Adicción

¿Es normal sentir alivio cuando mi hijo no está en casa?

Sí. Es normal, y no te hace mala madre. Lo primero que quiero decirte es eso, sin rodeos ni matices que lo suavicen, porque sé que llevas tiempo dándole vueltas a esta pregunta a solas, en la ducha o fregando los platos, casi con vergüenza de hacértela siquiera, como si el mero hecho de pensarlo ya fuera una traición.

Ha pasado algo parecido a esto: se ha ido unos días, o esta noche no ha vuelto a dormir a casa, y en algún momento, mientras friegas los platos con el agua caliente corriendo o te metes en la cama sin nadie más despierto en el pasillo, notas que respiras distinto. Los hombros bajan un poco, casi sin que lo decidas. Y justo detrás de ese alivio, pisándole los talones, llega el mazazo: ¿cómo puedo sentir esto, precisamente esto, por mi propio hijo?

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

El alivio no es falta de amor, es un cuerpo que lleva años en alerta

Piensa en lo que le pides a tu sistema nervioso cada día que él está en casa mientras consume o bebe. Le pides que esté pendiente de ruidos a cualquier hora, de horas de llegada, de su cara exacta al entrar por la puerta, de si contesta bien o mal a una pregunta tan tonta como "¿has comido?". Le pides que sostenga, en silencio y sin descanso ni pausa para respirar, la posibilidad de que hoy sea el día malo, el que temes. ¿Te parece una preocupación puntual de un mal día, algo que se pasa con dormir bien una noche? No lo es: es un estado de alerta sostenido durante meses o años, como llevar puesto un chaleco de plomo sin quitártelo jamás.

Cuando él no está, ese estado de alerta baja, aunque sea un rato, aunque sea solo una tarde. Y tu cuerpo, que lleva tanto tiempo pidiendo tregua a gritos silenciosos, la agarra en cuanto puede, sin pedirte permiso. Eso es lo que sientes cuando notas el alivio: no es que desees que se aleje de tu vida ni un centímetro, es que tu sistema nervioso por fin puede bajar la guardia un par de horas, como quien se quita unos zapatos que aprietan. Es una respuesta lógica, casi mecánica, del cuerpo, no un juicio sobre cuánto lo quieres a él.

Alivio y miedo pueden convivir sin contradecirse

Puede que ahora mismo sientas las dos cosas a la vez y eso te confunda más todavía, como si tuvieras que elegir un bando dentro de ti misma: alivio porque no está esta noche, y miedo por dónde estará, con quién, si habrá comido algo decente, si volverá sano y salvo. No son sentimientos que se anulen entre sí, aunque lo parezca en el primer momento. Puedes respirar tranquila un rato y, en ese mismo rato, tener el móvil cerca por si llama, con el volumen puesto. Los sentimientos de una madre en tu situación no vienen ordenados ni limpios en compartimentos separados, vienen mezclados, revueltos, y está bien que sea así, aunque incomode. No hace falta elegir cuál de los dos es el verdadero. Los dos lo son, al mismo tiempo, en el mismo pecho.

Esto que lees es una idea de «Mi hijo adulto no sale de la adicción» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

El alivio momentáneo no es lo mismo que desear que se aleje para siempre

Aquí quiero pararme, porque a veces el miedo a lo primero te lleva a confundirlo con lo segundo, y esa confusión es la que más culpa te trae. Sentir alivio esta noche, porque hoy no toca vigilar ni escuchar la llave girando en la cerradura, se parece muy poco a desear no volver a verlo nunca, aunque el miedo te susurre lo contrario. Son cosas completamente distintas aunque nazcan del mismo cansancio acumulado. Ese cansancio, ese querer un rato de paz sin más pretensiones, es humano y no te delata como mala madre. Te delata como una madre agotada, que es otra cosa completamente distinta, y que también merece un poco de tregua de vez en cuando.

Sentir alivio no borra el amor que sostiene todo lo demás

El amor que le tienes no se mide por si esta noche has respirado más tranquila o no. Se mide por todo lo que sigues sosteniendo, día tras día, aunque estés agotada hasta los huesos: la puerta que dejas sin echar el cerrojo grande por si acaso, la llamada que contestas aunque sean las tres, el sitio en la mesa que sigue siendo el suyo aunque lleve semanas sin sentarse en él. Permítete el alivio cuando llegue, sin pagarlo después con culpa como si fuera una factura pendiente. No te está quitando nada al amor que le tienes. Solo te está devolviendo, un rato, un poco de aire para respirar.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Le cuento a los demás un hijo que no es el real

Leer ahora →

o quizá: Mi hijo me pide dinero otra vez y jura que es la última · ¿Por qué siento que la adicción de mi hijo es culpa mía?

Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que lleva años rescatando a un hijo adulto y ya no sabe cómo dejar de hacerlo sin abandonarlo.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Las 3 C y mi pacto»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno