Bienestar

Me da vergüenza decir que la jubilación me tiene triste

"Qué suerte tienes", te dicen, casi siempre con una sonrisa de admiración que no sabes muy bien dónde meter. "Ya no madrugas, ya no tienes jefe, ya puedes hacer lo que quieras." Tú sonríes también, asientes con la cabeza, sigues removiendo el café, y por dentro hay un hueco del tamaño de una habitación que no le has contado a nadie, ni siquiera a quien duerme a tu lado cada noche. Porque, ¿cómo le explicas a alguien que lo tienes todo para estar bien, sobre el papel, y aun así te levantas con un peso en el pecho que no sabes ni nombrar?

Esa es la trampa exacta en la que estás metida, y no la construiste tú sola. No te falta nada de lo que se supone que hace falta para estar en paz. Salud, más o menos, dentro de lo razonable para la edad. Casa, sí, pagada además. Pareja, hijos que llaman los domingos, una pensión que entra puntual todos los meses en la cuenta. Y sin embargo hay una tristeza pegajosa, casi física, que aparece a media tarde sin avisar, o al despertarte un domingo con el sol ya alto, y que no tiene ninguna causa que puedas señalar con el dedo delante de nadie. Así que la escondes. La disfrazas de "genial, genial" cuando alguien pregunta en el ascensor o en la cola del súper.

El peso de "lo tienes todo"

Cuando alguien te dice que lo tienes todo, no lo dice para hacerte daño, ni con mala intención. Lo dice porque, comparado con otras cosas que ve a su alrededor, es verdad: no hay una enfermedad de por medio, no hay una ruptura, no hay una tragedia con nombre y apellido que justifique la tristeza delante de los demás. Y ese "no hay nada malo" se convierte, sin que nadie te lo imponga directamente, en la razón por la que tú misma te callas. Piensas: si me quejo, voy a sonar desagradecida después de todo lo que tengo. Voy a sonar exagerada. Voy a parecer una mujer a la que nada le llena nunca, y eso da vergüenza reconocerlo, incluso a solas.

Pero la tristeza no pide permiso comparándose con la de otros, por mucho que tu cabeza insista en hacer esa comparación cada noche. No es un examen de quién sufre más ni una competición de méritos. Puedes tener una vida cómoda, resuelta, envidiable desde fuera, y sentir, al mismo tiempo, exactamente al mismo tiempo, que ya no sabes para qué sirves ni adónde vas cada mañana. Las dos cosas son verdad a la vez, y una no anula a la otra por mucho que te empeñes en que debería ser así.

"Yo ya no soy nada", pensé una tarde, doblando ropa que no necesitaba doblar tan despacio. Y me dio vergüenza pensarlo, porque nadie a mi alrededor entendería de qué hablaba si se lo dijera.

Por qué cuesta tanto decirlo en voz alta

Hay un miedo muy concreto detrás de tu silencio, y merece la pena mirarlo de frente: el miedo a que la respuesta del otro sea "pero si tú no tienes de qué quejarte". Y como no quieres oír esa frase, ni una vez, prefieres no dar pie a que nadie llegue a decirla. Te tragas el nudo en la garganta, cambias de tema con habilidad, dices que todo va estupendamente aunque te cueste sostener la sonrisa un segundo de más. El problema es que ese nudo no desaparece por callarlo. Solo se queda ahí, agazapado, sin nombre, haciéndose un poco más grande cada semana que pasa en silencio.

Hay otro miedo, más pequeño pero igual de real y quizá más difícil de admitir: que si lo dices en voz alta, se vuelva más cierto todavía. Que nombrar la tristeza sea reconocer, delante de otro y delante de ti misma, que la jubilación, esa etapa que llevabas años esperando con ilusión y contando los meses, te ha dejado más perdida de lo que jamás imaginaste. Es más cómodo, a corto plazo, fingir que estás exactamente donde se supone que tienes que estar a estas alturas de la vida.

Esto es un duelo, aunque no haya muerto nadie

Nadie te manda flores por dejar de trabajar. No hay tarta de despedida que valga para siempre, ni pésame, ni nadie que te pregunte cómo lo llevas de verdad, más allá del "qué tal la jubilación" de cortesía que se responde con un monosílabo. Y sin embargo, has perdido algo tangible, algo que ocupaba espacio en tu vida: un lugar donde eras alguien concreto con nombre y función, un horario que te ordenaba el día sin que tuvieras que pensarlo, una versión de ti misma que sabías interpretar bien, casi de memoria. Eso se llora igual que se llora cualquier otra pérdida seria, aunque no encaje en ningún ritual conocido ni tenga fecha en el calendario.

Llamarlo duelo no es exagerar ni dramatizar algo que no lo merece: es ponerle el nombre correcto a algo que llevas semanas o meses sintiendo sin saber cómo describirlo, ni a ti misma ni a nadie más. Y ponerle nombre es exactamente lo que te permite, por fin, empezar a tratarlo como lo que realmente es, en lugar de esconderlo detrás de un "genial" que cada vez te sostiene menos, que se te cae de las manos un poco más cada día.

Un primer paso: decírselo a una sola persona

No hace falta que lo publiques en ningún sitio, ni que se lo cuentes a todo el que te pregunte por la jubilación en la cola del súper o en la sala de espera del médico. Hace falta, eso sí, decírselo a una sola persona de confianza, la que tú elijas. Con una frase corta, sin justificarte de más, sin añadir un "pero no me quejo" al final que le quite todo el peso a lo que acabas de decir con esfuerzo.

Esto que lees es una idea de «Me jubilé y dejé de saber quién soy» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Puede ser algo tan sencillo como: "la jubilación me está costando más de lo que pensaba". Y punto, sin nada detrás. No necesitas explicar por qué con pelos y señales, ni convencer a nadie de que tienes derecho a sentirlo así, ni rematarlo con una broma rápida para quitarle hierro al asunto. Solo decirlo, despacio, y dejar que la frase exista fuera de tu cabeza por primera vez en meses.

  • Elige a alguien que no te vaya a responder con un consejo rápido, sino que sepa escuchar
  • Usa una frase corta, sin adornos ni justificaciones de más
  • No añadas un "pero tampoco es para tanto" al final: déjala tal cual

Es un paso pequeño, casi ridículo de lo sencillo que parece sobre el papel cuando lo lees así, escrito. Pero decirlo en voz alta por primera vez, después de meses de disimulo constante y de sonrisas sostenidas a la fuerza, tiene un peso muy distinto al de pensarlo a solas por enésima vez, dando vueltas en la cama.

Nombrar la tristeza no es fallar la jubilación

No has hecho nada mal, aunque tu cabeza insista en lo contrario cada noche. No has fallado en la prueba de "disfrutar tu merecido descanso", porque esa prueba nunca debió existir tal y como te la plantearon. Simplemente has llegado a una etapa nueva por una puerta que nadie te enseñó a cruzar, sin manual de instrucciones, y ahora mismo te toca atravesar el duelo antes de poder construir lo que venga después. Eso no es un fracaso personal: es el orden natural de las cosas, aunque nadie te lo haya contado así antes de llegar aquí.

Si esta tristeza se alarga mucho en el tiempo, o empieza a desbordarte más de lo que puedes sostener tú sola, pedir ayuda profesional no es un paso atrás ni una rendición: es cuidarte como te mereces después de tantos años cuidando de otros. Pero el primer paso, el de hoy, es mucho más pequeño y está al alcance de la mano: una frase corta, a una persona, sin pedir perdón por sentir lo que sientes.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No es el final. Es el capítulo que eliges tú.

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