El punto final que me tuvo tres días dándole vueltas
Había un cajón en mi cocina que no cerraba bien desde hacía meses. Había que empujarlo con la cadera, un golpecito seco y certero, y entonces sí se encajaba del todo. Llevaba así medio año, quizá más. Nunca lo arreglé porque nunca me molestó lo suficiente como para pararme a coger un destornillador. Hasta esa noche.
Estaba cenando con una amiga, de esas que ves cada dos años y aun así retomáis la conversación exactamente donde la dejasteis, como si el tiempo no hubiera pasado por en medio. Le había mandado un audio esa tarde cancelando una cosa pequeña, un café con otra persona, y había escrito la frase «mejor lo dejamos para otro día» y ya, sin florituras. Y en mitad de la cena, con el mantel de cuadros y las velas casi consumidas, mientras mi amiga me contaba algo de su hermana, yo estaba ahí, sonriendo en el momento justo, asintiendo, y por dentro estaba recitando ese audio palabra por palabra, con la entonación exacta que le había puesto. Otro día. ¿Y si sonó a excusa? ¿Y si pensó que no quería verla más? ¿Debería haber dicho «qué pena, en serio, otro día seguro»?
Fue mi amiga la que lo notó primero. Me dijo, a media frase suya, con la copa a medio camino de la boca, «¿estás aquí?». Y yo dije que sí, claro, perdona, y volví de golpe, avergonzada. Pero a los tres minutos ya estaba otra vez fuera, dentro de mi cabeza, con el mismo audio de doce segundos dando vueltas.
Esa noche, al llegar a casa ya de madrugada, abrí el cajón de la cocina con la cadera, como siempre, por costumbre, y me quedé mirándolo un momento largo, con las llaves todavía en la otra mano. Pensé: llevo tres días dándole vueltas a un audio de doce segundos y no he tocado este cajón en seis meses. Las dos cosas eran pequeñas, del mismo tamaño casi. Las dos se podían arreglar en un minuto, con un tornillo o con una frase. Pero una la había aplazado sin ningún drama, sin pensarlo dos veces, y la otra la llevaba encima como si fuera una condena de las gordas.
Lo que de verdad perdí esa noche
No perdí la amistad, ni por asomo, ni de lejos. Mi amiga ni se acuerda de esa cena, o si se acuerda es por otra cosa, por algo bueno de lo que nos reímos mucho rato. Lo que perdí fue la cena en sí. Estuve delante de una persona que quiero, en una mesa pequeña con mantel de cuadros, con una copa de vino que se calentó porque no la tocaba de tan distraída que estaba, y no estuve, no de verdad. Estuve en un audio de doce segundos que ya había mandado, que ya no se podía cambiar por mucho que lo repasara, dándole vueltas a un «otro día» que no significaba nada raro, absolutamente nada.
Eso es lo que más me costó admitir después, más que el bucle en sí mismo: que el precio no lo pago yo sola, en mi cabeza, de madrugada y a solas. Lo pagan también los ratos que debería estar con alguien y no estoy, aunque mi cuerpo esté sentado justo enfrente, sonriendo en el momento justo, como una actriz bien ensayada.
El giro pequeño
No hubo una epifanía con luz al fondo. Hubo mi amiga, esa misma noche, diciéndome sin ningún reproche, con una ceja levantada y curiosidad de verdad: «Llevas toda la cena en otro sitio. ¿Qué te pasa?». Y cuando se lo conté, cuando dije en voz alta «llevo tres días dándole vueltas a un audio donde dije mejor lo dejamos para otro día», ella se rió. No de mala manera, ni burlándose. Se rió porque, dicho así, en voz alta, delante de las dos, sonaba a lo que era en realidad: nada. Doce segundos de nada que yo había convertido en una obra de tres actos con intermedio.
Eso fue el giro entero. No que ella me arreglara la cabeza ni me diera un consejo sabio de los que se leen en un libro. Fue oír mi propio bucle en voz alta, con mis propias palabras, y notar que, fuera de mi cráneo, ocupaba mucho menos sitio del que yo le daba dentro, encerrado ahí sin ventilación.
El bucle vive de que nadie más lo vea. En cuanto sale, se hace pequeño.
Desde entonces, cuando noto que me voy, que estoy en una mesa pero no estoy del todo, intento hacer algo parecido a lo que hizo ella sin querer, casi sin saber que me estaba ayudando: decirlo. No siempre en voz alta a otra persona, a veces solo escribirlo en una libreta pequeña que tengo para esto, con tapas de colores que compré sin pensarlo mucho. «Llevo diez minutos dándole vueltas a X.» Basta con eso, con esa frase corta. Verlo escrito, o dicho, le quita ese tamaño enorme que solo tiene mientras se queda dentro, a oscuras.
Y el cajón
Lo arreglé al final, claro, un domingo cualquiera. Un tornillo, cinco minutos, y ya no hizo falta el golpe de cadera de todos los días. Sigo pensando en esa noche cuando lo abro, ahora sin esfuerzo, no con pena, sino con un poco de ternura hacia esa yo que se pasó una cena entera resolviendo algo que no necesitaba resolución ninguna, solo tiempo y una copa de vino que se enfriara en paz.
Si esta noche estás en una mesa con alguien y no estás del todo, si te reconoces sonriendo mientras por dentro repites algo que ya no tiene arreglo posible, no es que seas mala compañía, ni mala amiga. Es que el bucle se ha colado otra vez, como siempre sabe hacer. No hace falta que lo resuelvas ahí mismo, en mitad del plato. Basta con que lo notes, y con que, si puedes, lo digas. Aunque sea solo para ti, en voz baja, o en una libreta con tapas de colores.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

