Bienestar

Cómo llenar los domingos cuando vives sola (sin forzarte a nada)

El domingo por la mañana todavía se sostiene solo: hay café, quizá el periódico o el móvil con calma, la sensación de que el día tiene todavía forma de fin de semana. Es por la tarde cuando la casa se queda callada de otra manera, más honda, distinta al silencio de la mañana, y tú miras el sofá, la tele apagada reflejando la ventana, el móvil boca arriba sobre la mesa, y piensas: ya está, ya llegó otra vez esto, esta sensación con nombre propio que ya conoces de sobra. Si te ha pasado, esto es para ti, no para quien organiza brunches con amigas cada semana y llena el domingo sin esfuerzo.

Antes de nada, una aclaración importante: no se trata de llenar el domingo de actividades para que no te dé tiempo a pensar, como quien tapa un agujero con lo primero que encuentra. Eso cansa más de lo que ayuda, y en cuanto se acaba el plan, el vacío vuelve igual de grande, solo que ahora también estás agotada y con la sensación añadida de haber corrido para nada. Se trata de otra cosa, más de fondo: darle una forma pequeña al día antes de que te lo encuentres vacío de golpe, como quien prepara el terreno antes de que llueva.

Paso 1: decide una sola cosa, la noche antes

El sábado por la noche, antes de acostarte, con la casa ya recogida y el pijama puesto, elige una sola cosa concreta para el domingo. No una lista con siete tareas que suenan a propósito de año nuevo hecho con prisa. Una cosa. Puede ser tan pequeña como "voy a hacer tortilla para comer" o "voy a ir a la papelería a por un cuaderno nuevo, el de tapas verdes que vi el otro día".

La clave está en decidirlo antes, con la cabeza descansada del sábado, y no dejarlo para cuando ya estás dentro del domingo vacío, porque desde ahí todo pesa el doble y nada apetece, ni siquiera lo que en teoría te gusta. Escríbelo en un papel si quieres, algo tan simple como una nota en la nevera sujeta con el imán del recuerdo de un viaje. Verlo escrito ya cambia algo: deja de ser una intención flotando en tu cabeza, de esas que se evaporan a media mañana, y se convierte en un plan, aunque sea diminuto, con su propia realidad en el mundo.

Paso 2: ancla el día a gestos físicos pequeños

Los domingos se deshacen fácil porque no tienen la estructura que les da el trabajo entre semana. Nadie te espera a las nueve, nadie nota si sigues en pijama a las cuatro de la tarde con el pelo sin lavar y las cortinas medio cerradas. Por eso ayuda ponerle tú esa estructura, aunque sea mínima, aunque parezca casi tonta de lo simple que es, a base de gestos físicos que el cuerpo reconoce.

  • Hacer la cama nada más levantarte, aunque no vayas a ningún sitio.
  • Vestirte como si fueras a salir, aunque solo sea a por el pan.
  • Salir a la calle un rato, aunque sea diez minutos y despacio.
  • Comer sentada a la mesa, no de pie ni con el plato en las rodillas.

Ninguno de estos gestos es gran cosa por separado, y puede que el primer domingo te parezcan casi ridículos de pequeños. Juntos, hacen que el día tenga un esqueleto, algo que lo sostenga por dentro como las varillas de un paraguas. No es magia, es simplemente darle al domingo la misma dignidad de rutina que le das, sin pensar, al martes, cuando te levantas y haces todo esto en piloto automático sin ni siquiera plantearte que es un esfuerzo.

Paso 3: un hueco corto que sea solo tuyo

Esto no es para tapar el silencio con ruido, como quien pone la radio a todo volumen para no oír sus propios pensamientos. Es al contrario: es para habitar ese rato en vez de huir de él. Reserva un tramo corto, veinte o treinta minutos, para algo que sea solo tuyo y que no dependa de que llegue nadie ni de que suene el móvil sobre la mesa.

Puede ser leer unas páginas con un té todavía humeante, escribir cuatro líneas en un cuaderno sin pensar demasiado en si suena bien, regar las plantas despacio hoja por hoja, escuchar un disco entero sentada sin hacer nada más, ni siquiera mirar el móvil de fondo. La idea no es distraerte de la soledad, es estar en ella un rato de un modo que se sienta tuyo y no impuesto por la ausencia de otra cosa. Ese hueco pequeño, repetido domingo tras domingo, empieza a convertirse en algo que esperas durante la semana, no en algo que temes cuando ves que se acerca el fin de semana en el calendario.

Esto que lees es una idea de «Los domingos eran lo peor» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Paso 4: permiso para recaer en el sofá

Va a haber domingos en los que nada de esto pase. Te vas a quedar en el sofá con la tele puesta "para que hubiera una voz", vas a saltarte la cosa pequeña que decidiste el sábado sin ni siquiera acordarte de ella hasta la noche, vas a comer de pie mirando el móvil con el plato apoyado en la encimera. Va a pasar, más de una vez, y no significa que el método no sirva ni que hayas vuelto al punto cero como si los domingos anteriores no hubieran existido.

Hubo domingos que recaí... pero ya sabía volver.

Volver es literalmente eso: el domingo siguiente, decidir otra vez una sola cosa pequeña la noche antes, sin darle más vueltas al domingo perdido de las necesarias. No hace falta recuperar el domingo perdido ni compensarlo con el doble de esfuerzo, como si debieras algo. Cada domingo es una oportunidad nueva, no un examen acumulativo donde arrastras la nota de la semana anterior. Aceptar la recaída sin castigarte por ella es, de hecho, parte de que el paso siguiente sea posible, en vez de quedarte atascada en la culpa de no haberlo hecho bien.

Un día cada vez, sin prisa

No hace falta convertirte en otra persona ni llenar la agenda de golpe para que el domingo deje de dolerte tanto. Basta con ir dándole forma, un gesto pequeño cada vez, sabiendo que algunos domingos van a ganar el sofá y está bien que sea así, sin que eso borre los domingos en los que sí funcionó. Si notas que este vacío no se mueve por mucho que lo intentes, que te acompaña casi todos los días y no solo el domingo, que ni la tortilla ni el paseo ni el cuaderno lo aflojan, no dudes en hablarlo con un profesional: hay soledades que se alivian con un cuaderno y un paso pequeño, y otras que merecen más apoyo, y las dos son igual de válidas y de reales.

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Me siento sola aunque tengo amigos: por qué pasa y qué hacer hoy

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

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