UN RETO DE 30 DÍAS

Llega el domingo por la tarde y la casa se queda en un silencio raro. Enciendes la tele por tener algo de ruido. Miras el móvil por si alguien escribe, y no escribe nadie. Y esas horas hasta que se hace de noche se te hacen larguísimas, con un peso en el pecho que no sabes ni cómo nombrar.

Para quien ha aprendido a callar lo sola que se siente, y ya no sabe cómo llenar sus propios días.

Antes de que salgas corriendo: el domingo que me sacó del pozo empezó con un perro que no era mío.

«Y tú qué haces los findes?» Me lo preguntó una compañera nueva, con la boca llena de café, un lunes cualquiera. Y yo me quedé en blanco. No en plan misterioso. En blanco de verdad, como cuando te preguntan la capital de un país y sabes que la sabes y no sale.

Dije algo. «Descansar, ya sabes.» Ella asintió y siguió a lo suyo. Pero yo me pasé el resto de la mañana rebobinando el domingo anterior para ver qué había hecho, y no encontré nada. Ni una escena. Un bloque gris del que solo recordaba haber mirado mucho el techo.

Porque mi verdadero problema no eran los findes. Era el domingo. El sábado aún se defendía (recados, la compra, esa sensación de que la cosa iba). El domingo era otra bestia.

Os pongo la foto exacta, que es lo único que sé hacer. Un domingo de julio, sobre las cinco de la tarde. Fuera había una luz de esas que la gente pone en Instagram, doradita, de terraza y vermú. Y yo tenía las persianas bajadas. Del todo. No es que me molestara el sol: es que no soportaba ver lo bien que le iba el domingo a todo el mundo menos a mí. Así que apagaba el mundo y me quedaba en penumbra, en pijama, con la tele encendida sin volumen, esperando a que fueran las nueve para poder decir «bueno, ya casi es lunes» y sentir alivio. Alivio. Por que llegara el lunes. Ahí estaba yo.

Bajaba las persianas a las cinco para no ver lo bien que le iba el domingo a los demás.

Lo llamé de mil maneras para no llamarlo por su nombre. Que si era muy de mi casa. Que si necesitaba desconectar (menuda palabra; yo no desconectaba, yo me apagaba). Que si los domingos son aburridos y ya está. Todo el mundo odia un poco los domingos, ¿no? Pues no. No así. No con la persiana bajada a las cinco.

Lo que me sacó de ahí no fue una decisión. Fue un chucho. El perro de mi vecino, un teckel bajito y cabezón llamado Nano, al que su dueña operaron de la cadera. Me pidió el favor de sacarlo «solo mientras me recupero, bonita», y yo dije que sí porque no supe decir que no (ese es otro cuaderno). Y de repente tenía una cosa a la que un domingo a las cinco no le da igual que tú tengas la persiana bajada. Le da igual tu tristeza. Quiere salir. Y te mira.

El primer día lo saqué de mala gana, con gafas de sol para que no se me viera la cara de domingo. Dimos la vuelta a la manzana en once minutos, los conté. Al volver no me sentía mejor, que quede claro. Pero había estado fuera. Había visto a un señor regando geranios y me había saludado. Había pasado algo, por pequeño que fuera, en el bloque gris.

No os voy a vender que Nano me curó (murió dos años después, el pobre, y lloré como si fuera mío). Lo que hizo fue romperme la rutina de apagarme. Me obligó a poner un pie en la calle cuando mi plan era desaparecer. Y descubrí, muy a mi pesar, que el domingo se sostiene mejor si le metes una sola cosa con esquinas: una hora fija, un sitio, una criatura que te espera. No hace falta que sea un plan bonito. Basta con que sea un plan.

Empecé a apuntar esas cosas. Qué domingos se me hacían menos pozo y por qué. A qué hora me venía el bajón exacto (siempre la sobremesa, siempre esa media tarde de nada). Qué me decía por dentro cuando bajaba la persiana. Cuadernos de esos de rayas, con mi letra fea. No era terapia ni era magia. Era darme cuenta de que el domingo no me pasaba a mí como el tiempo: yo lo montaba, persiana a persiana, y podía montarlo de otra manera.

Hice cuentas, ya que estamos con los datos. Un año tiene cincuenta y dos domingos. Si con suerte te quedan cuarenta años por delante, son más de dos mil domingos. Dos mil tardes. Yo llevaba tirando a la basura, con la persiana bajada, unas cien al año sin darme cuenta. Escríbelo tú también, a ver qué número te sale. Ese número es tu vida un domingo de cada siete. No te pido que los llenes de planes preciosos. Te pido que dejes de apagarlos antes de que empiecen.

¿Te suena?

Los domingos por la tarde se te hacen eternos y no sabes por qué.
Tienes el móvil en la mano por si alguien escribe. No escribe nadie.
Dices que estás bien, pero por dentro te sientes muy sola.
Te da hasta vergüenza reconocer lo mucho que pesa el silencio.
17 €Los domingos eran lo peor
EL CUADERNO

Lo que hice fue apuntar mis domingos hasta que dejaron de ser un pozo

Aquellos cuadernos de rayas con mi letra fea se convirtieron en esto: treinta días para desmontar el domingo pieza a pieza, sin promesas de terraza y vermú, para la que ahora mismo tiene la persiana bajada a las cinco.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.

17 € es menos de lo que te gastas en el brunch de un domingo que luego no disfrutas; esto son treinta para dejar de tirarlos.

✓ Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas

Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez

Cada día trae una lectura corta y sin rodeos, un paso de hoy (una micro-acción realista, nada de «apúntate a un maratón») y unas preguntas con hueco para escribir a mano, con tu letra, aunque sea fea como la mía.

«Mi pacto con los domingos»

Una página para completar y firmar, para releer justo esos domingos a las cinco en que no te vas a acordar de nada de esto y estarás a punto de bajar la persiana.

El Día 27, de cara

El día que separa un domingo cuesta arriba de una tristeza que ya no es solo del domingo (una depresión) y te dice, sin dramatizar, adónde acudir y a quién llamar.

Sitio para tu propia letra

No es un libro para leer y cerrar. Es un cuaderno para rellenar: cada día deja un hueco en blanco que es tuyo, para lo que a ti te pasa ese domingo concreto.

En PDF, tuyo para siempre

Lo descargas, lo imprimes si quieres tenerlo en la mesilla, y lo empiezas el domingo que decidas. No caduca, no es una app que te manda notificaciones. Es tuyo.

Así es un día dentro del cuaderno

DÍA 7 · UN DÍA CUALQUIERA
  • Una lectura corta, de dos minutos, que no te sermonea.
  • Un solo paso para hoy. Pequeño a propósito: cabe en tu peor día.
  • Espacio para escribirlo a tu mano. Lo tuyo, con tus palabras.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Mirar el domingo de frente: a qué hora llega el bajón y qué te dices al bajar la persiana

Semana 2

Meterle una cosa con esquinas: una hora fija, un sitio, algo que te espere fuera de casa

Semana 3

Domingos habitables de verdad: la sobremesa, la tarde de nada, el domingo que estás sola

Semana 4

Un domingo que no haya que sobrevivir: llegar al lunes sin haberte apagado

Quién lo escribe

T

Por Teresa Lucas

Teresa Lucas es correctora de textos en Valencia y sigue sacando a pasear a un teckel, ahora uno propio que se llama Higo. Escribió este cuaderno con la misma letra fea con la que apuntaba sus domingos.

Nuestro trato contigo

  1. No te diremos que en 30 días estarás curada. No funciona así, y lo sabes.
  2. No hay testimonios inventados, ni cuentas atrás falsas, ni «solo quedan 3».
  3. Si abres el cuaderno y no te habla, te devuelvo el importe. Sin preguntas, durante 30 días.
Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un acompañamiento para recorrer a solas, con calma y a tu ritmo. Si la soledad viene con una tristeza que no levanta o te quita las ganas de todo, un profesional puede ayudarte de una forma que un libro no puede. Esto es una mano al lado, no un tratamiento.
Me da un poco de vergüenza reconocer que me siento sola. ¿Voy a tener que contárselo a alguien?
A nadie. Es tuyo y solo tuyo. Se lee en casa, sin que nadie sepa que lo tienes. No hay grupos, ni exponerte, ni contar tu vida. Solo tú y estas páginas.
¿Y si soy tímida o me cuesta mucho la gente? ¿Me va a empujar a socializar a la fuerza?
No. Aquí nadie te va a obligar a apuntarte a nada ni a llenar tu agenda de golpe. Se avanza a tu ritmo, en pasos pequeños y realistas, empezando por reconciliarte con tu propia compañía. La gente viene después, y a tu manera.
¿Cuánto tiempo me lleva al día?
Un rato corto. Cada día trae una lectura breve y honesta y un pequeño paso para hoy. Diez minutos con un café bastan. No es deberes; es un cuidado.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.

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