Quinta vez. Lo llamo a cenar desde el pasillo, con la cuchara en la mano, y la puerta sigue cerrada. Detrás oigo el runrún, la musiquita del menú, las voces de otros críos saliendo de sus cascos. A ellos les contesta. A mí no. Llevo la cuenta desde que salió del cole: seis horas y media hoy. Ayer siete. La semana pasada un domingo entero, que ni lo cuento ya.
Golpeo la puerta con los nudillos. "Que se enfría." "Un segundo, mamá." Ese segundo lleva durando tres años.
No os voy a contar esto ordenado, porque no lo vivo ordenado. Lo vivo cada tarde, otra vez, igual. A las seis me empieza el nudo. Sé lo que viene. Grito, quito, castigo. Le apago la consola del tirón. Una noche le escondí el router en el cajón de los calcetines, como quien esconde un cuchillo. A la mañana siguiente lo volví a enchufar. Siempre lo volvía a enchufar. Porque el silencio del castigo pesaba más que el ruido del juego, y porque me lo cruzaba en el pasillo con esa cara y no podía.
La mandíbula apretada todo el día. Me despertaba a las tres a echar la cuenta de las horas que llevaba él despierto al otro lado del tabique. A las amigas les decía "nada, la edad", y me reía, y dejaba de quedar. Nadie sabía la casa que teníamos dentro.
Una noche le dejé la cena en la puerta. Un plato en el suelo, delante de su cuarto, para no entrar a pelear. Me acuerdo de pensar: que lo coja cuando quiera, hoy no puedo más.
Lo recogí a medianoche. Frío, entero, sin tocar. Los auriculares se le seguían oyendo por debajo de la puerta a esas horas. Me quedé en cuclillas en el pasillo con el plato en las rodillas y caí en la cuenta de una cosa tonta: no sabía cuándo había sido la última vez que le había visto comer. Comer de verdad, sentado, delante de mí. No me salía la fecha.
Lo recogí a medianoche. Frío, entero. Y no me salía la fecha de la última vez que le vi comer.
Lo que me movió no vino de fuera. Vino de él, sin querer. Un día, por probar, en vez de sermonear me senté en el borde de su cama y le pregunté a qué jugaba. De verdad, no de trampa. Estaba entre dos partidas, esperando a que cargara la siguiente, y me soltó, sin mirarme: "Es que aquí sí se me da bien, mamá."
Aquí sí. Como si en el resto de la casa se le diera mal. Como si al otro lado de esa puerta no encontrara nada donde ganar.
Empecé por lo más pequeño y lo más difícil, que era yo. Respirar antes de subir. Bajar la voz aunque me saliera con filo. Entrar sin la frase hecha en la punta de la lengua. Días hubo en que volví a gritar y a quitar, y luego me tocaba lo raro: entrar otra vez y decir "perdona, me he pasado". Eso a mí de pequeña no me lo hizo nadie. Lo aprendí con la voz temblando.
Y fui poniendo límites que ya no necesitaban un grito para aguantarse. Una hora acordada, no arrancada a tirones. Entendí tarde que la guerra nunca fue por la consola. Era mi miedo a haberlo perdido, vestido de mano dura.
No os voy a vender un final de cuento. Sigue jugando. Yo sigo teniendo tardes en que me sale el reproche viejo. Pero anoche bajó a cenar a la primera. Y hoy, entre dos partidas, me contó una cosa de su juego y le entendí. Seis metros que fueron un abismo, y otra vez solo el pasillo de casa.



