«Y tú qué haces los findes?» Me lo preguntó una compañera nueva, con la boca llena de café, un lunes cualquiera. Y yo me quedé en blanco. No en plan misterioso. En blanco de verdad, como cuando te preguntan la capital de un país y sabes que la sabes y no sale.
Dije algo. «Descansar, ya sabes.» Ella asintió y siguió a lo suyo. Pero yo me pasé el resto de la mañana rebobinando el domingo anterior para ver qué había hecho, y no encontré nada. Ni una escena. Un bloque gris del que solo recordaba haber mirado mucho el techo.
Porque mi verdadero problema no eran los findes. Era el domingo. El sábado aún se defendía (recados, la compra, esa sensación de que la cosa iba). El domingo era otra bestia.
Os pongo la foto exacta, que es lo único que sé hacer. Un domingo de julio, sobre las cinco de la tarde. Fuera había una luz de esas que la gente pone en Instagram, doradita, de terraza y vermú. Y yo tenía las persianas bajadas. Del todo. No es que me molestara el sol: es que no soportaba ver lo bien que le iba el domingo a todo el mundo menos a mí. Así que apagaba el mundo y me quedaba en penumbra, en pijama, con la tele encendida sin volumen, esperando a que fueran las nueve para poder decir «bueno, ya casi es lunes» y sentir alivio. Alivio. Por que llegara el lunes. Ahí estaba yo.
Bajaba las persianas a las cinco para no ver lo bien que le iba el domingo a los demás.
Lo llamé de mil maneras para no llamarlo por su nombre. Que si era muy de mi casa. Que si necesitaba desconectar (menuda palabra; yo no desconectaba, yo me apagaba). Que si los domingos son aburridos y ya está. Todo el mundo odia un poco los domingos, ¿no? Pues no. No así. No con la persiana bajada a las cinco.
Lo que me sacó de ahí no fue una decisión. Fue un chucho. El perro de mi vecino, un teckel bajito y cabezón llamado Nano, al que su dueña operaron de la cadera. Me pidió el favor de sacarlo «solo mientras me recupero, bonita», y yo dije que sí porque no supe decir que no (ese es otro cuaderno). Y de repente tenía una cosa a la que un domingo a las cinco no le da igual que tú tengas la persiana bajada. Le da igual tu tristeza. Quiere salir. Y te mira.
El primer día lo saqué de mala gana, con gafas de sol para que no se me viera la cara de domingo. Dimos la vuelta a la manzana en once minutos, los conté. Al volver no me sentía mejor, que quede claro. Pero había estado fuera. Había visto a un señor regando geranios y me había saludado. Había pasado algo, por pequeño que fuera, en el bloque gris.
No os voy a vender que Nano me curó (murió dos años después, el pobre, y lloré como si fuera mío). Lo que hizo fue romperme la rutina de apagarme. Me obligó a poner un pie en la calle cuando mi plan era desaparecer. Y descubrí, muy a mi pesar, que el domingo se sostiene mejor si le metes una sola cosa con esquinas: una hora fija, un sitio, una criatura que te espera. No hace falta que sea un plan bonito. Basta con que sea un plan.
Empecé a apuntar esas cosas. Qué domingos se me hacían menos pozo y por qué. A qué hora me venía el bajón exacto (siempre la sobremesa, siempre esa media tarde de nada). Qué me decía por dentro cuando bajaba la persiana. Cuadernos de esos de rayas, con mi letra fea. No era terapia ni era magia. Era darme cuenta de que el domingo no me pasaba a mí como el tiempo: yo lo montaba, persiana a persiana, y podía montarlo de otra manera.
Hice cuentas, ya que estamos con los datos. Un año tiene cincuenta y dos domingos. Si con suerte te quedan cuarenta años por delante, son más de dos mil domingos. Dos mil tardes. Yo llevaba tirando a la basura, con la persiana bajada, unas cien al año sin darme cuenta. Escríbelo tú también, a ver qué número te sale. Ese número es tu vida un domingo de cada siete. No te pido que los llenes de planes preciosos. Te pido que dejes de apagarlos antes de que empiecen.



