Por qué llenarte de actividades no soluciona el vacío de la jubilación
Te apuntaste al taller de pintura de los miércoles. Y al de bordado de los viernes por la mañana. Y a la gimnasia de los martes y jueves, con esterilla propia y todo. Y a la caminata de los domingos con las vecinas del bloque, la que sale siempre después de misa. Y aun así, algún día suelto de la semana, sentada con la taza ya fría entre las manos, sin darte ni cuenta de cuándo se enfrió, notas que el agujero sigue ahí, exactamente en el mismo sitio de siempre, como si no hubieras movido un dedo en todo este tiempo.
Si te ha pasado esto, y sospecho que sí porque por eso estás leyendo, quiero decirte algo antes de nada, muy claro: no lo has hecho mal. No te faltaron más actividades, ni una agenda todavía más completa que la que ya tenías. Es que estabas intentando resolver con horas llenas algo que, sencillamente, no se resuelve así, por mucho que llenaras el calendario de colores.
La cuenta que no sale: llenar horas no llena el vacío
Hay una idea que circula sin que nadie la diga en voz alta con estas palabras, pero que actúa igualmente como si fuera una ley de vida: si te apuntas a suficientes cosas, el vacío desaparece sin más, por pura acumulación. Cuantas más actividades marcadas en rojo en el calendario, menos hueco queda debajo. Como si la jubilación fuera un jarrón grande y vacío y bastara con echar cosas dentro, una tras otra, hasta llenarlo del todo.
Y al principio, hay que reconocerlo, parece que funciona de maravilla. Llegas a casa cansada del taller, con los dedos manchados de pintura, cenas algo ligero, te duermes rápido esa noche, y durante un par de días piensas, aliviada: ya está, ya lo he resuelto para siempre. Pero luego llega el domingo por la tarde, con esa luz que ya baja distinto, o esa semana en que cancelan la clase de gimnasia por vacaciones del monitor, y ahí vuelve a estar el agujero. Idéntico a como lo dejaste. Como si no hubieras hecho absolutamente nada en todo este tiempo.
Por qué pasa esto: tapar un agujero con periódicos
A mí me gusta pensarlo así, aunque suene un poco tonto dicho en voz alta: es como tapar un agujero en el suelo de casa con hojas de periódico viejo. Queda disimulado a simple vista, no se ve si no te agachas a mirar de cerca, incluso puedes caminar por encima un rato entero sin que se note nada raro bajo el pie. Pero el agujero sigue estando debajo, exactamente igual de hondo. Y en cuanto pisas con un poco más de fuerza un mal día, o en cuanto el papel se moja con la humedad o se rompe sin avisar, ahí está otra vez, esperándote con la misma forma de siempre.
Las actividades son el papel de periódico en esta imagen. No están mal en sí mismas, no te digo en absoluto que las dejes todas de golpe. El problema aparece cuando se convierten en la única estrategia posible, en el intento constante de que el día esté tan lleno de cosas marcadas que no te dé tiempo ni resquicio para notar lo que hay debajo de tanto ajetreo.
Porque lo que hay debajo no es simplemente «tiempo libre sin ocupar todavía». Es la pérdida de algo mucho más concreto y con más peso: una identidad entera que tardó treinta años en construirse ladrillo a ladrillo, una sensación real de ser útil para alguien concreto, un lugar donde te conocían por tu nombre propio y no por ser «la abuela» o «la jubilada del quinto». Ese hueco no se llena con horas apiladas, se llena con sentido de verdad. Y el sentido no aparece solo porque haya actividad marcada en el calendario, aparece cuando esa actividad significa de verdad algo para ti, algo tuyo.
Por eso el taller de pintura se agota en tres semanas justas. No porque pintaras mal ni porque el profesor fuera aburrido, sino porque lo elegiste deprisa para llenar una hora suelta del jueves, no porque de verdad te llamara desde dentro. Y en cuanto deja de ser novedad brillante, deja de tapar nada en absoluto.
El vacío no se llena con actividad, se llena con sentido. Y eso no se consigue apuntándote a más cosas, sino mirando primero qué es lo que de verdad se ha perdido.
Lo que sí ayuda: mirar antes de llenar
La alternativa no es quedarte sentada sin hacer absolutamente nada, tranquila y en paz, eso tampoco es la idea que te propongo, ni sería realista. La alternativa es cambiar el orden de los pasos, sin más. En vez de llenar primero y mirar después, si es que llegas a mirar alguna vez con tanto ajetreo encima, se trata de mirar primero, con calma, qué es lo que echas de menos de verdad, y desde ahí, ya con más información sobre ti misma, elegir con cabeza y con ganas a la vez.
No es lo mismo apuntarte a bordar porque «hay que hacer algo, cualquier cosa» que apuntarte a bordar porque de niña te encantaba enhebrar la aguja junto a tu abuela y nunca tuviste tiempo de verdad para retomarlo. La actividad puede ser exactamente la misma por fuera, la misma clase, el mismo hilo, pero por dentro es completamente distinta. Una tapa un agujero un rato. La otra empieza, aunque sea despacito y con torpeza al principio, a construir algo que es solamente tuyo.
- Antes de apuntarte a algo nuevo, pregúntate si lo eliges tú o si lo eliges para no estar quieta
- Piensa en qué te hacía sentir útil o con propósito en el trabajo, más allá del puesto en sí
- Deja hueco también para el aburrimiento: a veces ahí aparece lo que de verdad te apetece hacer
- Si una actividad se vacía a los pocos días, no te obligues a seguir por disciplina; pregúntate qué faltaba
Y si notas que detrás de las prisas por llenar la agenda hay una tristeza más honda, más de fondo, que no se mueve ni un centímetro por mucho que rellenes horas y horas, no pasa nada por nombrarlo en voz alta. Es más sano mirarlo de frente que seguir tapándolo con periódicos cada vez más finos, más gastados. Y si esa tristeza no cede con el tiempo, o se hace muy pesada de sostener sola, pedir ayuda a un profesional no es un fracaso personal, es cuidarte como mereces.
Un paso para hoy, no para toda la semana
No te pido que canceles nada de lo que ya tienes apuntado, ni que dejes plantados a los del taller. Te pido solo esto, algo pequeño: coge un papel, o el cuaderno si ya tienes uno empezado, y escribe una frase sobre qué es lo que de verdad añoras de tu vida de antes. No el puesto, no el sueldo que cobrabas. Lo que te daba por dentro, en el pecho. Puede ser sentirte necesitada de verdad, tener un motivo concreto para salir de casa cada mañana, resolver problemas que se te daban bien, charlar con gente distinta cada día sin buscarlo. Sea lo que sea lo que te venga, escríbelo tal cual te salga, sin pulirlo.
Ese papel no es una actividad más para llenar la agenda ya saturada, sino justo lo contrario: pararte un momento, con calma, antes de llenar nada más. Y desde ahí, mañana o pasado, cuando te apetezca, puede que elijas algo distinto de verdad. No más lleno de cosas. Más tuyo, sin más.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

