Ordenar el álbum familiar fue idea mía. Nadie más iba a hacerlo, así que una tarde de esas en que no sabes qué hacer con las manos, saqué las cajas del altillo y me puse. Comuniones, bodas, una playa gris de los años ochenta. Y a la tercera foto vi algo que no había visto en cincuenta años, aunque lo tuve delante todo el tiempo.
En casi todas salgo en el borde. Medio cortada. Un hombro fuera del encuadre, la cara a medias, como si el que hacía la foto hubiera calculado a quién había que meter y yo fuera el margen que se podía sacrificar. Mi hermana en el centro. Mis padres, en el centro. Yo, la del recorte. No una foto: casi todas. Me quedé un buen rato con el montón en la falda, contándolas como una idiota.
No estaba imaginándomelo. Estaba ahí, revelado, cuarenta años de encuadres diciéndome dónde iba mi sitio.
Y desde ahí, sentada en el suelo del salón con las fotos alrededor, me tocó reconstruir cómo había llegado a ser «la del borde» también en todo lo demás.
En mi casa yo era «la difícil». Lo decían con la naturalidad con que se comenta el tiempo. Que si «Montse lo complica todo», que si «ya está esta otra vez». Si algo se torcía en una comida, lo había traído yo, aunque acabara de llegar. Mi hermana podía montar el número que quisiera y eran «cosas suyas»; yo abría la boca y era «lo difícil de siempre». El apodo no me lo pusieron un día. Me lo fueron poniendo, capa sobre capa, hasta que pesó como un abrigo mojado.
Aprendí a pedir perdón antes de hablar. A medir el aire de una habitación antes de entrar. A adelantarme a la bronca disculpándome por cosas que ni había hecho, por si acaso caían de mi lado. Lo peor es que ni lo notaba. Pensaba que el mundo era así de tenso y que yo, sin más, era la que lo estropeaba.
Lo intenté todo, además. Buenas notas, a ver si me miraban distinto: nada. Hacerme pequeña, la que no molesta: entonces era «la rara». Plantarme un día y decir lo que pensaba: y ahí ya lo tenían para el resto de sus vidas, «¿lo veis?, la de siempre». Hiciera lo que hiciera, el reparto ya estaba hecho y a mí me había tocado ese papel.
Me lo llevé de casa como se hereda un mueble feo que nadie sabe por qué conserva. Al trabajo, donde me disculpaba por pedir un día libre. A mis parejas, donde daba por hecho que el fallo, al final, sería mío. Cuidaba a amigas que a mí me cuidaban poco y me parecía de ley: yo era «la difícil», ¿qué más iba a pedir? Ese era el precio de que me dejaran entrar.
Por eso las fotos me sentaron como me sentaron. No era mi memoria haciéndome trampas, ni mi manía de dramatizar que tanto me habían echado en cara. Era una pauta. Alguien, foto tras foto, había decidido dónde iba el centro y dónde iba yo. Y yo me había pasado media vida creyendo que el margen era el sitio que me correspondía por ser como era.
A partir de ahí empecé a mirar el reparto con otros ojos. A preguntarme para qué le sirve a una familia tener una oveja negra. Y la respuesta, cuando la vi, no fue bonita: sirve para tener a alguien a quien colgarle lo que nadie quiere mirarse, para que los demás sigan saliendo centrados y limpios en la foto. Yo era el sitio donde se descargaba lo que sobraba. No porque fuera peor. Porque a alguien le tocaba.
No lo entendí de una sentada. Lo fui viendo a trozos, escribiéndolo a mano en un cuaderno, que es como a mí se me ordenan las cosas. Y empecé a devolver, frase a frase, la culpa que me habían prestado. «Esto no era mío.» Algunos días me lo creía entero. Otros me temblaba la mano y volvía a recogerlo todo, a ser la de quince años en cuanto me sentaba a esa mesa. Recaía, claro que recaía. Pero cada vez tardaba menos en pillarme.
No te voy a vender un final de película. Mi familia no se sentó nunca a pedirme perdón; me siguen viendo más o menos igual. Lo que cambió fui yo: dejé de recoger lo que no había roto, dejé de defenderme ante quien no escuchaba. Y me hice una promesa que cumplo cada día, que a mis hijos no les toca este papel, en mi casa no hay ovejas ni negras ni de ningún color.
Así que esto va por ti, la que se sigue viendo en el borde de todas las fotos. La que entra en casa de su madre pidiendo perdón por ocupar sitio. La que lleva tanto tiempo con «la difícil» colgada que ya no sabe si lo fue o solo lo oyó demasiado. El encuadre lo hizo otro. Pero el guion, a partir de aquí, lo escribes tú. Y en el tuyo puedes ponerte donde te dé la gana: en el centro, si te apetece.



