¿Es normal sentirme así si mis padres nunca me maltrataron?
Llevas un rato con el cursor parpadeando antes de escribir esta pregunta, sentada al borde de la cama con la luz del pasillo colándose por la rendija de la puerta. La has borrado dos veces porque suena mal, porque parece que te estás quejando de nada, porque en tu cabeza ya oyes la voz de alguien diciéndote que hay gente con problemas de verdad. Al final la escribes, casi en susurro aunque nadie pueda oírte teclear, como si alguien fuera a asomarse por encima de tu hombro: ¿es normal sentirme así si mis padres nunca me pegaron, nunca me insultaron, nunca me faltó nada de lo que se supone que hay que tener?
Esa pregunta la he tenido yo también, muchas noches parecidas a esta, con el mismo cursor parpadeando. Y la respuesta corta es sí. Es normal. Pero merece que nos detengamos un momento en el porqué, porque la respuesta corta sin el porqué se queda coja.
La ausencia de maltrato no es la presencia de cariño
Nos han enseñado a medir la infancia por lo que faltó de forma visible: los golpes, los gritos, el hambre de verdad, la ropa rota o sucia. Y si nada de eso pasó, parece que no hay nada de qué hablar, que deberías estar simplemente agradecida y punto. Pero una infancia se sostiene también con lo invisible: la mirada que te busca cuando entras en una habitación, la pregunta de '¿cómo estás?' hecha con curiosidad real y no como fórmula de cortesía, el abrazo que llega sin que lo pidas, sin que tengas que ganártelo con nada.
Puedes haber tenido techo, colegio, comida caliente en la mesa cada noche, y aun así haber crecido con hambre. No es una contradicción, son dos cosas que pasan a la vez, una encima de la otra sin anularse. Que no faltara lo material no significa que no faltara nada; solo significa que lo que faltó no se puede fotografiar ni enseñar a nadie como prueba.
Padres fríos, no negligencia, no maltrato
Aquí conviene ir despacio, porque las palabras importan y confundirlas no ayuda a nadie. Unos padres fríos son padres que no supieron mostrar cariño, que no preguntaban, que no abrazaban, quizá porque a ellos tampoco se lo dieron nunca en su propia infancia, en su propia cocina de hace cincuenta años. Eso deja una herida real, y de esa herida habla este blog, sin restarle importancia ni exagerarla.
Es distinto de la negligencia, que es cuando de verdad faltan los cuidados básicos -la comida, la seguridad, la atención a la salud cuando hace falta-, y también es distinto del maltrato, que implica daño directo, físico o verbal, algo que se puede señalar y nombrar sin ambigüedad. No hace falta que tu caso encaje en esas categorías más graves para que lo tuyo cuente igual. Y tampoco hace falta que compares tu herida con la de nadie, ni con la de un hermano que quizá lo vivió distinto en la misma casa, para que la tuya sea real y merezca atención.
No hubo intención de hacerme daño, hubo incapacidad de quererme bien -son cosas muy distintas, y la diferencia importa-, y aun así dolía, aunque ese matiz aliviara un poco la carga que llevaba encima.
Un ejemplo de cocina cualquiera
Imagina la escena, porque seguramente ya la has vivido tú misma alguna vez con otras palabras. Llegas de un examen que te ha costado mucho, lo has aprobado por fin después de estudiar todo el fin de semana, y lo cuentas en la cocina mientras tu madre friega un plato con el grifo abierto. Ella dice 'qué bien' sin levantar la vista del azulejo, sin secarse las manos siquiera, y sigue fregando como si nada. No ha sido cruel. No te ha insultado ni te ha dicho nada hiriente. Pero algo en ti se queda esperando que suelte el trapo, se dé la vuelta, te mire a los ojos aunque sea dos segundos.
Ese 'qué bien' sin mirada es el tipo de escena que deja hambre, aunque nadie diría, viéndola desde fuera, que ahí pasó nada malo, que hubiera nada que señalar con el dedo. Y sin embargo, para ti, dentro, pasó algo: la confirmación, otra vez, de que lo bueno que traes no encuentra dónde aterrizar, que se queda flotando en el aire de la cocina sin que nadie lo recoja.
Cuándo merece la pena mirar más de cerca
Dicho esto, si notas que este malestar se ha ido haciendo cada vez más pesado -que no puedes dormir, que no disfrutas de nada que antes te gustaba, que sientes que no vale la pena seguir- eso ya no es solo la herida de una infancia fría, puede ser una tristeza que se ha instalado más hondo de lo que parece a simple vista. En ese caso, hablar con un profesional de la salud mental no es exagerar ni hacer una montaña de un grano de arena, es cuidarte a tiempo.
Para el resto de los días, los que solo pesan y no te hunden del todo, quiero que te quedes con esto: sí, es normal. No hace falta que te hayan maltratado para que te duela no haber sido querida como necesitabas. Tu herida no necesita ser comparada con nada ni con nadie para contar como lo que es.
El primer paso, hoy, puede ser tan pequeño como decirte a ti misma, en voz alta si puedes, aunque sea a solas en el coche o frente al espejo: esto que siento tiene derecho a existir, aunque no tenga un nombre grande ni una historia de las que se cuentan en las noticias. Con eso basta para empezar a mirarlo de otra manera.
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