay días en que por fin te atreves a vaciar un cajón de su ropa sin que te tiemble el pulso, y hay días en que una canción cualquiera en la radio del coche te devuelve al primer día como si no hubiera pasado el tiempo, como si todo el avance se hubiera borrado de golpe. Ninguno de los dos días te define del todo. Los dos son ciertos a la vez, y medir por jornada, en vez de por un calendario ajeno que no te conoce, es lo único que de verdad respeta esa forma irregular que tiene el dolor.

El método no promete que el dolor termine en treinta días. Promete que no los cruzas sola.

Por qué escribir a mano, y no simplemente pensarlo por dentro

Puede parecer un detalle menor, esto de escribir a mano en vez de solo darle vueltas en la cabeza mientras haces otras cosas, pero tiene su motivo, y no es de estética ni de nostalgia por el papel bonito. Cuando piensas algo por dentro, el pensamiento pasa rápido, se enreda con el siguiente antes de que lo hayas terminado de sentir, y muchas veces ni siquiera te das cuenta de qué has sentido de verdad, solo que has sentido mucho y de forma confusa, como una nube sin bordes.

Escribir a mano obliga a bajar el ritmo, sin que tú lo decidas conscientemente. La mano no puede ir tan rápido como la cabeza, así que te quedas con cada frase el tiempo justo para notar qué pesa de verdad en ella, qué palabra exacta le corresponde. No hace falta que salga bonito ni ordenado ni con buena letra. Puede ser una frase a medias que se corta sola, puede ser un solo signo de interrogación en mitad de la página porque no tienes ni la palabra para lo que sientes ese día concreto. Eso también vale, y eso también es escribir de verdad, quizá lo más de verdad que se puede escribir.

Hay algo, además, en el gesto mismo de coger un cuaderno y sentarte con él diez minutos, apartada del resto de tareas del día, que ya es distinto a seguir con el día sin más, arrastrando la pena en silencio de fondo. Es un momento que decides dedicarle a lo que llevas dentro, en vez de dejar que se acumule detrás de la sonrisa que enseñas fuera de casa, capa sobre capa, semana tras semana.

Un mes con un camino, no con una meta

Repartir los días en cuatro semanas con un sentido propio, y no solo con un número que va subiendo, ayuda también a no sentir que cada jornada es un examen suelto que puedes aprobar o suspender. La primera parte del camino es simplemente nombrar el valle en el que estás, sin prisa por salir de él todavía: la pena tal cual es, sin edulcorar; el enfado con Dios si lo hay, sin esconderlo; las preguntas que no tienen respuesta y que probablemente no la tengan nunca del todo, por mucho que insistas en buscarla.

  • Nombrar el valle: la pena, la rabia, las preguntas sin respuesta, sin prisa por resolverlas
  • Atravesar los días concretos: el lunes después del funeral, la cena sola, el domingo en la iglesia
  • Dejarse consolar: aprender a recibir ayuda sin sentir que es una carga para nadie
  • Una esperanza sin prisa: que no exige sentirse mejor un día concreto, solo abre una rendija
Esto que lees es una idea de «Sostenida en el valle» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Después vienen los días concretos, esos que ya conoces de sobra porque los vives cada semana con su propio peso: el lunes después del funeral cuando ya no hay más gente en casa ni bandejas de comida en la nevera, la cena sola en la mesa que antes era de dos, con un plato que ya no pones. Luego, dejarse consolar, que también cuesta lo suyo y a veces más que el propio dolor, porque a veces es más fácil sostener a los demás, dar consuelo, que dejar que te sostengan a ti sin sentir que molestas. Y al final, sin prisa ninguna, algo de esperanza, no como un cierre de capítulo bien atado con lazo sino como una rendija de luz que no borra nada de lo anterior ni lo obliga a desaparecer.

Ningún día de esos treinta te obliga a llegar a un sitio fijo antes de pasar al siguiente, como si fuera una carrera con casillas. Puedes quedarte una semana entera en el mismo punto si hace falta, sin que eso sea fracaso. Puedes volver atrás cuantas veces necesites. El camino está para acompañarte, no para evaluarte ni para ponerte nota.

Lo que sí puedes esperar, y lo que no

Conviene decirlo con toda la claridad del mundo, sin adornos, porque prometer lo contrario sería mentirte de la peor manera: esto no hace que el dolor se acabe a los treinta días, ni a los sesenta, ni en un plazo fijo que se pueda anunciar de antemano. No hay cuaderno, ni oración, ni cantidad de tiempo que borre una ausencia así, por mucho que a veces desearías que existiera esa fórmula. Lo que sí puede pasar, día a día, sin que lo notes de golpe, es que dejes de estar tan sola dentro de ese dolor, que le pongas palabras a lo que antes solo te revolvía por dentro sin forma ni nombre.

Y si en algún momento notas que el peso no se mueve nunca, ni un milímetro, que los días buenos ya ni aparecen entre los malos, o que el dolor se ha vuelto un pozo del que no logras asomarte por ti misma por mucho que lo intentes, eso también merece cuidado, el de alguien con formación para acompañarte de cerca, con herramientas que un cuaderno no tiene. Pedir esa ayuda no es un fracaso de fe ni una señal de que fallaste en el camino: es, sencillamente, otra forma más de cuidarte, tan válida como cualquier otra.

Un día cada vez. Solo eso, nada más grande ni más pesado que eso. Mañana ya se ocupará de sí mismo, con sus propias fuerzas, y hoy tienes con qué sostenerte.

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Cómo responder cuando te dicen 'ya está en un lugar mejor'

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer creyente que ha perdido a quien era media casa, y a la que le repiten "ya está en un lugar mejor" cuando lo que necesita es que alguien se quede.

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