Se me acelera el corazón de repente y sin motivo: por qué pasa
Son las seis y cuarto de la tarde y estás en la cola del súper, con el carro medio lleno —dos yogures, pan, algo para la cena de mañana—, pensando en nada en concreto, quizá en si te queda detergente en casa. Y de golpe, sin previo aviso, el corazón empieza a ir a mil. No has corrido. Nadie te ha asustado. No hay ningún ruido extraño, ningún susto de verdad. Miras alrededor y la señora de delante sigue mirando el móvil, el cajero sigue pasando productos por el escáner, todo sigue igual de tranquilo. Solo tú, por dentro, estás en medio de una alarma que nadie más oye ni ve.
Se te tensa la mano en el carro. Notas el pulso en el cuello, en las sienes, casi en los oídos. Y aparece esa pregunta que se cuela sin permiso: '¿me está dando algo?'. Si esto te ha pasado, sabes que la palabra que mejor lo describe es 'de repente'. No hay un aviso previo, no hay un pensamiento que lo dispare y que puedas identificar a tiempo para pararlo. Un momento estás pensando en el detergente y al siguiente el pecho te va a mil, te falta el aire, y piensas, con una certeza que no admite discusión, que algo grave te está pasando ahí mismo, delante de todo el mundo. Puede que sea en el sofá, viendo la tele con la manta puesta. Puede que sea conduciendo, con las manos apretando el volante. Puede que sea sin ton ni son, en mitad de una tarde cualquiera, doblando la ropa recién tendida.
Lo que de verdad está pasando
Tu cuerpo tiene un sistema de alarma muy antiguo, uno que llevamos incorporado desde mucho antes de que existieran los súper, las colas y las autopistas. Ese sistema está diseñado para una sola cosa: detectar peligro y prepararte para salir corriendo o para plantar cara, ya, sin pensarlo dos veces. Cuando se activa, el corazón bombea más rápido para llevar sangre a los músculos, la respiración se acelera para meter más oxígeno, las pupilas se dilatan, y todo tu cuerpo se pone en modo 'esto es una emergencia', exactamente igual que si tuvieras delante algo de lo que hay que escapar corriendo.
El problema es que esa alarma, a veces, salta sin que haya ningún peligro real delante. No hay un león, no hay un coche que se te echa encima, no hay nada que amenace tu vida ahora mismo, en esta cola, con estos yogures en el carro. Pero tu cuerpo no lo sabe distinguir en ese instante. Ha sonado la alarma igual, con la misma intensidad que si el peligro fuera real, y tú te quedas ahí, con todas las señales de emergencia encendidas y ninguna emergencia a la vista, notando cómo la gente sigue con su vida normal mientras la tuya, por dentro, se ha puesto patas arriba.
Esto no es un fallo del corazón. No es que tu cuerpo esté roto, ni que tengas algo escondido que nadie ha sabido ver. Es un sistema de protección que se ha vuelto demasiado sensible, normalmente después de haber pasado una temporada larga con miedo, con estrés acumulado, con la guardia siempre puesta aunque no lo notaras conscientemente. Es un cuerpo cansado de tener miedo, que ya salta a la mínima, como una alarma de coche demasiado sensible que se dispara con el viento.
Por qué el electro sale normal
Muchas vamos a urgencias la primera vez que nos pasa esto, convencidas de que es el corazón, con el bolso mal cogido y el miedo todavía en la garganta durante todo el trayecto. Y el electro sale normal. Y los análisis salen normales. Y entonces, en vez de tranquilidad, llega otra pregunta que asusta todavía más, ahí sentada en la camilla con la bata fina y el papel del informe recién impreso: si no tengo nada, ¿por qué me pasa esto? ¿Estoy loca?
No, no estás loca. Que el electro salga normal no significa que no tengas nada: significa que tu corazón está sano y que lo que ha pasado no ha sido un fallo cardíaco, sino una respuesta de alarma. Son cosas distintas, aunque se sientan idénticas desde dentro. El corazón puede acelerarse muchísimo, con toda la fuerza de una emergencia real, sin que haya ningún daño físico detrás. Eso no lo hace menos real ni menos agotador: sigue siendo tu cuerpo entero temblando en una cola de súper. Solo significa que el peligro no estaba en tu corazón, sino en un sistema de alarma que se ha disparado de más, como el detector de humo que salta porque has tostado demasiado el pan, no porque haya fuego.
Nombrar el disparo, no callarlo
No te voy a pedir que respires hondo y ya se pase, porque sabes tan bien como yo que eso no funciona así, sin más, cuando el pecho va como un tambor. Lo que sí te propongo es algo más pequeño: la próxima vez que el corazón se dispare, en vez de pelear contra la sensación o de convencerte a toda prisa de que no es nada, prueba a nombrar lo que está pasando. Aunque sea en voz baja, aunque sea solo para ti, con la mano apoyada en el carro o en el volante: 'esto es mi cuerpo en alarma, no me estoy muriendo'.
No hace falta que te lo creas del todo la primera vez. No hace falta que el corazón baje de golpe en cuanto lo digas, ni que dejes de notar el pulso en el cuello a media frase. Es solo un ancla, una frase pequeña que le recuerda a tu cabeza qué es esto, en medio del susto, cuando todo lo demás grita lo contrario. Con el tiempo, y solo con el tiempo, esa frase empieza a pesar más que el miedo, como una gotera que al final consigue vaciar el cubo aunque cada gota parezca insignificante.
Esto tiene nombre, le pasa a muchísima gente, y no es que tú estés fallando.
Si alguna vez sientes que esto se te escapa de las manos, que dura demasiado o que va a más en vez de a menos, pedir ayuda profesional no es un fracaso, es cuidarte, igual que irías al médico por cualquier otra cosa del cuerpo que no termina de encajar.
No te prometo que no vuelva a pasar. Sería mentirte, y esto no va de eso. Pero sí puedo decirte que entender qué es esto cambia la forma en que lo vives cada vez, aunque el corazón se acelere igual. Y que no estás sola en la cola de ese súper, con el carro a medio llenar y el mundo mirando para otro lado, aunque en ese momento lo parezca.
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