Adicción

¿Es normal que mi hijo prefiera la pantalla a estar conmigo?

Sí. Es normal, o al menos es muy, muy frecuente, más de lo que te imaginas mientras lo sufres en silencio. Y no, no significa que haya dejado de quererte, ni un poco menos que antes. Sé que la pregunta te la haces con la voz bajita, casi con miedo a la respuesta, de madrugada o mientras friegas los platos sola, así que te la contesto ya, sin rodeos, antes de explicarte nada más: lo que sientes no es una condena, es una fase de una guerra que se puede bajar de intensidad.

Lo digo porque yo también me lo pregunté, sentada en el sofá con la tele encendida sin verla realmente, oyendo la risa de mi hijo al otro lado de la puerta de su cuarto, una risa que llevaba semanas sin regalarme a mí ni una sola vez. Se me hizo un nudo raro, mitad celos, mitad pena, un nudo que no sabía ni cómo llamar. Pensé: he perdido a mi hijo a manos de una pantalla. Y durante un tiempo lo creí de verdad, con esa certeza triste que no admite discusión.

¿Te preocupa tu hijo ahora mismo? Si deja de comer o dormir, habla de hacerse daño o se aísla por completo, esto no puede esperar: su pediatra, un psicólogo infantil y, en crisis, 988 o Childhelp 1-800-422-4453. Lo que sigue te acompaña; ellos intervienen.

Qué encuentra ahí dentro que aquí a veces no encuentra

Ahí dentro no le riñen. Ahí dentro nadie le dice que ya es tarde, que ya lleva mucho, que otra vez lo mismo de siempre. Ahí dentro tiene soltura: sabe las reglas del juego, sabe ganar, sabe hablar el idioma de los suyos sin que nadie le corrija el tono ni la manera de decir las cosas. En su cuarto, con el mando en la mano y los cascos puestos, es bueno en algo delante de gente que no le pide explicaciones ni cuentas.

En casa, en cambio, a veces solo lo esperamos para señalar lo que hace mal, aunque no sea nuestra intención. Para contar los minutos con el rabillo del ojo. Para preguntarle otra vez cuándo piensa bajar, como si fuera lo único que tuviéramos que decirle. No es que la pantalla sea mejor que tú, ni de lejos: es que, en este momento concreto, la pantalla no pelea con él. Y contigo, últimamente, casi todo se ha vuelto pelea, aunque los dos querríais que no fuera así.

Eso no lo convierte en un fallo tuyo como madre o como padre, aunque a las tres de la tarde te lo parezca. Es, sencillamente, lo que pasa cuando una guerra diaria lleva ya demasiado tiempo instalada en la casa como un mueble más: los dos bandos se atrincheran donde no les duele.

Cuándo esto es solo cansancio del vínculo y cuándo es otra cosa

Quiero que te quedes tranquila en un punto y alerta en otro, sin mezclar los dos. Preferir la pantalla a discutir contigo, encerrarse a jugar, contestar con monosílabos que apenas son palabras: eso, sin más, es agotamiento de una relación que lleva tiempo peleando. No es la señal de alarma que igual estás temiendo por la noche cuando no puedes dormir.

La señal real es otra, y se ve distinta si la miras de cerca: si además de encerrarse ha dejado de ver a los amigos de siempre del todo, si la tristeza no se va nunca, ni un rato, ni siquiera en un día que debería ser bueno; si notas algo raro en cómo habla de alguien con quien juega online, algo que te hace fruncir el ceño sin saber bien por qué, o si te da la sensación de que algo le pesa por dentro y no es solo la pantalla. Ahí no toca esperar ni un método de treinta días: ahí toca ir al pediatra, que es la primera puerta, la que sabe distinguir lo que es cansancio de vínculo de lo que necesita otra mirada más entrenada.

La pantalla no reemplaza el vínculo. Ocupa el hueco que deja un vínculo cansado de pelear.
Esto que lees es una idea de «Mi hijo desapareció dentro de una pantalla» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Me gusta esta frase porque a mí me costó entenderla, me costó semanas. Yo creía que la pantalla era la enemiga, la ladrona que me había robado a mi hijo. Y en realidad la pantalla solo estaba ahí, disponible a todas horas, sin exigir nada a cambio, ocupando el sitio que el vínculo había dejado libre a fuerza de discutir cada tarde por lo mismo.

El hueco se puede volver a llenar, y se empieza por ti

Aquí viene la parte que de verdad importa, y también la que más cuesta de aceptar cuando llevas meses librando esta batalla sin cuartel: el cambio no empieza por conseguir que él suelte el mando de una vez. Empieza por ti, por cómo entras tú en su cuarto la próxima vez que subas las escaleras.

No hace falta un plan grande ni una charla solemne sobre las pantallas y sus peligros. Hace falta un gesto pequeño y concreto: entrar hoy sin la frase de reproche ya preparada en la boca, tragándotela antes de abrir la puerta. Sentarte un minuto en el borde de la cama, no quedarte de pie en la puerta como una centinela, y preguntarle a qué está jugando. Solo eso. No para negociar tiempo, no para colar un sermón disfrazado de interés falso. Para que, por una vez, lo que encuentre al levantar la vista de la pantalla no sea otra bronca más, sino a ti, con la cara tranquila y sin agenda.

Puede que la primera vez apenas te conteste, apenas un monosílabo sin mirarte. A mí me pasó, y me dolió más de lo que esperaba, y seguí jugando igual todas las noches durante semanas más sin que pareciera cambiar nada. Pero también seguí entrando, sin sermón, una vez tras otra, como quien no se rinde aunque no vea resultados. El hueco no se llena en una tarde. Se llena a fuerza de tardes en que tú decides no pelear, aunque él todavía no sepa, ni lo note, que tú ya has dejado de hacerlo.

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Mi hijo no baja a cenar por la pantalla y no sé qué hacer

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Esto es acompañamiento para madres y padres, no consejo clínico, y no sustituye al pediatra ni a un psicólogo infantil. Ante señales de alarma (tu hijo deja de comer o dormir, habla de hacerse daño, se aísla del todo, o un adulto desconocido le escribe): pediatra y psicólogo infantil, 988, y Childhelp 1-800-422-4453.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que ha convertido cada tarde en una batalla por la pantalla y siente que ha perdido a su hijo dentro de un juego.

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