Adicción

Por qué esconder el alcohol no funciona (aunque lo hayas hecho mil veces)

Has mirado detrás de los libros de la estantería del salón. Has movido la maceta grande, la pesada, para ver si algo estaba escondido detrás, con las manos manchadas de tierra. Has vaciado una botella entera en el fregadero a las once de la noche, callada, de puntillas, con el grifo abierto a la vez para que el ruido del agua tapara el ruido del líquido cayendo por el desagüe. Y al día siguiente, o a los dos días como mucho, ha aparecido otra en su sitio de siempre.

Si has hecho esto, no vengo a decirte que estuvo mal, ni una sola vez de todas las que lo hiciste. Vengo a explicarte, sin juzgarte ni un segundo, por qué no funcionó ni iba a funcionar. Porque seguramente ya lo sabes en el cuerpo, en el estómago, aunque nadie te lo haya dicho con palabras claras: lo intentaste, con toda tu energía y tu ingenio, y volvió a pasar exactamente igual. Y una parte de ti debe de pensar que el fallo fue tuyo, que no buscaste bien el escondite, que si hubieras encontrado el sitio de verdad esta vez sí habría cambiado algo de fondo.

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

Por qué se te ocurre esconderlo

Esconder o tirar el alcohol es lo primero que se le ocurre a cualquier madre o padre que ve a su hijo hundirse en esto delante de sus propios ojos. No es ingenuidad tuya, es amor con las manos atadas y desesperado por encontrar algo que hacer. Necesitas hacer algo, lo que sea, porque quedarte quieta viendo cómo bebe, noche tras noche, es sencillamente insoportable para cualquier madre. Esconder la botella te da, durante un rato, la sensación de que has actuado, de que has hecho tu parte. De que esa noche, al menos, hiciste algo por él en vez de quedarte mirando.

Lo que se te escapa, aunque sea comprensible que se te escape, es que la adicción no está guardada dentro del cristal de esa botella concreta. Vive en él, en lo que le lleva a buscarla una y otra vez, en el alivio que encuentra ahí dentro que en ningún otro sitio de su vida encuentra igual de rápido. Si escondes una, comprará otra en cuanto pueda, o pedirá dinero para otra con cualquier excusa, o irá a buscarla a donde sea necesario, aunque tenga que caminar un buen rato. La botella es solo el objeto, el envase. El hambre de fondo sigue exactamente donde estaba antes de que tú la escondieras.

Lo que de verdad te cuesta esconderla

Y aquí está lo que nadie te cuenta cuando empiezas a hacerlo: esconder no es gratis para ti, tiene un precio que pagas tú sola. Cada vez que lo haces, se te añade una tarea más a la lista invisible que ya llevas. Vigilar dónde la guarda esta vez. Comprobar si ha vuelto a comprar en el mismo sitio de siempre. Repetir la búsqueda la semana siguiente, y la siguiente, con el corazón encogido cada vez que entras en su cuarto a mirar entre su ropa como si registraras una habitación ajena. Te conviertes en una especie de detective de tu propia casa, con linterna mental encendida a todas horas, y ese papel te agota sin arreglar nada por debajo de la superficie.

Mientras tú buscas botellas con más cuidado cada vez, él aprende a esconderlas mejor con la misma velocidad. Es un juego que no tiene fin, y en el que las dos personas pierden, aunque de maneras distintas: él sigue bebiendo exactamente igual, y tú vas perdiendo las horas de sueño, la paz de estar tranquila en tu propia casa, la confianza en ti misma como madre que sabe qué hacer.

Lo que sí cambia algo

Lo que mueve algo, aunque sea despacio y sin garantías, no es esconder ni vigilar con más ahínco. Es poner un límite que él conozca, dicho de frente y sin escondites, y sostenerlo aunque duela sostenerlo. Tirar el alcohol a escondidas a las once de la noche no pesa lo mismo que decirle, mirándolo a los ojos, en una conversación tranquila de sobremesa: en esta casa no voy a comprar alcohol ni a guardarlo para nadie, y si tú lo traes, es cosa tuya, no mía. La primera acción es control silencioso y solitario; la segunda es un límite claro, sostenido en el tiempo, que ya no depende de que tú encuentres el escondite perfecto cada semana.

  • Esconder: tú actúas sola, de noche, sin que él lo sepa, y repites cada semana
  • Límite: se lo dices de frente, una vez, con calma, y lo sostienes aunque insista
  • Esconder: la responsabilidad de que no beba recae en ti
  • Límite: la responsabilidad de lo que hace con el alcohol vuelve a ser suya
Esto que lees es una idea de «Mi hijo adulto no sale de la adicción» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La diferencia no está en si consigues que deje de beber esa noche en concreto. Puede que no, y hay que aceptarlo de antemano para no desesperarte al segundo día. La diferencia está en dónde queda la carga después: si sigue siendo tuya, escondida en tu insomnio y en tus rondas nocturnas por la casa, o si empieza a ser suya, donde siempre debió estar desde el principio.

Si en algún momento lo que ves en casa te hace temer por su seguridad inmediata o la de alguien más, eso ya no se resuelve escondiendo nada por muy bien que lo escondas: ahí toca pedir ayuda profesional o de urgencias, sin esperar a la mañana siguiente ni a ver cómo amanece.

No hiciste mal en intentarlo. El problema pedía otra herramienta, y nadie te la había dado todavía.

Decirlo en voz alta en vez de tirarla en silencio

No hace falta que decidas hoy mismo dejar de vigilar del todo, de un día para otro. Basta con que la próxima vez que encuentres una botella escondida detrás de algo, en vez de tirarla en silencio con el grifo abierto, pruebes a decir en voz alta, con calma y sin gritar, una sola frase: que esa no es tu tarea, que tú no vas a seguir buscando por toda la casa. No necesitas que él reaccione bien, ni que te dé la razón, ni siquiera que te conteste. Solo necesitas empezar a soltar ese papel de detective que llevas cargando demasiado tiempo sobre los hombros, un día cada vez, una botella menos escondida cada vez.

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Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que lleva años rescatando a un hijo adulto y ya no sabe cómo dejar de hacerlo sin abandonarlo.

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