Adicción

Me despierto a las tres de la madrugada esperándolo

Las tres y once. Lo sabes porque miras el reloj antes incluso de saber por qué te has despertado. Abres los ojos en la oscuridad, el techo siempre en el mismo sitio, y antes de pensar nada ya estás escuchando. El silencio del pasillo. El motor de un coche que pasa por la calle y no es el suyo, lo sabes por el ronroneo, distinto al de siempre. La nevera que hace ese ruido que hace desde hace años y que ya ni notarías si no estuvieras tan alerta a todo lo demás. Y ahí sigues, tumbada, con los ojos abiertos en la oscuridad, con la manta hasta la barbilla, esperando un sonido muy concreto: la llave.

No decidiste despertarte. No pusiste una alarma mental que dijera «a las tres, toca vigilar». Simplemente ocurre, noche tras noche, con esa puntualidad rara que tienen las cosas que el cuerpo ha aprendido solo, y por la mañana te levantas con los ojos hinchados, la boca pastosa, como si hubieras corrido una carrera mientras dormías sin que nadie te avisara de la salida.

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

El cuerpo lleva la cuenta aunque tú quieras dormir

Esto no es insomnio porque sí. No es que se te haya estropeado el sueño de un día para otro sin motivo, como si fuera mala suerte o un problema de colchón. Es que tu cuerpo ha aprendido, a base de repetirlo muchas veces —esa noche que te despertaste tarde y la cosa había ido mal, esa otra en la que no oíste nada y te llevaste un susto por la mañana—, que la noche puede torcerse en cualquier momento, y que la única manera de no llevarse un susto es no dormir del todo. Es un oído puesto en guardia. Un sistema de alarma que tú no encendiste a propósito, pero que lleva tanto tiempo funcionando que ya ni te acuerdas de cómo se apaga, ni siquiera de si alguna vez estuvo apagado.

Por eso duermes a medias. Por eso, aunque cierres los ojos, aunque tu respiración se haga lenta y regular, una parte de ti sigue de guardia, procesando cada ruido de la casa como si fuera una pregunta que hay que responder ya mismo: ¿es él, está bien, en qué estado viene esta vez? Y esa parte no descansa nunca del todo, aunque tú lleves horas «durmiendo» y por fuera parezca que sí, que estás profundamente dormida.

No estás exagerando. No es que tengas el sueño frágil o seas una persona nerviosa por naturaleza, de esas que se despiertan con cualquier cosa desde niñas. Es que llevas mucho tiempo entrenando a tu cuerpo para que no se confíe, para que esté siempre un poco despierto por si acaso, y el cuerpo, obediente como un buen alumno, ha aprendido la lección mejor de lo que a ti te gustaría.

Cuidar descansa. Vigilar, no

Hay una diferencia que merece la pena mirar de cerca, aunque de entrada parezcan lo mismo, casi sinónimos. Cuidar es algo puntual: te preocupas un momento concreto, haces lo que puedes hacer —le dejas agua en la mesilla, le quitas los zapatos si hace falta—, y sueltas. Vigilar es distinto. Vigilar es quedarte enganchada a algo que no depende de ti, todo el rato, noche tras noche, sin que ese esfuerzo cambie en nada lo que va a pasar cuando la llave por fin gire en la cerradura.

Cuidar te deja cansada un rato. Vigilar te deja vacía todos los días.

Y aquí está lo más difícil de aceptar, lo que más cuesta tragar a las tres de la madrugada mirando el techo: por mucho que te despiertes a esa hora, por mucho que cuentes los minutos hasta que suene la llave, la noche de él va a ser exactamente la misma, con o sin ti despierta. Tu vigilia no cambia ni un grado su estado cuando entre por la puerta. No evita nada. No arregla nada. Solo te quita a ti las horas de sueño que necesitas para sostener el día siguiente, el trabajo, la conversación con tu hermana, la paciencia con los niños si los hay.

Eso no significa que no te importe lo que pasa en tu casa, ni que seas una persona fría por querer, aunque sea por una noche, dormir de un tirón. Significa que llevas mucho tiempo intentando controlar, con tu cuerpo despierto en la cama a oscuras, algo que se decide en otro lugar —en un bar, en una cabeza que no es la tuya— y que nunca estuvo en tus manos.

El paso de hoy: sacar el teléfono de la cama

No te voy a pedir que dejes de preocuparte de golpe, porque eso no funciona así y lo sabes tan bien como yo, quizás mejor. Te voy a pedir algo mucho más pequeño, y solo para esta noche: deja el teléfono fuera del alcance de la cama.

Esto que lees es una idea de «Vivo pendiente de si hoy bebe» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Nada de mirarlo «solo para ver la hora». Nada de comprobar si hay algún mensaje, alguna llamada perdida, algo. Ponlo cargando en otra habitación, o al otro lado del dormitorio, sobre la cómoda, donde tengas que levantarte del todo para cogerlo. Y luego, simplemente, observa qué pasa. No para forzar nada, no para demostrarte nada de golpe: solo para ver qué ocurre cuando quitas una de las herramientas de la vigilancia, esa pantalla que llevas horas mirando por si acaso.

Puede que te despiertes igual a las tres. Puede que el oído siga puesto en el pasillo, atento al ascensor, a los pasos. Está bien, no pasa nada si no funciona a la primera; esto no va de conseguirlo ya, va de empezar a notar el hábito para, poco a poco, ir soltándolo, como quien afloja un nudo que lleva años apretado. Lo único que te pido es que esta noche pruebes esa pequeña distancia entre tú y el móvil, y que mañana, con el café en la mano, escribas, aunque sean dos líneas, qué notaste.

Recuperar el sueño es recuperar un pedazo tuyo

A veces pensamos que dejar de vigilar es una especie de traición, como si dormir tranquila mientras él anda por ahí fuera una forma de no importarle, de quererlo menos. No lo es. Dormir no es abandonar a nadie. Es, sencillamente, dejar de pagar tú sola, con tus horas de sueño, el precio de una noche que no puedes controlar por mucho que te empeñes.

Si en algún momento la preocupación deja de ser esto —un sueño ligero, un oído en guardia, una espera silenciosa— y se convierte en miedo real por tu seguridad o la de alguien en casa, eso ya no se resuelve con un paso pequeño ni con dejar el móvil en otra habitación: ahí toca pedir ayuda profesional o llamar a los servicios de urgencia, sin darle más vueltas ni esperar a que amaine solo.

Pero si lo que tienes, como casi todas las noches, es ese sueño roto y esa espera silenciosa con los ojos fijos en el techo, empieza por ahí: por un teléfono fuera de la cama y un cuaderno donde anotar, un día cada vez, qué se te va destapando. No hace falta resolverlo todo esta noche. Solo hace falta empezar a devolverle a tu cuerpo el descanso que llevas tiempo debiéndole, noche tras noche, sin que nadie te lo haya agradecido todavía.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Oigo la llave en la cerradura y ya sé qué noche me espera

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Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien lleva años leyéndole la cara al llegar a casa, pisando huevos, y viviendo la resaca de alguien que ni siquiera es suya.

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