Bienestar

Me levanto sin rumbo desde que me jubilé y el día se me hace eterno

Abres los ojos y no suena nada. Ni el despertador, ni la alarma del móvil, ni esa vocecita interna que antes te decía, con cierta urgencia incluso los sábados, "venga, arriba, que llegas tarde". Te despiertas y el día, en vez de empezar con un empujón desde fuera, simplemente está ahí, abierto de par en par, sin ninguna instrucción escrita en ningún sitio. Te quedas un momento mirando el techo, esperando esa señal que ya no va a llegar. Y en vez de sentir el alivio que te prometieron, sientes otra cosa, algo bastante más parecido al vértigo, el mismo que sentirías asomada a un balcón demasiado alto.

Si a las cuatro de la tarde ya no sabes qué hacer contigo, si te sorprendes de pie en medio del salón sin recordar para qué habías entrado, y el reloj de la cocina parece haberse parado justo en esa hora muerta, quiero decirte algo antes que nada: no te está pasando nada raro. Un día sin forma no se vive como descanso. Se vive como un desierto, y en los desiertos también hace falta encontrar sombra.

La promesa que no se cumple

Durante años te dijiste, y te dijeron, con esa mezcla de consuelo y envidia sana que ponía la gente, "ya podrás descansar cuando te jubiles". Sonaba a premio final, a línea de meta. Sonaba a mañanas largas bajo el edredón y tardes sin nada que hacer, como unas vacaciones que no se acaban nunca y en las que nadie te reclama nada. Y entonces llegas, de verdad, sin vuelta atrás, y descubres que ese descanso prometido no aparece solo por dejar de trabajar, como si fuera automático.

El descanso necesita un contraste para sentirse como descanso de verdad. Antes, la tarde libre era un premio precisamente porque venía después de la mañana ocupada, del despertador, del tráfico, de las tareas resueltas una tras otra. Ahora la mañana también está vacía de principio a fin, y una tarde vacía detrás de otra mañana vacía no descansa nada. Simplemente se alarga, como un pasillo sin puertas.

Por eso el mediodía puede pasar sin pena ni gloria, casi sin que te des cuenta, entretenido con la comida y el telediario. Pero las cuatro de la tarde se convierten en la hora más larga del día entero. Ya comiste, ya recogiste la cocina, ya lavaste los platos que ni siquiera eran tantos, y todavía quedan horas por delante sin ningún sitio adonde ir ni nadie esperándote. Ahí, justo ahí, es donde el vacío aprieta más fuerte.

El error de llenarlo todo de golpe

Lo primero que probé, y quizá tú también lo has probado, fue hacer una lista. Una lista larga, ambiciosa, casi eufórica, de todo lo que "por fin" iba a poder hacer ahora que sobraba tiempo: clases de algo, paseos largos, el huerto que siempre quise tener, ese curso pendiente desde hace diez años, ordenar las fotos acumuladas de tres décadas. Me senté un domingo por la mañana, con un cuaderno nuevo todavía con olor a papelería, y apunté quince cosas seguidas, casi sin respirar entre una y otra.

El lunes ya no me apetecía ninguna de las quince. Ni una sola. Y me sentí todavía peor que el día anterior, porque encima de sentirme vacía me sentía perezosa, como si el problema fuera de carácter y no de otra cosa. Tardé un tiempo, más del que me hubiera gustado, en entender de quién era en realidad esa lista: de una mujer con ganas y energía de otra época de su vida, escrita desde el pánico de no saber qué hacer con tantas horas por delante, no desde lo que de verdad me apetecía a mí, ahora, con los pies en este presente.

Intentar llenar el día entero de golpe no resuelve el vacío, aunque lo parezca sobre el papel de un domingo optimista. Solo lo tapa un rato, como una tirita sobre una herida que sigue abierta debajo, y cuando ninguna de esas quince cosas te ilusiona a la primera, el vacío vuelve, y encima trae compañía: la sensación amarga de que ni siquiera sabes ya divertirte con nada, tú, que antes disfrutabas de cosas tan sencillas.

El paso de hoy: una sola franja, no el día entero

Así que hoy no te voy a pedir que organices tu vida entera de un tirón. Te voy a pedir mucho menos, algo casi ridículo de lo pequeño que suena. Elige solo una franja del día, la mañana o la tarde, la que peor lo esté pasando ahora mismo, la que más se te atraganta, y dale una forma mínima. Solo esa. La otra la dejamos en paz por hoy.

Si es la tarde la que se te hace eterna, no intentes resolver también la mañana de paso, aunque tengas la tentación. Piensa en una sola cosa pequeña y concreta que puedas hacer entre las cuatro y las seis, ese tramo exacto que se te hace bola: una llamada a alguien con quien llevas tiempo sin hablar de verdad, un paseo corto con un destino real y no un simple "a caminar", aunque ese destino sea solo la panadería de la esquina, veinte minutos de algo que te guste sin que tenga que "servir para algo" ni justificarse ante nadie.

Esto que lees es una idea de «Me jubilé y dejé de saber quién soy» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • Elige una sola franja, mañana o tarde, no las dos
  • Que la actividad tenga un destino concreto, no un propósito grandioso
  • Que sea corta, de veinte o treinta minutos, no un plan de tarde entera
  • Repítela unos días antes de añadir nada más

No hace falta que esa cosa pequeña te ilusione todavía, ni que la disfrutes desde el primer intento. Basta con que le dé al tramo del día una forma reconocible, un punto de apoyo donde antes solo había caída libre. El resto de la franja puede seguir estando vacío, y no pasa nada, de verdad. Vas a ir ganando terreno despacio, tramo a tramo, no de una sentada ni de una semana para otra.

La estructura se construye tramo a tramo

Nadie te va a devolver de golpe la estructura que tenías cuando trabajabas, por mucha lista que hagas ni por muchas ganas que le pongas el primer lunes. Esa estructura se construyó durante años, sesión a sesión, rutina a rutina, sin que casi te dieras cuenta de que se estaba construyendo. Y la nueva se construye exactamente igual: despacio, un tramo cada vez, sin exigirte que la agenda entera tenga sentido desde la primera semana ni desde el primer mes.

Si notas que este vacío no cede con el paso de las semanas, o que te está costando incluso levantarte de la cama por las mañanas, no lo dejes correr tú sola, aguantando en silencio: habla con un profesional. No hace falta llegar a un extremo para merecer ayuda, ni tiene nada que ver con la voluntad; es la manera sensata de cuidarte cuando el peso se hace demasiado grande para llevarlo sola, sin ayuda de nadie.

Por hoy, con elegir una sola franja y darle una forma pequeña, ya has hecho más de lo que parece desde donde estás mirándolo ahora mismo. Mañana, si quieres, seguimos con la otra franja. No hay prisa.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Por qué llenar la agenda de golpe no funciona al jubilarte

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No es el final. Es el capítulo que eliges tú.

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