Familia

¿Es normal que en mi familia siempre haya un chivo expiatorio?

Sí. Es normal, en el sentido de que pasa en muchísimas familias, no solo en la tuya, no solo en ese salón concreto donde tú lo has vivido. No es un defecto de fabricación de los tuyos ni una rareza vergonzosa que solo os pasa a vosotros, por mucho que desde dentro lo parezca. Si en tu casa siempre ha habido alguien que carga con la etiqueta de difícil, conflictiva o la que lo complica todo, formas parte de un patrón muchísimo más extendido de lo que parece cuando lo vives en primera persona, sentada en esa mesa concreta un domingo cualquiera.

Y sé que decir "es normal" puede sonar frío, casi insultante, cuando lo que has vivido es muy concreto y muy tuyo: la mirada que se cruza entre tus padres cuando entras en la cocina sin avisar, la forma en que se corrige tu tono antes incluso de que hayas terminado la frase, el silencio distinto que se hace cuando hablas tú y no cuando habla tu hermano de exactamente lo mismo. No te estoy diciendo que no duela, ni que debas quitarle importancia. Te estoy diciendo que no estás sola en esto, y que tiene una explicación que no empieza y termina en ti.

Para qué le sirve a una familia tener a alguien así

Piensa en una familia como en una casa con muebles viejos, de esos que llevan ahí tanto tiempo que ya nadie repara en ellos. Hay cosas que nadie quiere mirar de frente: una tristeza vieja que nadie nombró nunca, una decisión que no se habló cuando tocaba, una manera de tratarse que nadie quiere reconocer en voz alta. Esas cosas no desaparecen porque nadie las nombre, por mucho que se finja que no están. Se quedan ahí, como un mueble incómodo en medio del salón que todos rodean sin comentarlo.

Y a veces, sin que nadie lo decida en voz alta ni en una reunión, una persona de la familia empieza a cargar con todo lo incómodo, como si fuera el desagüe de la tensión de todos. Se convierte en el sitio donde va a parar lo que nadie quiere tener encima. Si esa persona se enfada, el enfado tiene nombre y cara: es ella, la difícil, no el mueble viejo que nadie mueve ni menciona. Es mucho más fácil señalar a alguien concreto, con nombre y apellidos, que mirar de frente lo que de verdad incomoda a todos por igual.

Portarse mal y decir la verdad incómoda no son lo mismo

Aquí hay una confusión que merece la pena deshacer con calma, porque a mí me costó años verla con claridad, aunque la tuviera delante de las narices. No es lo mismo portarse mal, hacer daño de verdad, que decir algo que a nadie le apetece escuchar en ese momento. Y sin embargo, en muchas familias, las dos cosas reciben exactamente la misma etiqueta, como si fueran intercambiables.

La persona que un día dice "esto que estamos haciendo no me parece justo" o "por qué siempre se trata distinto a fulano en las mismas circunstancias" no ha roto nada, no ha hecho daño a nadie. Ha señalado algo que ya estaba roto de antes, algo que llevaba ahí mucho tiempo. Pero el reparto de papeles suele funcionar al revés: se etiqueta como conflictiva a quien nombra el problema en voz alta, no a quien lo causó en primer lugar. Es más cómodo así, para todos menos para ella. Cierra la conversación antes de que empiece de verdad, antes de que toque mirar algo incómodo.

  • Quien pregunta por qué las normas cambian según quién las rompe: "la conflictiva"
  • Quien pide que se hable de algo que lleva años callado en la familia: "la que remueve"
  • Quien simplemente dice en voz alta lo que los demás piensan en silencio sin atreverse: "la difícil"

Un ejemplo pequeño y muy corriente

Imagina una comida de domingo cualquiera, sin nada especial, arroz o lo que toque ese día. Alguien comenta, sin mala intención aparente, casi de pasada, que siempre se sirve antes a un hermano que a otro, algo que lleva años pasando y que nadie había dicho en voz alta hasta ese momento. No es un drama, es una frase de nada, dicha entre bocado y bocado. Pero el silencio que sigue es distinto al que hay cuando se habla del tiempo o del resultado del partido del domingo.

Esa persona, la que dijo la frase de nada, se va a casa esa tarde con la sensación de haber montado un lío enorme sin querer. Y en la siguiente comida, alguien recordará el comentario, ya deformado, como "aquella vez que empezó a discutir por una tontería". No importa que lo que dijera fuera cierto de principio a fin. Lo que queda grabado en la memoria familiar es la etiqueta, no el hecho que la originó.

Esto que lees es una idea de «Siempre fui la oveja negra» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Entender el patrón no exculpa a nadie

Quiero ser clara en esto, porque es fácil malinterpretarlo y quedarse a medias. Explicar por qué existe este reparto de papeles no es lo mismo que decir que está bien, ni que nadie tenga responsabilidad en cómo te trataron durante años. No es un "así son las familias, qué se le va a hacer", resignado. Es al revés exactamente: es el primer paso para dejar de creer que el problema eres tú, tú sola, tu carácter.

Mientras crees que el papel de difícil te lo has ganado tú sola, con tu carácter, con tus fallos, con lo mala que eres a veces según te han dicho, sigues intentando portarte mejor para que te lo quiten de encima. Y ya sabes, si llevas años en esto, que eso no funciona: puedes sacar las mejores notas de la clase, callarte durante meses enteros, o estallar una sola vez en años, y el papel sigue estando ahí, esperándote, como si estuviera escrito de antemano en un guion que nadie te enseñó pero que todos siguen al pie de la letra.

Entender que es un reparto, no un veredicto sobre quién eres de verdad, es lo que te permite empezar a mirarlo de otra manera. No para cambiar a tu familia, ojo, eso no está en tu mano. Puede que tu familia no cambie nunca, y este entendimiento no depende de que lo haga. Es para que tú dejes de cargar tú sola con algo que nunca fue solo tuyo, aunque durante años lo hayas sentido pegado a la piel como si lo fuera.

Y como siempre en esto, y no me cansaré de repetirlo: una cosa es un reparto de papeles injusto, y otra muy distinta es el maltrato real. Si lo que hay en tu casa cruza esa línea, entender el patrón no sustituye pedir ayuda profesional, y si en algún momento hay peligro, lo primero es acudir a los servicios de urgencia o de ayuda que correspondan. Para el resto del camino, el que se hace despacio, un día cada vez, sin prisa, sigue aquí.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que fue «la difícil», «la rara», «la que lo complica todo» mientras un hermano era la niña de oro.

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