¿Es normal repetir con mis hijos los gritos que yo sufrí de niña?
Sí. Es normal, en el sentido de que le pasa a muchísima gente, a más gente de la que imaginas mientras lo piensas de madrugada sintiéndote la única, aunque nadie lo diga en voz alta en una comida familiar con el postre ya en la mesa. No significa que estés rota, y no significa que seas como la persona que te lastimó a ti de niña.
Lo digo así, de entrada, sin rodeos, porque sé que si has llegado hasta aquí buscando esto es porque llevas un rato dándole vueltas sola, probablemente de noche, con el móvil iluminándote la cara en la oscuridad, probablemente con la sensación de que esto que te pasa a ti no le pasa a nadie más en el mundo, ni siquiera a esas madres que parecen tenerlo todo tan controlado.
Cómo se aprende una forma de reaccionar
Cuando eras niña no elegiste cómo reaccionar al miedo, al enfado, al vaso derramado en la mesa de aquella cocina. Tu cuerpo aprendió, viendo a los adultos que tenías cerca día tras día, qué se hace cuando algo pequeño desborda a alguien grande. Ese aprendizaje no pasó por la cabeza, con razonamientos y decisiones conscientes, pasó por el cuerpo directamente, y por eso ahora no te sale como una idea que puedas frenar pensando, te sale como una reacción automática, ya montada.
Por eso, cuando llega el cansancio o el estrés y baja la guardia sin avisar, no aparece una decisión nueva pensada con calma. Aparece la más antigua, la que mejor conoces de todas, la que tu cuerpo tiene grabada desde antes incluso de que supieras que existían otras formas de reaccionar ante un enfado. No dice nada malo de quién eres como madre ni como persona. Es una memoria que se activa antes de que tú puedas pensar nada al respecto.
Darte cuenta ya es distinto
Aquí hay algo que suele pasar completamente desapercibido: la mayoría de la gente que repite un patrón así ni siquiera llega a notarlo en toda su vida. Lo vive como algo normal, como lo que hay que hacer con los hijos cuando se portan mal, sin más pregunta detrás, y ya está, sigue adelante sin mirar atrás.
Tú lo has notado. Te has oído a ti misma, te has visto actuar, se te ha helado algo por dentro al reconocer el tono exacto de otra voz en la tuya. Eso no es poca cosa, aunque ahora mismo no lo sientas como un logro sino como una carga más. Notarlo es el primer tramo del camino, el que mucha gente nunca llega a recorrer en toda su vida. No arregla nada todavía, es verdad, pero es completamente distinto a no darte cuenta nunca de nada.
Dónde está el límite
Y aquí quiero ser clara del todo, porque es importante no mezclar dos cosas que no son lo mismo. De lo que hablo aquí es de crianza imperfecta con gritos: una madre o un padre cansado que alza la voz más de lo que querría, que luego se arrepiente de verdad, que quiere cambiar y a veces lo consigue y a veces no, como en cualquier proceso humano real.
Eso no es lo mismo que el maltrato, y la distancia entre ambas cosas importa mucho. Si en tu casa hay violencia física, humillación constante repetida como costumbre, o si tú misma sientes que lo que haces o lo que te hicieron va mucho más allá de un grito que se lamenta después con sinceridad, eso merece un nombre distinto y una ayuda distinta, más especializada. Si notas que hay peligro real, para ti o para tus hijos, pide ayuda profesional o acude a urgencias sin esperar más: eso no se resuelve con un cuaderno ni con buena voluntad, por mucha que tengas.
La gran mayoría de quienes leen esto no están ahí, ni de lejos. Están en el terreno de antes: el del grito que duele, que se repite más de lo que quisieran, y que convive, al mismo tiempo, con un amor real y con ganas genuinas de hacerlo distinto cada día que pasa. Ese terreno tiene arreglo, con paciencia, y no necesita que te declares culpable de algo que no eres.
Un patrón aprendido se puede aprender distinto
Si algo se aprendió con el cuerpo, viendo y repitiendo durante años sin darte cuenta, algo se puede desaprender de la misma forma exacta: despacio, con el cuerpo, repitiendo lo nuevo hasta que sea tan automático como lo viejo llegó a serlo. No de un día para otro, por mucho que te gustaría, y no con una decisión tomada en caliente un martes cualquiera a las once de la noche.
Se hace con paciencia, un día cada vez, dejando que lo nuevo se vaya asentando encima de lo viejo sin prisa por que desaparezca del todo de golpe. Habrá días en que gane el patrón antiguo, y ganará más de una vez. Eso no borra los días en que ganó el nuevo, por pequeños que hayan sido esos días.
Si quieres un paso de hoy, que sea este: la próxima vez que te oigas repetir esa frase o ese tono que ya conoces, no te juzgues por ello durante más de un minuto entero, corta ahí el juicio. Solo anota, aunque sea mentalmente mientras terminas lo que estabas haciendo, el momento exacto en que pasó. Ese dato, con el tiempo y la repetición, es lo que te permite empezar a cortarlo un poco antes cada vez que se repite.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

