Adicción

Por qué esconder las botellas no funciona, aunque parezca ayudar

La primera vez que escondiste algo suyo no lo pensaste ni un segundo, fue puro reflejo. Fue automático: viste la botella medio llena en la encimera de la cocina, la cogiste con la mano que tenías libre y la metiste en el armario de debajo del fregadero, detrás de los productos de limpieza que nadie mueve nunca. Y por un momento, mientras la tapabas con el trapo viejo de siempre, sentiste algo parecido al alivio. Como si por fin hubieras hecho algo útil con tus propias manos.

Si tú también cuentas copas de reojo desde la otra punta de la mesa, si has vaciado alguna botella entera en el fregadero cuando no había nadie mirando, con el grifo abierto para disimular el ruido, si llevas la cuenta mental de cuántas pastillas quedaban en el blíster la última vez que lo miraste a escondidas, esto es para ti. Y quiero decirte algo antes de seguir leyendo: no eres tonta por hacerlo, ni vas de sentido común al revés como a veces te sientes. Es lo que hace casi todo el mundo que quiere de verdad a alguien con una adicción. Por eso hay que hablar de ello sin vergüenza, no para señalarte con el dedo, sino porque yo también lo hice, muchísimas veces, y tardé años en entender por qué nunca funcionaba del todo.

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

Por qué parece que ayuda

Esconder, contar o vigilar da la sensación real de estar haciendo algo con tus propias manos frente a un problema que no controlas con nada más. Es lógico, incluso razonable visto de cerca: si el problema es que hay alcohol o pastillas en la casa, quitarlas de en medio parece la solución más directa que existe. Si el problema es que bebe sin que tú te enteres, contar las copas una a una parece la única forma de saberlo con certeza. El razonamiento tiene su lógica interna. El problema, el de verdad, es lo que pasa después de esconderla.

Lo que pasa después es que él encuentra otra botella en otro sitio, o la compra de camino a casa, o simplemente espera a que no estés para sacarla del escondite que tú misma inventaste. Y tú, en vez de darte cuenta de una vez de que el escondite no funcionó ni esta ni ninguna otra vez, buscas un escondite mejor, más ingenioso. Un armario más alto. Una hora distinta del día para mirar. Te vuelves cada vez más experta en vigilar, no en vivir tu propia vida. Y la adicción, mientras tanto, sigue su curso propio, casi indiferente a todo tu ingenio acumulado.

No es que él sea más listo que tú, ni que te gane siempre la partida por habilidad. La adicción no se sostiene en la disponibilidad de una botella concreta en una casa concreta, se sostiene en algo mucho más adentro, algo que ni tú ni yo podemos vaciar por el fregadero de la cocina por mucho que lo intentemos.

Lo que de verdad hace esa vigilancia es a ti

Aquí está la parte que casi nadie te dice a la cara: mientras vigilas si ha bebido, cuántas copas exactas, dónde ha vuelto a esconder él lo que tú escondiste antes que él, no estás en ningún otro sitio de tu propia vida. No estás leyendo el libro que tenías a medias en la mesilla desde hace meses. No estás durmiendo del tirón ni una sola noche entera. No estás de verdad en la conversación con tu hija aunque estés sentada justo a su lado, estás ahí físicamente pero con la cabeza calculando cuánto puede quedar en la botella que dejaste a medio esconder esta mañana.

Ese es el coste real de todo esto, y es enorme aunque no se vea a simple vista ni salga en ningún recibo: horas enteras, la cabeza siempre ocupada, la confianza en tu propio criterio poco a poco erosionada porque cada vez que fallas en detectarlo o en impedirlo, sientes que fallas tú como persona, no que el método entero nunca iba a funcionar desde el principio.

No estabas fallando tú. Estaba fallando la idea de que podías controlar algo que nunca estuvo en tus manos controlar.

Qué hacer en su lugar, hoy

Esto que lees es una idea de «Dejé de intentar salvarlo» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No te voy a pedir que dejes de cuidar de golpe, ni que mires para otro lado como si no pasara nada en tu propia casa. Te voy a pedir algo mucho más pequeño y mucho más raro para ti, lo reconozco: hoy, la próxima vez que tengas el impulso de esconder algo suyo o de contar algo suyo con la mirada, para un segundo entero antes de hacerlo. No para dejar de hacerlo necesariamente hoy mismo, sería pedirte demasiado de golpe. Solo para notar el impulso tal cual es. Ponle nombre en voz baja, aunque sea solo para ti, en la cocina vacía: "esto es miedo, no es control real de nada".

Y luego, si puedes, haz una cosa pequeña para ti en su lugar, aunque sea torpe la primera vez. Sal al balcón dos minutos aunque haga frío. Escribe una línea de lo que sientes en ese momento exacto, a mano, sin corregirla ni releerla. No pretende ser ninguna solución mágica que arregle nada: es solo el primer gesto para dejar de poner toda tu energía en un lugar que, la verdad, nunca la ha necesitado tanto como te ha hecho creer, ni tanto como la necesitas tú misma.

Esto no es dejar de cuidar

Quiero cerrar esto con mucha claridad, sin dejar lugar a dudas, porque sé exactamente lo que se piensa cuando alguien te dice "deja de vigilar": que te estoy diciendo que abandones, que mires para otro lado, que dejes de importarte lo que le pase a él. No es eso, ni de lejos. Dejar de esconder botellas no es dejar de quererlo, sino dejar de cargar tú sola, con tus dos manos y tu cabeza entera, algo que nunca dependió de tus manos ni de tu cabeza para resolverse.

Si en algún momento la situación en casa se vuelve peligrosa de verdad, si hay violencia real, si temes por tu seguridad o la de otros bajo ese mismo techo, eso no se resuelve con un paso al día ni con dejar de esconder botellas de ninguna manera: eso es momento de pedir ayuda profesional o de llamar a emergencias, sin esperar a nada más ni a nadie.

Para todo lo demás, para ese desgaste diario y silencioso de vigilar algo que nunca dependió de ti, el camino no es hacerlo mejor ni más fino, sino hacer otra cosa completamente distinta: un día a la vez, empezar a mirar hacia ti misma con la misma atención minuciosa que llevas años poniendo en él.

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Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien lleva años rescatando a alguien que quiere, y se está ahogando con él.

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