Me acuesto bien y a los diez minutos ya le estoy dando vueltas a todo
Apagas la luz. Te acomodas de lado, como siempre, con la almohada en el punto exacto de todas las noches. Estás bien, o eso crees: el día ha ido normal, incluso bueno, has cenado tranquila y te has lavado los dientes sin pensar en nada raro. Y entonces, a los diez minutos, sin que la hayas llamado, sin avisar, aparece esa conversación de hace tres años, con pelos y señales, con la frase exacta que dijiste y la que deberías haber dicho en su lugar, con la cara que puso la otra persona reconstruida hasta el último detalle.
No la habías pensado en todo el día. Ni de pasada. Justo ahora, con los ojos cerrados y el cuerpo por fin quieto, decide presentarse, como un invitado que llega cuando ya has recogido la mesa. Y tú ahí, boca arriba otra vez porque de lado no hay manera de estar cómoda, dándole vueltas a algo que ya no tiene arreglo ni remedio, preguntándote por qué tu cabeza elige precisamente este momento, precisamente esta noche, para hacerte esto.
Justo cuando el cuerpo se para, la cabeza se pone al día
No es casualidad, y tampoco es que tu cabeza te odie especialmente por las noches. Durante el día estás ocupada: hablando, moviéndote, resolviendo cosas pequeñas una detrás de otra, contestando un correo, decidiendo qué cenar, saludando a alguien en el pasillo. Todo eso ocupa sitio y no deja hueco para que aparezca lo aparcado.
Pero en cuanto el cuerpo se relaja, ese hueco se abre de golpe, como cuando por fin cierras la puerta de casa y sueltas todo lo que llevabas en las manos. Y la cabeza, que llevaba todo el día con una lista de pendientes sin resolver —esa conversación, esa duda, ese comentario que te dejó mal cuerpo en la cola del súper—, aprovecha el silencio para sacarlo todo a la vez, como si quisiera ponerse al día contigo justo cuando menos ganas tienes de escucharla.
Es un poco como una lavadora que llevaba toda una tanda de ropa dando vueltas sin centrifugar, y de pronto, en el momento más inoportuno, cuando ya te ibas a dormir con la ropa puesta a secar, decide hacerlo todo de golpe y con estruendo.
Esto no es, en sí mismo, un problema de sueño
Quiero pararme aquí un momento, porque no quiero mezclarte las cosas. Darle vueltas a algo diez minutos después de acostarte no es lo mismo que llevar noches y noches sin poder dormir de verdad, con el cuerpo en alerta, el corazón un poco acelerado, incapaz de descansar aunque quieras y aunque lo intentes todo. Eso es otra cosa, y si te reconoces ahí, con noches que se repiten así una tras otra, semana tras semana, merece que se lo cuentes a un profesional, no que lo resuelvas tú sola a fuerza de trucos de madrugada.
Pero si lo que te pasa es esto que te cuento —te acuestas relativamente bien y la cabeza se activa en cuanto apagas la luz, con un rumiar concreto sobre algo concreto, casi siempre lo mismo o parecido—, eso es el bucle de siempre, con el escenario de la noche, ese silencio sin distracciones, como su momento favorito para salir a jugar.
El paso de hoy: sácalo de la cabeza antes de acostarte
Aquí va algo pequeño que puedes probar esta misma noche, antes de que la luz se apague. Antes de meterte en la cama, coge un papel, el que sea, hasta la parte de atrás de un recibo si no tienes otra cosa a mano, y escribe lo que llevas rondando por dentro. No hace falta que sea largo ni ordenado. Tres líneas bastan, incluso si son frases sueltas y feas, a medio terminar.
La idea no es resolverlo ahí, en ese momento, sobre el papel, con la letra torcida de quien escribe con sueño. La idea es sacarlo de dentro de tu cabeza, donde da vueltas sin freno, y ponerlo fuera, en un sitio quieto que no se mueve ni te reclama nada a las tres de la madrugada. Lo que ocupa toda la cabeza a las once de la noche, en el papel ocupa tres líneas, y desde ahí pesa distinto, se puede cerrar la libreta y dejarlo encima de la mesilla.
Puedes incluso decirle a ese pensamiento, ya por escrito, algo tan sencillo como «esto lo miro mañana, ahora no». No porque vaya a desaparecer con la frase, sería mucho pedir, sino porque le estás dando un sitio y una hora, en vez de dejarle todo el poder sobre tu noche entera.
Esto se entrena, no se apaga de golpe
No te voy a decir que a partir de esta noche vas a apagar la luz y quedarte en blanco, porque no es verdad y tampoco es la meta que te tienes que poner. Alguna noche este paso funcionará y otra el bucle igual se cuela de todas formas, con la misma conversación de hace tres años o con una nueva que se ha sumado a la lista. Eso no es que hayas fracasado, es que esto se entrena poco a poco, noche a noche, no se apaga de un día para otro con un solo intento de tres líneas.
Lo que sí vas notando, con la práctica, es que el papel se va convirtiendo en un lugar de aterrizaje conocido, un sitio donde dejar las cosas antes de cerrar los ojos, como quien deja las llaves siempre en el mismo cuenco de la entrada. Esta noche, si te vuelve a pasar, prueba solo con las tres líneas. Nada más. Ya es un paso, y mañana puedes hacer otro.
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