Hay una foto de mi comunión en la que salgo con el cirio y el lazo, muy tiesa, muy peinada, y a un paso y medio de mí están mis padres, mirando a la cámara como quien posa para un trámite. Nadie me toca. La he tenido años en un cajón y he necesitado años más para ver lo que se ve a simple vista: que en esa foto sobra el aire que hay entre ellos y yo, ese hueco pequeñito por el que no pasa un brazo.
Cuento esto porque un día, ya con mis cuarenta cumplidos, me pasó algo que solo entendí gracias a esa foto. Me dieron una noticia buena, de esas que te encienden por dentro, y lo primero que hice fue coger el teléfono para llamar a mi madre. Marqué. Y con el tono sonando ya, antes de que descolgara, colgué. Colgué yo. Porque me vi la respuesta venir de lejos, ese «ah, qué bien» tibio, ese tonito planito con el que en mi casa se recibían las alegrías, y me di cuenta de que llevaba cuarenta años llamando a una puerta que abría, sí, pero por la que nunca salía nadie a abrazarme.
Me quedé con el móvil calentito todavía en la mano, de pie en la cocina, sintiéndome un poco tonta. Cuarenta y tantos años y seguía esperando, como la nena del cirio, un «qué orgullosa estoy de ti» que ya sabía que no venía. Que nunca vino. Que no estaba, sin más.
Y aquí toca ir hacia atrás, porque para entender esa llamada colgada hay que entender la casa.
En mi casa no faltó de comer, y esa fue durante años mi cárcel más que mi suerte. Techo, colegio, médico, ropa limpia, todo. Faltaba lo otro, lo que no se pesa ni se factura: no se decía «te quiero», no se preguntaba «¿cómo estás?», no se abrazaba salvo en los velatorios y deprisa, como si el cariño diera un poquito de vergüenza. Mis padres estaban. De cuerpo estuvieron siempre, cumplidores, presentes en la mesa y en las fotos. De alma no los encontré nunca, y me pasé la infancia buscándolos en una cara que miraba para otro lado.
Me sabía la lista de memoria, la recitaba yo solita para callarme: no te pegaron, no te faltó nada, tuviste más que muchos. Esa listita era la mano que me tapaba la boca cada vez que la pena asomaba un poquito. Con ella me tragué la queja durante décadas, convencida de que quejarme, con lo que había por ahí, era de niña malcriada y desagradecida.
No te pegaron, no te faltó nada. Esa lista era la mano que me tapaba la boca.
Así que lo tapé como se tapa casi todo: haciendo. Fui la hija que llamaba, la que montaba las comidas, la que se acordaba de los cumpleaños de todos y compraba el detallito. Buscaba en la cara de mi madre una aprobación que no venía, y cuanto menos venía, más me esforzaba yo, echando y echando cariño en un sitio que no lo retenía. Con mis hijos me salía al revés: les decía «te quiero» tres veces seguidas, en ráfaga, como quien tapa una gotera echándole más agua, sin saber muy bien qué agujerito estaba intentando llenar.
El cuerpo llevaba la cuenta aunque yo no quisiera mirarla. Dormía a ratos. Me despertaba de madrugada con el pechito apretado y sin motivo aparente. Con mis amigas estaba y no estaba: sonreía, preguntaba mucho, y no dejaba pasar a nadie de la puerta para dentro.
Lo que me abrió la llamada colgada de aquel día no fue pensar. Fue algo que dijo mi hija pequeña, meses antes, y que yo no había sabido colocar hasta entonces. Se había caído en el parque, se raspó la rodilla, y vino corriendo a mí con esa confianza ciega de los críos, se metió en mis brazos y allí se quedó, llorando pegadita, segurísima de que ese era su sitio. Y me oí decirle, medio en broma, «anda, ven aquí, que aquí siempre hay hueco». Aquí siempre hay hueco. Se lo dije sin pensar, y me sonó rarísimo en la boca, porque era exactamente lo que yo nunca supe de niña: que hubiera un hueco esperándome. Mi hija lo daba por hecho. Yo lo estaba aprendiendo a los cuarenta, a base de abrirle los brazos a ella.
No me voy a poner digna. No fue un rayo de luz ni una paz preciosa. Fue rabia primero, una rabia sorda de sábado por la noche. Y detrás, ya de madrugada, una tristeza limpia, casi mansa, la de dejar por fin de fingir que no te duele lo que te duele desde siempre.
«Aquí siempre hay hueco», le dije. Y me sonó rarísimo, porque era justo lo que yo nunca tuve.
A partir de ahí fue despacio, muy despacio, sin línea de meta. Empecé a escribir a mano por las noches, cuatro líneas. Un día le ponía nombre a esa hambre vieja, la del cariño que no llegó a decirse. Otro día dejaba de esperar y le hacía un poquito de duelo a la nena del cirio. Había recaídas: volvía a coger el teléfono, volvía a colgar dolida, volvía a la lista-mordaza. No dejé de quererlos ni les monté ninguna cuenta. Solo dejé de pedirles lo que no tenían para darme, y empecé a buscar el calor donde sí lo había: mi pareja, mis hijas, una amiga, yo misma un domingo tranquilo.
Una noche le escribí una carta a la niña que fui, a la del lazo tieso. Le conté lo que nadie le contó entonces. La leí en voz alta, sola en la cocina, y lloré. Pero era pena vieja saliendo por fin, no una herida nueva.



